Domingo de la Misericordia

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda



Hay domingos en la Liturgia de la Iglesia tan completos, tan ricos en contenido, con tanta riqueza espiritual, que lo mejor que se puede hacer es no tocarles, y mejor quedarse estáticos, contemplando, meditando, disfrutando, disfrutando, como una tarde sin muchos compromisos cuando te pones a disfrutar de un aromático cafecito o un delicioso helado. Pero en atención a mis amigos intentaré tomar algunas de las líneas de lo ocurrido el día de la resurrección de Jesús y en concreto, las dos primeras apariciones de Cristo en a sus apóstoles, que habían sido sus amigos y habían jalado parejo en aquellos tres años inolvidables de andanzas por los caminos de Galilea y Judea.

 

El gran momento había llegado. Estando los apóstoles reunidos, Cristo cumplió  la promesa que les había hecho muchas veces. Volvería. Y volvería para no dejarlos más. Para estar con ellos para siempre. Atrás habían quedado la cruz y los clavos, y las espinas del camino y la soledad tremenda de la cruz y del calvario.

 

Al tercer día, el primer domingo, el Gran domingo, Cristo se presentó  ante ellos radiante y luminoso, estando las puertas cerradas.

 

 El desconcierto fue grande. Estaban  ante el maestro. La familia estaba  completa nuevamente. Y vino el saludo del maestro, la gran conquista: “La paz esté con ustedes”. Pero ellos seguían sin saber que actitud tomar. Por eso, con gran delicadeza, Cristo les enseñó  sus manos y su costado abierto, y les afirmó  que un fantasma no tiene carne ni huesos como veían que él tenía. Y vino  de nuevo el saludo: “La paz esté con ustedes”.

 

Pero cuando se dieron  cuenta que  verdaderamente era Cristo Jesús, entonces vino  un gozo desbordante: se abrazan, se felicitan y se llenan de gozo. Luego, Cristo los instruyó sobre su vida, sobre sus padecimientos, sobre su resurrección y enseguida, sopló sobre ellos, les dio la  fuerza del Espíritu Santo y los envió  por el mundo a ser sus testigos. Es el gran día del envío misionero de la Iglesia y es el día del gozo desbordante de los creyentes porque Cristo usó con nosotros de misericordia y de amor.

 

 Hoy tenemos que dar gracias a Dios porque Cristo ha abierto las puertas de los corazones y los abre a la gracia de Dios para invitarnos a la Eucaristía y a convertirnos en testigos alegres de su muerte y resurrección, para hacer que la familia de la humanidad camine como un solo rebaño y bajo en solo pastor.

 

Cuando Jesús se retiró de su presencia, los apóstoles no cabían  en sí de gozo, y le comunicaron  a Tomas, uno de ellos que no estaba cuando Jesús se apareció la primera vez,  que habían  visto al Señor, que le habían  contemplado, e incluso habían podido  abrazarlo.

 

Tomas se muestra incrédulo con ellos.  Y afirmó  tajantemente que si no metía  su dedo en la mano de Cristo y su mano en su costado abierto, no creería.

 

Pues el domingo siguiente, reciben nuevamente la visita de Jesús, y la alegría desbordante vuelve a ser la misma con el saludo de Jesús.  Cristo se sitúa entre ellos,  pero parece que los ignorara, pues inmediatamente se dirigió  a Tomas, y le lanzó la invitación: “Tomás, aquí están mis manos, mete tu dedo, y aquí está mi costado, a ver, mete tu mano”.

 

El pobre Tomás no pudo  ante tanta delicadeza de Cristo y ante tanta bondad, y él mismo quedó  sorprendido de su incredulidad. Por eso no alcanzó a tocar el Cuerpo del Señor, y cayó de rodillas ante Cristo, presa de remordimiento y  de auténtica conversión. Después de ese momento de sobresalto, Cristo lo levantó, lo tomó entre sus brazos, y volviéndose a los demás, como lanzando su mirada más allá de los mismos apóstoles, afirmó: “Dichoso, tú Tomás, porque has visto y has creído, pero dichosos también los que sin ver creerán en mí y en mi palabra”.

 

Hoy tenemos que decir: “Gracias, Tomás, gracias, pues por tu incredulidad nosotros también hemos sido llamados dichosos, pues no pudimos tocar físicamente al Señor, pero ahora tenemos la dicha de encontrarlo y alimentarnos con su Cuerpo  en la Eucaristía, ideada por Cristo para alimentar a todos los hombres en camino hacia nuestro buen Padre Dios.

 

Ciertamente hay muchos “tomases” en el mundo, gente que afirma que es imposible que Dios exista, que es imposible comprobarlo. Hay otras muchas cosas que nosotros no podemos ver y sin embargo, creemos que existen y gozamos de su utilidad. ¿Quién ha podido “ver” de frente al sol de mediodía sin quedar ciego?  Y sin embargo gozamos cada día de su calor y de su luz.

 

Pero el asunto va mas allá de la  misma creencia en Jesús. Habrá muchos “tomases” que nos pondrán en aprietos, pues la verdad, nuestra vida tiene que reflejar día con día esa fe en Jesús para que mucha gente crea precisamente a través de nuestra acción y nuestro compromiso. “Felices los que sin ver han creído”.

 

Las gentes tienen que darse cuenta que Cristo está vivo cuando les dejemos meter su dedo en nuestras manos pródigas para ayudar, para servir, para atender, y  cuando les dejemos meter la mano en un costado, en un corazón que sepa amar, que sepa acercarse, y ser vehículo para que Cristo llegue a todos los corazones. ¿Cómo creerán los jóvenes si no ven en las manos y en el costado de los adultos las virtudes de la honradez, de la solidaridad, del servicio y del amor que llega a propios y extraños? De nosotros depende el que las gentes jóvenes tengan el acceso libre al corazón mismo de Cristo Jesús.