Condenados a vacaciones de Semana Santa

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Un fenómeno que se acentúa en los últimos años son las vacaciones de Semana Santa. Para conjuntar las vacaciones de los niños y los papás, hay que aprovechar a toda costa esa semana otrora Santa para poder viajar juntos. ¿Pero realmente son vacaciones? Las carreteras, las gasolineras, las centrales de autobuses o los aeropuertos, los hoteles, los restaurantes, los servicios sanitarios, las casetas de pago, las playas, los balnearios, las discos, los antros, todo atiborrado de gente, hace que muchas personas lleguen exhaustas de regreso a casa, queriendo olvidar la pesadilla de todos los lugares atestados. ¡Pobres gentes, condenadas a vacacionar en semana de Pasión!

 

En contraste con esas multitudes alocadas en vacaciones, hoy el texto evangélico nos lleva a la costa del Lago de Galilea o Mar de Tiberíades, donde ocurre la tercera aparición de Cristo a sus apóstoles. Ya habían pasado los temores, las angustias, los miedos pasados en Jerusalén. Ya había pasado aquel trago amargo del prendimiento, la pasión y la muerte del Maestro, de Jesús de Nazaret, y lo que quedaba era la alegría del Resucitado entre ellos.

 

Hubo que dejar Jerusalén por unos días, volver a la tranquilidad de Galilea, la tierra amada de Jesús, donde había nacido su experiencia de amor, de entrega y de servicio. Ahí habría que dar forma a la obra que desde entonces dejaría Jesús en manos de los que habían sido sus discípulos, sus amigos y sus fieles colaboradores.

 

Esos días en la playa eran las mejores y más tranquilas vacaciones que se podrían proporcionar, lejos de las gentes, de las multitudes embravecidas que pedían la muerte de Jesús.  Ahora se sentía la paz, la serenidad y el sosiego entre los amigos de Jesús. Cerca de sus casas, recordaron los tiempos en que fueron llamados por Jesús para la gran aventura del Señor. Y ahí, en la playa, fue el lugar que Jesús escogió para darse a conocer nuevamente a los suyos. En esa ocasión, dentro de esa tranquilidad que hemos tratado de describir, se jugaron muchas cosas. La presencia de Jesús que todo lo llenaba, con su cercanía y al mismo tiempo con su majestuosidad que hablaba de ese Cristo que había sido siempre pero que ahora se manifestaba plenamente como el Hijo de Dios.

 

Los apóstoles habían salido en plena noche a pescar, y regresaron con las manos vacías. Al amanecer, desde la playa, un desconocido les indicó  dónde encontrarían peces y al dirigirse allá, lograron la pesca más abundante de toda su vida. Cuando se acercaron más la playa, reconocieron en quien les había guiado al banco de peces, al Señor, a Jesús, al Resucitado. Él les pidió algunos de los pescados, y con sus propias manos, ¡Oh, delicadeza del Señor! El les preparó los alimentos, el pan,  los pescados, sentado en el suelo, en la paya y se los sirvió con  sus propias manos.

 

 Esto nos habla de la misión que Jesús les encomendaba desde entonces, la misión, el ganar a las gentes para su corazón, y la Eucaristía, que le haría presente entre los hombres, en todas las épocas de la historia, guiando a su pueblo a la casa del Buen Padre Dios para participar en otro banquete, el banquete eterno, ya no en la playa, sino en la casa paterna, en la morada eterna, en la casa de todos los hijos.

 

Pero en aquella profunda sencillez de la playa, aún faltaba algo muy importante, un interrogatorio imprescindible para quien iba a ser cabeza, piedra, fundamento de la Iglesia fundada por Jesús para extender su Reino a todas las naciones. Fue el triple interrogatorio a Pedro: ¿Me amas, me quieres, me amas más que éstos? Y si una vez, en un momento crucial en la vida de Cristo Pedro lo había negado ante propios y extraños, ahora con su triple respuesta, delante de sus hermanos, daba forma a su amor, a su entrega y recibía de manos de Cristo el poder de guiar, de conducir, y de confirmar en la fe a sus hermanos y a todos los hombres a través de los siglos. Y así como el resto de los apóstoles miraron a Pedro que recibía de Cristo las llaves del Reino, hoy las gentes miran a Roma, buscando luz, paz, fe, sosiego, caminos de vida en quien es el sucesor de aquél primer Papa.

 

 Después de Pedro se han sucedido doscientos y tantos hombres entre los que ha habido gente santa, excelente, buena, mediocre e incluso mala, pero que gracias a la presencia, a la cercanía y a la promesa de Cristo de no dejar sola a su Iglesia y a los suyos, él ha ido llevando  a los hombres por caminos de paz, de concordia y de servicio, hasta conducirlos a todos a la casa del Padre.

 

Después de aquellos días pasados en la presencia y en la compañía de Cristo en aquel ambiente familiar de donde habían salido alguna vez para seguir al maestro, todos regresaron a Jerusalén para esperar ahí la consumación de la obra de Cristo, para esperar al  Espíritu Santo en atención a las gentes, pues ellos ya lo poseían desde el mismo día de la Resurrección del Señor, y poco después los encontraremos inundando primero a Jerusalén y luego a todo el mundo, con la Palabra de Jesús, aunque eso les condujera a incomprensiones, cárceles, dolores, e incluso la muerte. Pero ahora ya nada importaba. Tenían a Jesús, tenían al Espíritu Santo y eso les abría las puertas para inundar al mundo con la luz de Jesús, sin importar las prohibiciones del Sanedrín: “Primero hay que obedecer a Dios y luego a los hombres”.

 

Hoy tenemos necesidad de la valentía, del coraje y la fuerza de los primeros apóstoles y de los primeros cristianos, para ser fieles al mensaje de Jesús para hacerlo centro de los corazones de todos, de la misma forma que el Padre lo ha hecho centro y cabeza de todo el universo.

 

Si hacemos una gran cadena, abarcaremos al universo entero, y erradicado el mal, la mentira, el engaño y la maldad, podremos envolver al mundo con la luz, la fe y la salvación de Cristo Jesús.