Cuatro de infierno por ocho de invierno

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Cuando escuché este refrán por primera vez me quedé insensible, no pude establecer una relación entre el infierno y el invierno, pues normalmente cuando pensamos en la realidad del infierno, inmediatamente lo asociamos con fuego, con calor, con castigo, con tormento, pero si vemos las cosas más desapasionadamente, distintivo del infierno no será tanto el calor del castigo, sino la frialdad del corazón, pues si atendemos al catecismo Universal de la Iglesia, el infiero será “vivir separados de Dios  para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra: infierno:”.  

Pero no se espanten ni se desconcierten mis lectores, pues mi idea en esta ocasión no será hablar del infierno, ni convencer a nadie de su existencia, eso ya lo hizo Cristo y lo podemos hacer en otra ocasión, solo quiero llamar la atención precisamente sobre la frialdad que ya se experimenta en este mundo cuando vivimos apartados y separados de los demás. Se nos mete ya una frialdad de muerte, pues el mismo Cristo lo decía,  y muy clarito: “Quien no ama, permanece en la muerte”.  

Tenemos que volver a replantearnos la necesidad de amar, de acoger de recibir a los demás en nuestra propia casa e indudablemente en el corazón. Se nos está acabando ese precioso don de la hospitalidad. Se nos acaban aquellas tardes de visita en la casa donde todos participaban, y donde se desplegaba cualquier regalito de parte de la visita que hacía sumamente agradable el momento. Los “interfon”, las prisas, las carreras, lo práctico, nos hace casi imposible sentarse un rato para recibir vivitas que no deseamos ni queremos. Nos quitan nuestro precioso tiempo y nos esclavizan. E incluso nos sentimos fríos, insensibles, cuando se trata de ayudar, de abrir las puertas, de sacar de algún apuro. En las parroquias del centro de la República en México se nos parte el corazón cuando cada día llegan dos o tres personas con una historia que se repite hasta el cansancio, viniendo de alguien que se presenta sucio, barbón, maloliente: “Vengo del Norte, no tengo un centavo en la bolsa, nos echaron de la frontera y no tengo para volverme a mi tierra. Y tengo hambre, no he comido en dos días. No tengo donde quedarme, y no me dan aventón por miedo a los asaltos”. Hay veces en que la vista no nos engaña y hay que ayudar. Sin embargo nos refugiamos un poco mandándolos a Càritas parroquial, donde después de un sencillo examen, se trata de dilucidar si tienen credencial, si tienen algún documento que los acredite, previendo hasta donde se pueda si se trata de vividores, que los hay y a montones, o si se trata verdaderamente de una necesidad y de alguien que está como los auténticos forasteros a los que Cristo nos pide atender como si fuera su propia persona.  

Tenemos que volver a redescubrir la hospitalidad, porque nos estamos perdiendo un gran tesoro. La Escritura nos presenta hoy dos ejemplos de hospitalidad químicamente pura, el primero es el de Abraham, que en su ancianidad ha escuchado el llamado de Dios que se le manifiesta por primera vez, invitándolo a dejarlo todo para venir y poblar un rinconcito de la tierra, para convertirse en padre de un gran pueblo.  La escena es netamente campirana, rural, pero no por eso deja de ser ilustrativa. Abraham andaría por esa época cerca de los cien años. Se trata de la hora del calor más asfixiante, él está a la entrada de su tienda, cuando de pronto se da cuanta de la presencia de tres hombres, que van de paso. Se levanta de inmediato, y les pide que no se alejen, que les permita atenderles, pues a eso está obligado con todo peregrino. Enseguida los invita a pasar a la sombra, les previene agua para que laven sus pies, prepara pan y manda matar un ternero  de buenas carnes para que coman sus cansados forasteros. Cuando acaban la comida que con tanta atención les han preparado, ellos le avisan que Dios dará cumplimiento a su promesa y que para vuelta de un año, él tendría de su mujer, de la misma edad,  un hijo, que se convertiría en la esperanza y la ayuda de su vejez, cosa que efectivamente tuvo lugar. Así pagó el Señor la hospitalidad de Abraham.  

Pero el otro ejemplo no es menos notable que el anterior. Se trata de Cristo pero de un Cristo muy humano, tratable, sensible, alegre, y necesitado también de conversación, de simpatía, de hospitalidad. Y busca la compañía de dos mujeres para hospedarse precisamente con ellas. No piensen mal mis lectores, pues Cristo no es excluyente de la mujer, todo lo contrario. Se trata también de un pequeño pobladito, Betania, que ha quedado como símbolo de hospitalidad, especialmente para sacerdotes. Se supone que eran hermanas de Lázaro. Cristo no va solo, lleva gente tras de sí, y o les mandó que siguieran adelante mientras él descansaba, o entraron de hecho a la misma casa. Marta inmediatamente se puso a preparar el alimento para Cristo y sus gentes, atareadísima, mientras María hacía los honores al huésped, le atendía, le escuchaba, conversaba agradablemente con él. La hermana se disgustó, y con cierto atrevimiento se dirige al Maestro para hacerle caer en la cuenta de que faltaban muchas cosas por preparar para poderlo sentar a la mesa, mientras la hermana “estaba sentadota” cerca de él. Cristo no cae en la trampa y le indica que María había escogido la mejor parte, la que en verdad hace falta, la única necesaria. Él quería precisamente la conversación, el descanso, el intercambio, la comunicación, el ser escuchado, el ser atendido.  La comida ya vendría después. A nosotros nos queda como lección lo que ya veníamos apuntando desde arriba, nos hace falta la hospitalidad, el saber abrir el corazón, para que la frialdad nunca nos llegue a matar.  

Tenemos que recordar que nosotros mismos somos forasteros en este mundo, que fue preparado precisamente para nosotros, y que en cada persona que toca a la puerta o a nuestro corazón, puede ser el mismo Jesús que quiere ser atendido y que quiere vivir con nosotros. Y no estará de más recordar que al final de la vida se cambiarán los papeles. Si hemos sabido hacer de la hospitalidad un don que nos acerca a los hermanos, entonces en la otra vida, el Señor mismo nos hará sentar a la mesa, él mismo nos servirá, y compartirá para siempre su comida, y participaremos cálidamente no con frío, de eso que llamamos el banquete eterno, cerca del que nos quiere mucho, hasta el cansancio, hasta dar la vida por nosotros, y que nos hará sentir cerquita, muy cerquita, los latidos de su cálido corazón.