Dios castiga a los malos, pero no a palos
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
DOMINGO TERCERO DE CUARESMA
¿Qué parte dañada de nosotros mismos nos hace pensar en que todo lo malo que nos sucede viene de Dios? ¿Qué parte dañada de nosotros mismos se alegra cuando algo malo sucede a los que nos rodean y sobre todo a los que nos caen mal? Cuando hace unos años un grupo de campesinos, entre los que se encontraban mujeres y niños, en Acteal, en Chiapas fue acribillado salvajemente por manos desconocidas, lo mismo que en el tiempo de Cristo le preguntaron qué mal habían hecho las gentes que Pilato mandó matar mientras estaban en oración en el templo de Jerusalén, Cristo resolvió que esas gentes no eran culpables, y que no había sido en última instancia obra de Dios, y más bien les instó a convertir sus corazones a Dios para no morir de manera semejante. Y hoy, cuando un pueblo entero, el pueblo de Irak ha sido salvajemente acribillado en aras de unas armas de destrucción masiva que nunca fueron encontradas; cuando un pequeño le gritaba al mundo que le devolvieran sus brazos y sus piernas que las granadas le habían arrebatado en un instante, estamos ante el caso que también le presentaron a Cristo de algunas gentes que habían muerto por una torre que les cayó encima, también estaremos ante la misma respuesta de Cristo: “esas gentes no eran más culpables que otras muchas en Jerusalén, y si ustedes mismo no se arrepienten, perecerán de manera semejante”
Todavía podemos agregar el caso que los mismos apóstoles le preguntaron a Cristo sobre un ciego al que se encontraron: ¿Quién pecó, este o sus padres para que se encuentre en ese estado? Y lo mismo podríamos preguntar del niño que nace mogolito, o con síndrome de Dawn, o con malformación en la columna vertebral, o de la madre que muere al dar a luz. Y la respuesta será siempre la misma en labios de Cristo: Ni el ciego pecó, ni sus padres, ni Dios lo determinó así, ni lo quiso, ni tuvo en sus planes estar enviando castigos como el ántrax que manos criminales depositaban, en Estados Unidos en los tubos de ventilación de los edificios, para que muriera mucha gente. Dios no es definitivamente el Dios de los castigos, ni el amigo de las lágrimas y las desventuras. Las lágrimas no las causa Dios. Las causamos los hombres. Él las enjuga. Dios no causa los dolores. Él los alivia. Dios no envía infortunios. Él los sana.
Y en esta cuaresma, bien haríamos no en privarnos de un refresco, o de un chocolate, o de un cigarro, pues a lo mejor todas esas cosas ya habíamos querido quitárnoslas de encima, porque nos estaban perjudicando a la salud o a lo mejor nos estaban aumentando unos cuantos kilos que nos hacían ver ridículos, y pretendemos hacernos pasar por buenos pensando que en cuaresma le estamos ofreciendo algo bueno a Dios.
Más bien nos tocaría ahora comenzar a entrar en contacto con un Dios que no es un catecismo, o un credo, o un código moral o unos mandamientos, o un castigo o un infierno, sino un Dios que ama y se deja amar, que atrae aunque no esclaviza, que ata con lazos de amor, pero que respeta totalmente la libertad del hombre porque no le gustan títeres movidos por hilos invisibles.
Esa fue la experiencia de Moisés, que en pleno desierto, en la apacible vida del pastoreo de unas cuantas ovejas, fue llamado a pastorear a un pueblo rebelde, a conducirlo por el desierto, y atraerlo hacia la libertad. Moisés se encuentra con Dios en una zarza ardiente y ahí se le da a conocer como el Dios que salva, que tiene compasión de los suyos, que oye los quejidos y los lamentos de los que sufren, que quiere librar a los que son oprimidos injustamente, que mira la sangre de los que son condenados sin piedad y que quiere quitar los grilletes de las manos y de los pies de los que fueron condenados a marchas forzadas y a cárceles húmedas y oscuras. Moisés se resiste, pero Dios lo va cercando, y el último pretexto que le pone, es que ni él lo conoce y ni le creerán aquellos a los que él será enviado, porque tampoco le conocerán. Dios le da a conocer su intimidad: YO SOY. YO SOY EL QUE SOY. Yo soy aquél de quien dependen los hombres y los siglos, aquél que da la vida y la conserva, aquél por quién vivimos y hacia el que nos encaminamos. Un Dios, inmortal y dador de todos los bienes.
Eso desencadenó lo que conocemos como el EXODO, la salida de todo un pueblo esclavo, oscuro, desorganizado, levantadizo que caminando por la terrible península del Sinaí, fueron conociendo la mano dura pero al mismo tiempo atrayente de un Dios que se manifestaba como el Salvador, como el Cristo, como el que les daba de comer y de beber en las regiones más inhóspitas de esa península. No todos llegaron a la meta, muchos se fueron quedando en el camino. Fueron cuarenta años de prueba, pero al fin pudieron descansar en la tierra y gozar de los frutos que se les habían prometido. El pueblo de Israel es todo un ejemplo de lo que debe ser nuestra vida. Muchos hombres del desierto perecieron por enfermedad natural, por ancianidad, o como dice San Pablo porque no vivieron conforme a la voluntad del Señor, todo un ejemplo para nosotros.
Pero si me han seguido hasta aquí todavía me quedan dos cosas para concluir. Hemos dicho que nuestro Dios no es Dios de castigo. Está perfectamente claro cuando hoy, distinto de aquel arbusto del desierto, la zarza ardiente, Cristo nos habla de otro árbol, una higuera a la que el dueño de la huerta llega para cortar sus apetitosos frutos. No encuentra ninguno. Y le pide al que cuida de la huerta que tale el árbol de raíz. El hombre que se había esforzado por tener la huerta regada y libre de plagas, que tenía amor por sus arbolitos, le dice al dueño: SEÑOR, DEJALA TODAVÍA ESTE AÑO... SI NO, EL AÑO QUE VIENE LA CORTARÉ. Ese es Cristo, ese es el Señor, nos está consiguiendo un tiempo extra y nosotros pensamos que es por nuestra salud, por nuestra buena madera. Cristo nos está dando el tiempo de espera. ¿Porqué no aprovechar el tiempo que Dios nos da?
Y de aquí la segunda idea: cuaresma es tiempo de conversión, no de hacernos tontitos privándonos de la coca que tanto nos gusta. Es tiempo de volvernos al Señor de la vida, que ciertamente nos hace pasar por la dureza del desierto, pero que promete una vida que se prolonga más allá de lo que nuestros sentidos alcanzan a contemplar. Promete una cruz, pero también un descanso, promete privaciones, para también un banquete. ¿Nos convertiremos de una buena vez, o lo dejaremos para más tarde, cuando se caigan los dientes, y se caiga el pelo o se nos haga blanco? ¿Esperarás a que aparezcan las arrugas que a lo mejor no llegan porque llega primero la muerte? ¿Y dejaremos la promesa de una NUEVA VIDA por la avaricia de unas cuántas monedas o la comodidad de tu casa que te ha llevado edificar toda la vida y que al fin no podrás llevarte de esta vida?