Barca sin timón, pronta perdición

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

La barca de Pedro, como le llamamos a la Iglesia, a entrado en el Siglo XXI con muchas fallas que los enemigos se han encargado de magnificar, pues como toda institución humana, va cargando los yerros del tiempo y de las costumbres de los hombres que la forman.

Pero es indudable, que a pesar de los fallos, los yerros y los errores de los hombres, la barca se mantiene a flote y con una vitalidad que ya quisieran muchos gobiernos y muchas instituciones.

Llama poderosamente la atención que a cualquier lugar del mundo donde tú vayas, puedes unirte tranquilamente a la celebración Eucarística, aunque no entiendas el idioma en el que se está celebrando. Así viajes a China o a Francia, la moralidad se mantiene la misma aunque las modas indiquen otra cosa. Y estés en el corazón de África o el Polo Norte, la fe de la Iglesia te habla de un Dios que es Padre, de un Hijo que se entrega por tu salvación, y de un Espíritu Santo que nos conduce por los caminos de la paz, a reproducir en nuestra vida y en nuestra sociedad la vida que se vive en el seno de la Trinidad.

A qué se debe esa unidad que se mantiene desde los primeros siglos de la Iglesia? En gran parte a la presencia de esa institución que es el Papa dentro de la Iglesia. Él es el garante de la unidad y del avance de la Iglesia por los mares no siempre tranquilos de nuestro mundo. Y así, hoy celebramos la DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DEL DIVINO REDENTOR mas conocida como la Basílica de San Juan de Letrán en Roma. Es la MADRE Y CABEZA DE TODAS LAS IGLESIAS, el lugar donde tiene su sede o su cátedra el Papa, y donde toma posesión oficial de su ministerio al frente de toda la Iglesia. El edificio perteneció al Emperador Constantino. Era el palacio real del emperador y su familia. Cuando se convirtió a la fe cristiana, donó el edificio y la iglesia adyacente al Papa. Y ahí residieron los Papas, hasta el siglo XIV, cuando el Papa se mudó a Aviñón en Francia durante setenta años. Cuando el Papa volvió a Roma, por comodidad y por poder atender a los asuntos de la Iglesia Universal, se estableció en lo que es ahora el Estado Vaticano, y la Basílica de San Juan de Letrán que tuvo que ser reconstruida varias veces a causa del paso natural del tiempo, del descuido y de dos terremotos, es ahora la sede el Vicario Papal para la Ciudad de Roma, la Cancillería del Romano Pontífice.

Por eso los textos de la Palabra de hoy nos hablan del templo, ya no del edificio material, sino de ese nuevo templo que es Cristo. Comienza al profeta Ezequiel dándonos una visión del templo muy singular. Para el Israelita, el templo, ley, el sacrificio, el culto, era instituciones sobre las cuales giraba toda su vida. El templo era considerado como el lugar por excelencia de la presencia de Dios. Del templo nace la ley que expresa la voluntad de Dios, y el culto era la manera más familiar de relacionarse con Dios. Y la visión del Profeta Ezequiel es sumamente bella. Él contempla el templo como el lugar desde donde salen y bajan las aguas que van inundar de vida y de alegría todos los lugares que ellas toquen, hasta llegar incluso al “Mar muerto”. Es una visión que para nosotros los cristianos tendría que tener pleno vigor, pues al salir de la Eucaristía, los cristianos que han subido al encuentro del Señor tienen que llevar en sus vidas la paz, el sosiego y la alegría a este mundo que tiene tantos ruidos y tantas luces para esconder su silencio, su soledad y su amargura. 

Cristo mismo, cuando realiza la “limpia” de animales y de monedas en el templo, esta dando también una visión nueva, pues de un templo y un altar que lo era todo para el israelita, va a dar lugar a la entrega de su propia vida, y de su entrega y de su cruz, de su expiación y su redención, de su muerte y resurrección, hará posible que no se necesiten mas animales para entrar en contacto con Dios, sino a través de su Cuerpo, de su persona, de su Eucaristía.

Y San Pablo coronará esta nueva visión de Cristo, al hacernos caer en la cuenta que nosotros, yo, pero mejor “tú” o sea el prójimo, es templo de Cristo en el que habita la presencia misteriosa y salvadora del Espíritu Santo. Ahora podremos adorar al Padre en la persona de Cristo, convirtiéndolo en el lugar ideal para el encuentro con la divinidad, pero el cuerpo, la persona de nuestros hermanos, será también el lugar ideal, el sacramento del encuentro con Cristo, y tarea entonces de los cristianos, de los que formamos esta Iglesia santa de Dios, será llevar a nuestro mundo, desde la presencia de Cristo, la paz, la alegría, la salud, la vida, el perdón y la unidad entre todos los hombres y entre todas las razas. Hacer de la aridez de nuestro mundo, un vergel florido y un jardín de amor y de respeto, con el agua vivificadora y sanante del corazón abierto de Cristo.