El Pastorcillo que fue educado para ser... Rey del Universo

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO.  

Para los que afirman que la realeza y los reyes son cosa del pasado, sabrán que todo el mundo quedó sorprendido cuando el Príncipe Felipe de España, anunció su boda con una periodista, reportera y presentadora en Televisión, Letizia, que fue enviada a Irak como reportera durante la invasión estadounidense, y que había hecho un postgrado en México al mismo tiempo que trabajaba en el diario Siglo XXI. La pareja da una buena impresión, el Príncipe Felipe, apuesto, varonil, elegante, instruido, y ella, muy del siglo actual, despabilada y muy inteligente. Sería una pareja más en el mundo, de no ser porque pasado el tiempo, podrían llegar a convertirse en los reyes de España.  

Esto nos introduce en la historia de un pequeño que fue educado para ser rey, siendo hijo de aldeanos, de gente trabajadora. Todo empezó hace muchos siglos, cuando una muchachita simpática, alegre,  muy religiosa  y ya comprometida con un apuesto joven de su misma aldea, Nazaret, en Israel,  llamado José, recibió la inexplicable noticia de que de forma misteriosa tendría un hijo, que sería rey y cuyo reinado duraría por siglos y siglos. Contra todo lo que pudiera pensarse, ella tuvo su hijo tal como le había sido anunciado. Su esposo la apoyó, se casaron felices y ambos se dedicaron al cuidado de aquella criatura que ante los demás llevaba el apellido y las cualidades del padre. María y José se dedicaron por entero al cuidado de la linda criatura.   

El pequeño fue creciendo entre los trabajos y la vida de una obscura aldea. El cuidado de las pocas cabras en el monte cuando era pequeño, la ayuda y el aprendizaje de la carpintería con su padre, y el aprendizaje también de los rudimentos que todo niño de su edad debía saber. Un capítulo muy importante era el aprendizaje de los salmos, que eran como corridos que eran recitados por su pueblo en todas las ocasiones. Pero más que dar idea que se preparaba para ser rey, el niño más tenía inclinaciones de llegar a ser un monje, pues los salmos calaban hondo en su corazón, y gustaba de grandes momentos para orar con la frente casi en el suelo. Pero no era un retraído, pues irradiaba alegría por todos los poros. Nunca se casó, pero no era un afeminado ni rehusaba la compañía de las mujeres. Nunca tuvo entrenamiento militar como hacía suponer su futura condición y nunca comandó ningún barco de guerra.  

En  el tiempo, su madre nunca vio por donde su hijo pudiera adquirir la realeza, y los cortesanos y los sirvientes y las mansiones que todo rey debe tener.  El príncipe Felipe acaba de estrenar casa para él solo, de 1700 metros cuadrados, su solo dormitorio tiene 110 metros, y un vestidor de 35 metros, lo que permitiría a varias familias vivir comodísimamente. Cuando el Hijo de María cumplió los 30 años y se fue de casa, ella pensó que era el momento esperado. Que su hijo irá en busca de su reinado. El omenzó una aventura sin igual, se dedicó a buscar un grupo de seguidores, para recorrer juntos todos los caminos de Israel. Pronto, las gentes lo buscaban con avidez y con ansiedad, porque era un hombre bueno, un hombre sincero, que tenía siempre palabras de acogida para todos, y más lo buscaron, cuando de sus manos salían curaciones prodigiosas para cuantos lo solicitaran e incluso decían que había vuelto a la vida a algunas personas que ya habían dejado este mundo.  

Su popularidad era patente pero el trono y la realeza no llegaban. La única vez que su madre lo vio triunfante y rodeado del cariño y la admiración de su pueblo, fue una vez que entró triunfante, por cierto montado en un borrico a  la Ciudad de Jerusalén, la Ciudad de David, el gran Rey de Israel, del cual descendía su hijo. Pero al mismo tiempo que la fama de su hijo corría de boca en boca, a María le llegaban noticias de que su hijo estaba incomodando a mucha gente, gente muy importante, que no estaban de acuerdo con la enseñanza de su hijo, y poco después recibió noticias de que habían decretado hacerlo morir, pues él estaba atentando contra los intereses de su Nación, del Culto de su Pueblo y del mismo Templo de Jerusalén. Nunca pudieron acusarlo de nada serio, Y de pronto, también supo que a su hijo se lo aprendían, y después de un juicio precipitado y a todas luces injusto, había sido condenado a muerte. Y lo condenaban, porque “Se había declarado Hijo de Dios”.  

Afrontado todos los peligros imaginables, María acompañó a su Hijo hasta aquél monte miserable donde él dejó su vida embarrada en lo alto de una cruz, instrumento de tortura y muerte para los peores criminales. Ahí, consolándole con su sola presencia, María vio morir a su Hijo, sin que ella contemplara nunca lo que se le había anunciado: un reino para su Hijo. Y con la muerte de aquél que había tenido en su entraña por nueve meses, al que había educado para ser rey, murió toda esperanza y se convirtió en el gran fracaso, el tremendo fracaso del aldeano que quiso ser rey.  

Sin embargo, creo que hemos empleado un verbo totalmente inadecuado para nuestro empeño. Pareció que ahí, en la cruz, moría toda esperanza para aquella mujer, para María y para toda la humanidad de un Rey eterno, Universal y Salvador, de no ser porque el Hijo de María era también el Hijo de Dios, el enviado, el que viniendo ciertamente de María, había descendido del cielo para encabezar a la humanidad hacia la casa del Buen Padre Dios,  para formar ahí la gran familia fundada por Cristo a costa de la entrega de su vida.  

Y por ser el Hijo de Dios y por haberlo anunciado muchas veces, el Padre le dio el espaldarazo, la firma, una firma que a Cristo le faltaba para ser el Mesías, el Enviado, el Salvador, el REY. Y esa firma era su Resurrección, su vuelta a la vida, para encabezar la marcha de la humanidad por los caminos de la paz, del amor, de la solidaridad y del perdón hasta ser la gran familia de los hijos de Dios.  

Tres días después de muerto, Cristo surgió por su propio poder y por el poder del Padre, a la vida, y después de acabar la instrucción de los que habían sido sus amigos y sus confidentes, después de haberles dejado la fuerza de su Espíritu Santo, subió a los cielos de donde había venido, para sentarse a la diestra del Padre, y recibir de él la corona de la gloria, una corona que los hombres le negaron y un cetro que los hombres le habían arrebatado inmisericordemente. Los hombres le habían regalado una cruz, y el Padre le daba el lugar principal en su casa. Los hombres habían abierto su costado para robarle las últimas gotas de sangre y de agua de su corazón y el Padre le concedía que su corazón siguiera latiendo para siempre, intercediendo por todos aquellos por los que había sido enviado al mundo.  

 Y María, que había sido la madre buena que nunca se quejó de que Dios no le hubiera concedido a su Hijo el trono que le había anunciado, tuvo la dicha de encontrárselo ya resucitado y glorioso, primero en esta tierra, y después en la Gloria, a la que ella misma fue llamada, pues siempre guardó en su corazón las cosas que no entendía de su Hijo y nunca reclamó la supuesta ingratitud del Padre cuando vio que a su Hijo se lo mataban en lo alto de la montaña.  

Esta historia tan larga no concluye, pues nosotros, los que ya hemos sido bautizados, sin mérito propio, estamos ya dentro del Reino fundado por Cristo y si somos capaces de tener los mismos sentimientos que él,  si nuestra actitud es la misma que la de Cristo, si sabemos amar a los demás como él nos amó, también estaremos llamados a vivir para siempre con él y con María, esa madre buenaza que anima y alienta para que juntos ahora como una sola familia, podamos después descansar en los brazos amorosos del Buen Padre Dios. Cristo Rey de todos los siglos, déjanos trabajar en tu Reino y luego llámanos a descansar contigo.