El hijo que no tuvo madre pero sí un padre a toda madre
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
CUARTO DOMINGO DE CUARESMA
A los niños siempre les han gustado las adivinanzas. Les ponen unas adivinanzas tan “difíciles”, que los padres se ven en grandes apuros para resolverlas.
Las parábolas de Cristo, que tiene muchas y fantásticas, eran verdaderas adivinanzas, o cuentos en los que la persona al ir escuchándolas, se va metiendo en la narración, de manera que cuando termina, ya la persona se ha identificado con alguno de los personajes de la parábola.
Cristo tiene una parábola que es como la cumbre donde va a describir al rojo vivo lo que el Padre Dios piensa de los hombres, de sus miserias, de sus caídas, de sus pecados. No quiso Cristo darnos una lección magistral, no dejó grandes discursos. Nos dejó una parábola, que podemos rebautizarla, como la del PADRE RICO EN MISERICORDIA. El hecho ocurre en cualquier país del mundo, en cualquier época de la historia, en cualquier estrato social, porque el mensaje que Cristo nos da es tan alto, tan sublime, y sin embargo tan a nuestro alcance, que se parece a cualquiera de nosotros va dirigido a cada uno de nosotros mismos. Tenemos que enmarcar al Padre para aquilatar su actitud. Tiene dos hijos, en plena juventud. El menor de ellos, dado a la aventura, a experiencias nuevas, amante de la libertad, aburrido de la vida en la casa paterna decide irse, olvidarse para siempre de los suyos, “para que no se metan en sus cosas y en su vida”, y por eso pide al padre que de una vez por todas le de lo que le tendría que dejar cuando él se muriera. No quiere esperar más. El padre respeta su libertad. Le duele en el alma la partida de su hijo, pero quiere hombres, no títeres, quiere personas, no marionetas. Cuando el hijo se aleja, con dinero en la bolsa, todo le sonríe, tiene amigos, tiene fiestas, tiene vino, tiene mujeres, todo lo que el hombre se imagina que puede comprar con dinero. Se imagina que vive en una gran felicidad. Pero se olvida de una cosa: el dinero se acaba, y con él la firmeza, la seguridad y las compañías que parecían tan confiables. Se queda solo, en una profunda soledad. Era hijo de papá, sus manos estaban bien cuidadas, no se había manchado nunca con el trabajo. Pero todo se le viene encima. Y hay que buscar trabajo. El hambre es perra, y sólo puede encontrar trabajo precisamente con los perros. Un rico le ofrece ocuparlo para darles de comer y sacarlos a pasear, para que hicieran ejercicio. Los perros estaban bien cuidados, bien alimentados, la pasaban mejor que muchas gentes de hoy. Tenían carne en abundancia, y croquetas, tenían veterinario para las lombrices y para cuidar al detalle su salud, y tenían peluquero que hacía cortes sensacionales en su pelo. Y nuestro amigo se las veía negras para comer, al grado de querer alimentarse de lo que los perros del amo comían.
Fue entonces cuando le entró la nostalgia de casa, de sus comodidades, de los sirvientes, pero también fue creciendo su dolor por el padre al que había ofendido al pedirle sus bienes y haberlo abandonado a pesar de las lagrimas que vio correr por sus mejillas. No sabemos cuánto recorrió, ya no viajaba en coche propio, ni en primera plus, quizá tuvo que pedir aventó, pasarse de mochilero, quizá tuvo que caminar un largo camino, pero no que quedó sentado, y en el camino repasó muchas veces entre lágrimas y en medio del hambre que lo corroía, las palabras con las que pediría perdón y con las que consolaría al padre dolorido.
En el otro extremo, ahora sí tendremos que reparar en la actitud del padre. No sabemos cuántos años tendría, pero sí que se avejentó mucho con la pérdida de su muchachito. Sin embargo esperaba, y esperaba contra toda esperanza que su hijo regresaría. Y ese día llegó. Dice expresamente el texto: “El hijo estaba todavía lejos, cuando el padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos”. ¿Podemos imaginarlos la escena? El muchacho abrazado a sus pies, balbuceando tímidamente su palabra de perdón, y el anciano cubriendo de besos su cabeza, y sus mejillas y su frente. Un abrazo profundo donde quedaban selladas para siempre las congojas y donde quedaban olvidadas para siempre las heridas sufridas. Y vino la fiesta, y la alegría, y la túnica, y el anillo y las sandalias, y el banquete, y los amigos, y la música y la alegría.
Nos cuesta despegarnos de esta escena pero tendríamos necesidad siquiera de una mirada y una consideración para el hermano mayor que se había quedado en casa. Se molestó y bastante cuando vio la alegría que reinaba en casa por la llegada del hijo de su padre, que se había gastado ya lo que le correspondía. Quizá pensó de inmediato que si no ponía un hasta aquí ahora tendría que compartir su propia herencia con el despilfarrador. Por eso no quiso llamarlo hermano, y hubo necesidad de la intervención directa del padre, para hacerle caer en la cuenta de que su alegría estaba más que justificada, porque su hermano había regresado, y se veía nuevamente la familia junta. Nos parece muy ruin su actitud, pero a lo mejor, si a estas alturas no nos hemos identificado con el hijo que se había ido, ahora podremos identificarnos con el hermano mayor que no se alegra para nada de un hermano que regresa a la alegría de la casa paterna.
¿Qué os parece ahora la actitud del padre? ¿No será bueno ya llamarlo el PADRE? Pues esa era la intención de Cristo. Presentarnos a su buen Padre Dios pero no con las caricaturas con las que lo hemos identificado. El suyo no es un Dios enojado, ni vengador, ni de mirada torva, sino el Padre que sale al camino, que se alegra con la llegada del pecador, del que se ha alejado, del que ha atentado contra los bienes, o la fama o la persona misma de sus hermanos. Es el Dios del perdón, de la reconciliación. Es el Dios de Jesucristo que ofrenda su vida para que a través de su Cuerpo podamos encontrar el camino hacia el buen Padre Dios.
Por eso San Pablo, en un texto que podíamos enmarcar con marco de oro, va desgranando su mensaje: “el que vive según Cristo es una criatura nueva... Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo... a nosotros nos confió el mensaje de la reconciliación... somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es como si Dios mismo los exhortara a ustedes”. Y así está ya puesto para lanzarnos ya la gran oferta, el gran compromiso y la gran invitación: “EN NOMBRE DE JESUCRISTO LES PEDIMOS QUE SE DEJEN RECONCILIAR CON DIOS”.
Solo tendría que añadir al final, que esa reconciliación de la que habla San Pablo, es obra de Dios, de Jesucristo. Él tomó la iniciativa de salvarnos, pero a nosotros nos toca, primero aceptar esa reconciliación, y segundo, dar los pasos de una verdadera conversión, para caer en los brazos mismos del buen Padre Dios. Cristo y la Iglesia tienen los brazos abiertos para mostrarte la entraña viva de un Dios que es RICO EN MISERICORDIA. Y no digo en qué día, sino ¿en qué momento correrás para que el Padre mismo te cubra de besos? ¿Porqué no buscas un confesionario oscuro donde puedas descargar todo lo que te parecía tan grave y encontrar esa luz del perdón, de la gracia y de la reconciliación?