El ciego que desobedeció a Cristo

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

Bartimeo había nacido en una aldea, cerca de los campos cuajados de espigas doradas por el sol, en una familia numerosa, y había venido al mundo con un aspecto agradable, y con el ejercicio que hacía con sus hermanos, llegó a tener un cuerpo robusto y bien formado. Trepaba a los árboles en busca de la fruta y subía como sus hermanos al tejado a reponer las piezas quebradas antes de la época de lluvia. Pero él tenía un solo defecto, había nacido ciego. Cuando sus hermanos fueron creciendo y se casaron, se acabaron las ayudas, y desde entonces tuvo que ejercer el oficio asignado en ese tiempo a los ciegos: pedir limosna al borde del camino.  

Él no perdió  su atractivo físico, llamaba la atención, por eso muchos caminantes querían tomarlo a su servicio. Un militar le prometió hacerlo un gran soldado, pero le anticipó que tendría que limpiar sus botas y besarlas. Otro día pasó un director de cine y le prometió hacerlo un gran astro, pero tendría que traficar con drogas durante los ensayos. Otra vez, pasó un hombre muy rico y quiso tomarlo a su servicio, pero tendría comer en un rincón, alimentado de lo que sobrara en la mesa de sus hijos. Incluso pasó una mujer que le ofreció formar pareja con él, hacerlo rico, pues  ya que ambos eran atractivos, podrían ofrecer sus cuerpos a un hombre o a una mujer e incluso a alguna pareja ávida de placer. Todos los viandantes prometían mucho, pero exigían mucho, a costa de su propia dignidad. Todos querían algo de él  y nadie daba nada a cambio.  

Eso le produjo una profunda amargura, y se contentaba con ver pasar los días y los días, sin esperar ya nada de este mundo. Pero un día llegó la noticia de que un grande hombre pasaría por su pequeño pueblecito llamado Jericó. Tenía fama de curar a los enfermos, pero sobre todo era admirado por su bondad para todos los hombres. Y comenzó a hacerse ilusiones comenzó a nacer en él una nueva esperanza. La expectación fue creciendo entre las gentes a medida que se acercaba el día, pero Bartimeo seguía siendo despreciado al borde del camino. Por fin, llegó la tarde del día que todos esperaban y en medio de una gran algarabía que se formó en torno del personaje, pasó Jesús, el de Nazaret.   

Nuestro ciego sintió algo que lo hizo  prorrumpir en grandes gritos: “Jesús, hijo de David, ten compasión de mí”. Como todos querían recibir un favor de Cristo, procuraban estar lo más cerca de él, formando casi una barrera en torno suyo. Querían ser los primeros en ser curados, y por eso reprendían al ciego, e incluso alguien, valiéndose del anonimato, le propinó una fuerte patada para hacerlo callar. Pero esto no arredró, no desanimó a Bartimeo, que gritaba con más fuerza todavía. Esto hizo que  Jesús, a pesar de los gritos, y los aleluyas y las alabanzas de los circundantes, no le fueran desapercibidos los gritos de Bartimeo. Y mandó que lo trajeran.  

Entonces, qué raras son las multitudes, los mismos que hacía un momento lo increpaban para que se callara, ahora querían ayudarlo a acercarse: “Levántate, que él te llama, Ánimo”. Pero el ciego no necesitaba de la multitud. Con todo y que era ciego, conservaba su vigor, y tirando su capa, de un gran salto se acercó a Jesús. Hay que decir de paso, que el manto para el ciego lo era todo. De noche, era su cama, su almohada y su cobija. De día, le servía de abrigo contra el frío o la nieve, y cuando se veía sin haber comido, el manto era lo único que podía empeñar para conseguir unos cuántos centavos. Era pues, lo último que poseía. Todo podía quedar atrás, cuando estaba ante la única oportunidad de su vida.  

 Cuando estuvo frente a Jesús, éste le lanzó una pregunta que le dejó sorprendido. Se acordó de los antiguos viandantes que le prometían muchas cosas a cambio de su dignidad. “¿Qué quieres que haga por ti?”, fue la pregunta del Maestro. Al instante, Bartimeo derramó lágrimas amargas pero de una profunda esperanza, pues las gentes le hablaban de un cielo azul y de un arco iris que no podía contemplar, le hablaban de la blancura de la nieve, le hablaban de una noche de estrellas, le hablaban del azul de los mares, del rojo de la sangre, le hablaban de fastuosos atardeceres teñidos maravillosamente, le hablaban del colorido de las flores, le habían hablado siempre de cosas que él nunca podría llegar a ver. Por eso su respuesta fue instantánea. Lejos de hablarle al maestro de sus penas, de sus sufrimientos, de sus angustias, de la soledad a la que lo condenaban los hombres, su grito, su profundo grito fue: “Maestro, que pueda ver”.  

Y como él tenía claro lo que quería, y no anduvo por las ramas, la respuesta fue también directa, clara, sin pedir nada a cambio: “Vete, tu fe te ha salvado”. Y en ese momento se sintió transformado. Un calor indescriptible le quemaba desde dentro los globos de los ojos, tuvo que restregárselos con ambas manos, y de pronto, pudo contemplar primero al propio Jesús, luego a todos los circundantes, y después los muros bajo los cuáles pedía limosna todos los días, y el verdor y la frescura de los bosques cercanos. Estaba curado, podía ver por primera vez en su vida, y los gritos de admiración de las gentes hacían más placentero el momento inolvidable que estaba viviendo.  

 Pero Bartimeo fue desobediente, porque Cristo le pidió que se alejara, que se fuera, que fuera a abrazar a sus padres ancianos, a llevarles la buena nueva, y en cambió, le siguió, no sabemos por cuánto tiempo ni a donde, pero él se fue tras de Jesús, pues ya nada le ataba al lugar que había sido testigo de su infortunio. Ahora era libre, podía ir a donde él quisiera, y escogió ir tras de Jesús.  

 No nos dice más el Evangelio de San Marcos, pero es entonces la hora de volver la vista a nosotros mismos para recibir la invitación de acercarnos a Jesús, dejar la capa de nuestra seguridad, de nuestras posesiones y de nuestras posiciones, para dar el salto y plantarnos frente a Jesús, para decirle con el mismo ímpetu del ciego: “Señor, que vea”, que me dé de cuenta que estoy más ciego que el pobre ciego, pues me esfuerzo por pensar que veo, pero no veo nada y me encuentro en tinieblas, y sumido en una falsa seguridad. Y enseguida, habrá que marcharse tras de Jesús, no como los lambiscones tras el político en turno, sino como quien siente que Jesús es el Salvador, el amigo, el que nos comprende, pues tomado de entre los hombres, puede comprender y compadecerse de los que sufren y se angustian. Y es el momento de comprender que el tiempo de Cristo nos ha traído la luz, esa que anunciaba gozosamente el profeta Jeremías: “Griten de alegría... regocíjense, proclamen, alaben y digan: El Señor  ha salvado a su pueblo... yo los congrego desde los confines de la tierra, entre ellos viene el ciego y el cojo, la mujer encinta  y la que acaba de dar a luz... retorna una multitud... yo los consolaré, yo seré para ellos un padre y ellos serán mi hijo, mi primogénito...”