Dios y tus dineros, son amigos verdaderos

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 



Alguien ha dicho que los refranes populares son evangelios chiquitos, sin embargo hay de refranes a refranes, y tenemos que distinguirlos, recordando aquellos de “por sus frutos los conoceréis” y el refrán que hoy encabeza nuestra reflexión es de los que equivocan si ponemos en una balanza la realidad de Dios y la realidad de las riquezas en nuestra vida. Es verdadera sobre toda duda lo primero, y totalmente falso lo segundo. No es verdad que los dineros son los grandes amigos. O por lo menos no lo son, cuando falta la dimensión divina en nuestra actuación.

 

Siempre me resisto en mi reflexión semanal, a transcribir simplemente  el texto bíblico que inspira a los cristianos en su asistencia dominical a la Eucaristía, pero hoy nos perderíamos de una gran riqueza si no escucháramos la parábola ilustrativa de Cristo en el Evangelio de San Lucas: “Un hombre rico obtuvo una gran cosecha y se puso a pensar: “¿Qué haré, porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha? Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar ahí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: Ya tienes bienes acumulados para muchos años: descansa, come, bebe y date a la buena vida”.  Pero Dios le dijo:  “¡Insensato!  Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?  Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.

 

Que mal sabor de boca debe dejar en quien quiere superarse, prepararse para la vida, para el que quiere usar legítimamente de los bienes de inteligencia, de organización, toda su capacidad para ser útil, para mejorar a nuestro mundo, para el que tiene aspiraciones, todo esto debe caer como una cubeta de agua fría, e incluso podríamos ver a Cristo como un opositor a la marcha del hombre, a su superación, al anhelo de ver a los hombres unidos, gozando de lo que el planeta tierra puede ofrecernos. 

 

Pero lejos de eso, el Evangelio nos da la verdadera dimensión del hombre. Estamos hechos para grandes cosas, hemos sido pensados para trabajar y superar el mundo en el que nos encontramos. Hemos sido hechos para dominar el mundo entero y someterlo. Eso nos honra y nos engrandece, pero una cosa es que podamos dominar el mundo, pues para eso fuimos creados, y otra muy distinta es que nosotros mismos nos dejemos dominar y esclavizar por el mundo al que debíamos de someter. Me imagino al hombre como a esos pepenadotes que sin uso de razón, casi cada día nos encontramos al borde de las carreteras, cargando un gran costal, en el que van echando cuanta cosa se encuentran a su paso, puras cosas inútiles, inservibles, e incluso dañinas, pero cargando cada día el costal más pesado.

 

Y viniendo pues a la clave del mensaje de Cristo: para el que pone su confianza en el dinero, que recuerde que con el dinero puede comprar muchas, muchas, muchísimas cosas, pero no puede comprar la felicidad, aunque a ratos se haga la ilusión de que ha comprado ratos de felicidad. Con el dinero podrá comprar cuando más una noche de pasión, de amorío efímero y frustrante, pero no podrá comprar el amor. Con el dinero no se hará más virtuoso, todo lo contrario, abrirá con no poca frecuencia la  puerta al antro del vicio.  Que lo reconozca, si pretende en verdad un futuro más feliz, que esté seguro de que  no lo encontrará en una cuenta bancaria abultada.

 

Ahora tendríamos que escuchar también a San Pablo que supo interpretar fielmente los latidos del corazón de Cristo: “Si ya resucitaron con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, porque han muerto  y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes se manifestarán gloriosos juntamente con él”.

 

San Pablo da como hecho que ya hemos resucitado con Cristo desde el momento en que fuimos bautizados, de ahí la necesidad de poner no nuestro corazón en las cosas pasajeras, efímeras, vanas, “vanidosas” como diría el libro del Eclesiastés, sino más bien en las del cielo, donde ya está Cristo, y a donde también nosotros llegaremos, no con dinero, que aquí tendrá que quedarse, sino con las manos llenas de buenas obras, de servicio, de atención, de generosidad a los que nos rodean.

 

Y bien haríamos, en este recorrido por el mundo de la Palabra de Dios, de orar con el Salmo 89: “Enséñanos a ver lo que es la vida y seremos sensatos... llénanos de tu amor por la mañana y toda nuestra vida será jubilosa”.