Cuando crezca el zacate, ya el caballo murió
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Hay ocasiones en que damos tales largas a nuestros asuntos, que cuando por fin nos avocamos a dar solución, ya las cosas han cambiado de tal manera que el remedio viene a ser inútil.
Tal es el caso de Jesús que nos llama a su servicio y quiere que la respuesta sea pronta, inmediata y de primera intención, cosa que a los hombres no nos agrada. Los mismos santos se han resistido en un primer tiempo al llamado del Señor a su seguimiento y a su servicio. Cuentan de San Agustín, que tardó muchos años en llegar a la verdad y a abrazar la fe para entregarse por completo, que le decía a Dios: “Señor, hazme casto... pero todavía no”. Sin embargo, cuando la gracia le llegó fuerte, él se rindió por completo a la gracia de Dios y con su vida, con su ejemplo, con su oración y sus escritos llegó a ser un hombre que fue fuente de inspiración y de cambio para muchos contemporáneos, e incluso para gentes de siglos posteriores.
Así nos explicamos como muchas gentes que se acercaron a Cristo no llegaron a cuajar su vocación, porque no ponían a Cristo en la cabeza de sus intenciones. Alguien a quien Jesús llamó en su seguimiento con un imperioso “Sígueme”, siempre en camino, siempre en camino, como eran todas las enseñanzas de Jesús a sus discípulos le respondió: “Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre”. Si este hombre hubiera pensado las cosas, si se hubiera decidido a ir tras de Jesús, es seguro que él le hubiera dicho: “A ver, a ver, cumple con tu deber con tus padres, yo aquí te espero, anda, ve, y luego vendrás, porque yo te quiero para anuncies el Reino de Dios entre los hombres.
A otro hombre, que quería seguir a Jesús pero sin dejar a la familia, Jesús simplemente le dijo: “El que empuña el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios”.
Y finalmente, a otro hombre que por su propia voluntad quería seguir al Maestro, Jesús puso ante sus ojos la radicalidad del seguimiento: “Las zorras tienen madrigueras y los pàjaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Así era Jesús de claridoso, no prometía vida y dulzura, no engañaba sobre lo que les esperaba a sus seguidores, porque él no los quería para enseñarles una doctrina o un mensaje, sino a vivir una vida nueva, confiados sólo en la voluntad de Dios.
Por eso Cristo mismo, cuando llegó el momento de dar testimonio de la verdad, cuando se trató de entregar su vida, como el grano de trigo en la tierra para dar fruto, “Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén” aunque eso significara precisamente su muerte, su entrega, la donación de su vida, una muerte vergonzante en cruz para la salvación de todos los hombres. Y nada le hizo volver atrás, nada le hizo desistir de una entrega que significaba su propia destrucción como hombre. Lo cuál conlleva una fuerte dosis de generosidad y generosidad a toda prueba.
Y es curioso que precisamente yendo de camino, cuando Jesús estaba preocupado precisamente por la suerte que le esperaba al fin del camino, dos de los apóstoles, que habían sido comisionados para prepararle alojamiento, cuando se dieron cuanta de la negativa de los de Samaria a recibir y hospedar a Jesús en una breve estancia del camino, le propusieron hacer bajar fuego del cielo para acabar con ellos. Vano intento, porque la voluntad de Jesús no fue nunca achicharrar a nadie, sino dar los medios necesarios para obtener la salvación.
Hoy Cristo sigue llamando, su llamado sigue siendo radical, aunque no exige a todos dejar casa, y patria y madre y padre, pero pretende que desde la propia situación, el ánimo esté puesto en él, para emprender la subida y la aceptación de la propia responsabilidad para obtener con él el gozo, la alegría, la paz, la salvación. Esos son los cristianos que el mundo necesita hoy. Cristianos comprometidos con su mundo, doctos en lo suyo, no cristianos mediocres, en su profesión, en su familia, en sus propias cosas. Pienso en gente “piadosa”, que busca de las cosas de Dios o de la Iglesia, pero que no destacan en su vida profesional, médicos mediocres, arquitectos sin gusto y sin ingenio, trabajadores que aportan lo mínimo, y gerentes que pagan también lo mínimo que una gente puede aceptar para no morir de hambre.
Hoy, en la libertad, según la cuál fuimos hechos, “Cristo nos ha liberado para que seamos libres... su vocación en la libertad”, nos ha dicho San Pablo, tendremos que hacer realidad el mandato de Jesús para todos los hombres: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, transformando este mundo de pecado en un mundo de donde todos podamos lograr esa convivencia fraternal que será un anticipo de la vida nueva que esperamos vivir cerca del Buen Padre Dios.
¿Cómo vas a responder tú al llamado del Maestro para ser ahora apóstol de la libertad, del amor, de la paz y de la fraternidad? ¿Lo harás seguir esperando? ¿El caballo tendrá que seguir esperando hasta que crezca el pasto para poder comer?