Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Para muchos cristianos, el domingo pasado, con la fiesta de la Epifanía, ha concluido la temporada de Navidad. Las cosas del Nacimiento se guardan, se quitan las guías del árbol, y casi por la ventana se arroja convertido en cosa vieja. Para muchos cristianos, la Epifanía del Señor, concluye el ciclo de un Dios que se hace niño y que busca la salvación de todos. Se ve en cierto modo, como algo infantil, pero como ya somos adultos, pues a otra cosa. Sin embargo, en este domingo, nos vamos a encontrar a Cristo ya crecido, en las márgenes del Río Jordán, buscando el acomodo de Juan Bautista, quien debía darlo a conocer entre los hombres.

El texto descrito no podía ser más sugestivo. Cristo se forma en la fila de los pecadores. Juan se da cuenta al instante, y cuando le llega su turno, le pide algo desconcertante. “Bautízame”. Juan se pone de mil colores, pues siente que es Cristo precisamente el que debe bautizarlo. Me imagino a Juan Bautista de rodillas ante Cristo y a Cristo de rodillas ante Juan. Todavía este se resiste, pero Cristo le daría una palmadita en el hombre y le diría: “Juanito, no podemos oponernos a la voluntad de Dios. Y viene entonces, el asombro de todos, cuando Cristo baja al Jordán, empujado suavemente por el Bautista.

Tenemos que entender que el bautismo de Juan no le añadió nada, absolutamente nada a Cristo. Él quiso solidarizarse con los pecadores, pero también, el bautismo fue el marco referencial para lo que vendría a continuación. Cristo en un momento de profunda oración, contempla el cielo abierto, abierto para siempre para todos los hombres, siente la presencia vida del Espíritu Santo en forma de paloma, y a la vista de todos, escucha aquellas benditas palabras: “TÚ ERES MI HIJO AMADO, EN QUIEN TENGO MIS COMPLACENCIAS”. Palabra maravillosa, porque ante el pueblo que vio como Cristo se bautizaba con un bautismo de penitencia, el Padre testifica que su Hijo no es ningún pecador, y que por lo contrario, en él tiene todo su agrado, su complacencia, su alegría.

Este testimonio del Padre, del Buen Padre Dios, tiene que ser el fundamento de esa relación de la que no se ha hablado suficientemente, la relación de los padres a los hijos, y en concreto del padre a los hijos. Nuestra generación de jóvenes está urgentemente necesitada de ese cariño del padre, que va fincar una relación benéfica entre todos los hombres. Si la relación entre el padre y los hijos se ha mantenido, por experiencia propia puedo decir que entonces los hijos no van tener problemas de aceptación, de comunicación de diálogo con el resto de los mortales. Pero cuando esa relación no se da o se da equivocadamente, entonces hay que salir a buscar cariño donde se supone que se encuentre. A imitación del Padre, los padres de la tierra tendrían que decirle muchas veces a sus hijos: “Tú eres mi hijo amado, tú eres mi hijo...” pero decírselo de verdad y al hijo que se tiene enfrente, no al hijo ideal que todo padre ha soñado, y el hijo bien nacido tendría que mostrarse sumamente complacido por esa muestra de amor del padre. 

El Padre Raniero Cantalamessa lo explica mucho mejor que yo: “Hay padres cuyo más profundo sufrimiento en la vida es el ser rechazados o hasta despreciados por los hijos para los que han hecho todo lo que han hecho. Y hay hijos cuyo más profundo e inconfesado sufrimiento es sentirse incomprendidos o rechazados por el padre, que en un momento de rabia, han llegado a escuchar del propio padre: “Tú no eres mi Hijo”.

Al comenzar un nuevo año, porqué no hacemos en este momento un reencuentro en familia donde se sienta la presencia del Espíritu Santo que impulsó la presentación en público del Hijo de Dios, ante los hombres. Cuándo gusto dará a tus hijos escuchar esa palabra que hace mucho tiempo que no les dices, o que a lo mejor nunca lo han escuchado de tus propios labios: “Tú eres mi hijo amado”, a imitación de esas palabras que el Padre mismo ha pronunciado ya no para su Hijo, sino para cada uno de nosotros en nuestro propio bautismo. 

Esa presentación del Padre, ese decidirse por su Hijo, capacitó a Cristo para entregarle a los hombres su mensaje, su perdón y su salvación. ¿Nosotros como vamos a testimoniar con nuestra propia vida que somos seguidores de Cristo Jesús y que hemos sido amados hasta lo último en la epifanía de Cristo a cada uno de nosotros, nuestro propio bautismo?