Dime cual estrella te orienta y te diré que espíritu te alienta

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda



Entrar a un año más de vida siempre nos trae cosas nuevas. La tela de la vida está entretejida de cosas amables y buenas y de momentos de dolor y enfermedad.  Y un nuevo año nos hace también considerar la pequeñez de nuestra condición humana  y al mismo tiempo la grandeza que llevamos dentro.  Y buscamos, buscamos, siempre estamos en búsqueda. A veces nos quedamos en nosotros mismos, pero normalmente buscamos un sino, un hado, un destino, una estrella. Los niños lo saben también y por eso buscan en  la estrella, la estrella misteriosa que guió a los magos en las inmediaciones de la venida de Cristo, su propio sino. Y pudiéramos pensar que siendo la llegada de los reyes magos fiesta de niños ahí pararía todo.  

Pero si bien lo vemos, esa narración siempre nueva y siempre antigua, siempre histórica y siempre novelesca, puede ser la estrella que cada uno de nosotros vamos buscando. Por eso vale la pena considerar la narración que San Mateo nos trae de ese día singular en que personajes extraños, venidos de una región desconocida, pudieron plantarse ante un recién nacido que se les manifestaba como rey y como Dios.  

Nada se nos dice de su número, de su condición religiosa, ni de su origen, para los hebreos, los orientales eran todos los que venían de más allá de la frontera del río Jordán. Y los magos, no tenían nada que ver con los actuales, eran personas que trataban con las ciencias naturales, la medicina, la astrología, al mismo tiempo que el culto religioso. No se nos dice también que clase de estrella es la que los guió, pero ahí llegaron, a Jerusalén, la gran capital de los judíos, y dado que esperaban ver a una nación llena de fiesta y de alegría, les sorprendió grandemente ver que la vida se desarrollaba normalmente sin nada que les dijera que el Mesías ya había aparecido sobre la tierra.  

 Todo mundo se sorprendió ante sus preguntas, y los espías de un rey cruel, Herodes, pronto llevaron la noticia a palacio de algunos locos que iban buscando a un recién nacido que era rey. Herodes estaba enfermo físicamente, pero más estaba enfermo de poder, de gloria, y celoso de su reinado, hizo asesinar a todos los aspirantes al trono, como queriendo defender hasta lo último la gloria que pensaba se le debía.  Y dicen que no hay enemigo pequeño. Nadie puede temer a un niño, pero de cualquier manera hizo venir a su presencia a los recién llegados, y les pregunto minuciosamente sobre su cometido, sobre la estrella, sobre el niño. Por otro lado, secretamente, hizo llamar a algunos de sus consejeros que le revelaron  la exactitud del lugar donde nacería el Mesías, Nazaret, a solo ocho kilómetros de distancia. También la gente de Jerusalén se mostró terriblemente inquieta, pues el Rey era capaz de un baño de sangre, con tal de librarse de cualquier opositor a su reinado, aunque fuera un infante.  

Y tuvo el rey una feliz ocurrencia, quizá la única en toda su vida, la de mandar a los magos a que averiguaran minuciosamente todo lo que ocurriera en torno a ese niño, y volvieran a contarle, dado que el único camino de regreso para ellos debía  ser necesariamente Jerusalén. Su regalo hubiera sido de sangre y de muerte. Era lo que pretendía, con la información que pudieran proporcionarle aquellos hombres. Tontos pero útiles según Herodes.  

Ya con la venia del Rey, ellos se alegraron grandemente cuando la estrella surgió de nuevo, para guiarlos al lugar preciso del nacido Rey. Apresuraron el paso, y en medio de la noche, no encontraron tampoco en Belén ninguna señal de fiesta. No encontraron ángeles ni arcángeles, no encontraron sirvientes ni palacio, no encontraron amplias y calientes vestiduras, solo la presencia de tres personajes, María y José, pobremente vestidos, y en un lugar que ni siquiera era propio, un establo, el lugar menos indicado para alguien que nacía con títulos de nobleza. Ellos tenían a su niño arropado pobremente pero con una limpieza notable. Los magos, acostumbrados a la buena vida, se sorprendieron del lugar, quizá nunca habían entrado a una vivienda de los pobres, de los menesterosos, pero la estrella se había detenido ahí y era necesario bajar de sus cabalgaduras. Las dudas seguían en su conciencia, pues no era posible que un Dios que se les manifestaba a través de las estrellas, tomara carne mortal en tan pobre criatura. Era un contraste muy grande. Pero sin que nadie añadiera una sola palabra, sus corazones dieron vuelcos de alegría y de fe, ante prodigio tan grande, una criatura que irradiaba luz, paz y bendición.  

Aquí hay que darle la palabra al Padre Martín Descalzo: “Sí, Dios no podía ser otra cosa que amor y el amor no podía llevar a otra cosa que a aquella caliente y hermosa humillación de ser uno de nosotros. El humilde es el verdadero. Un Dios orgulloso tenía que ser forzosamente un Dios falso. Se arrodillaron y en aquel mismo momento se dieron cuenta de dos cosas: de que eran felices, y de que hasta entonces no lo habían sido nunca. Ahora ellos reían, y reían la madre, y el padre y el bebé”.  

“Abrieron sus cofres. Con vergüenza. De pronto, el oro y el incienso y la mirra les parecían regalos ridículos. Pero entendían  también que poner a los pies del niño aquellas tonterías que le habían traído era la única manera en que podían expresar su amor”.  

Ya no se dice más de los magos, sólo agrega Mateo que advertidos durante el sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino. Ellos se pierden en la oscuridad del tiempo y de la historia.  La Escritura no añade nada más. Algún santuario en Europa se precia de guardar los restos mortales de los tres Reyes Magos. Allá ellos.  

A nosotros nos quedan varias lecciones, en primer lugar, el poder centrar nuestra vida EN  el recién nacido, ante quien no caben sino dos posiciones, la adoración, el ponerse de rodillas, el postrarse ante un Dios que comparte nuestra frágil condición humana para robustecer nuestro camino y orientarlo a la casa del Buen Padre Dios, o el vagar por las sombras de la vida sin una  orientación definida. Segundo, darnos cuenta de que ahora ya no es una gran estrella, sino Jesús mismo el que conduce a nuestra humanidad por los caminos de la paz, de la alegría y del perdón. Tercero, alegrarnos grandemente, porque con la presencia de los magos ante Jesús se ha decretado para siempre la salvación para todos los hombres. Los judíos tenían en su templo un muro que dividía a los hebreos, de los paganos, a los que llamaban perros, dignos de lástima y de desprecio. Eso no podía ocurrir nunca más desde la aparición de aquel divino Niño, y nosotros no podemos entonces poner muros frente a nuestros ojos o  ante el corazón para no ver las necesidades de los demás, los que tienen menos, los que pueden menos, los que gozan menos. No podemos despreciar a nadie por su distinta manera de pensar, y mucho menos podemos despreciar a nadie por sus creencias religiosas.  

Si Cristo es para ti la Estrella de tu vida, puedes estar seguro que el Espíritu Santo de Dios, irá guiando toda tu vida, y en concreto este año que el Señor nos permite comenzar juntos. Felicidades a todos mis amigos. Cristo es la Estrella.