¿Porque no le puso Jesús más crema a sus tacos? 

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DOMINGO 32 DEL TIEMPO ORDINARIO (7 de noviembre)

 

Alguien ha comparado la vida como un gran embotellamiento en las grandes ciudades, en el que sentado en el coche  hay que hacer cualquier cosa por entretenerse mientras se puede continuar el camino, oír música, o leer el periódico, o mentarle la madre a quienes han provocado el atasco, y han comparado a la muerte con un atasco del que ya no se puede salir, sería como una gran muralla que definitivamente no se puede cruzar.  Y esa mentalidad ha llevado a mucha gente el día de hoy, a terminar su vida por sus propias manos, porque el aburrimiento ha sido de tal manera grande, que ya no hay para qué seguir esperando.

 

¿Porqué ha aumentado el número de suicidios, y porqué la violencia ha hecho presa de nuestras ciudades y de nuestros campos? ¿Ya no espera el hombre nada? ¿Si para algunos esta vida se vive tan bien, para que esperar otra mejor? ¿Y si millones y millones en el mundo la están pasando tan mal, tendrán la suficiente imaginación y la fuerza para esperar otra vida mejor?

 

Sin embargo, en el hombre existe el deseo de perpetuarse, de dejar algo para que se le recuerde, así el padre en los hijos, el escritor en sus libros, el científico en sus descubrimientos, el poeta en sus poesías, el pintor en sus lienzos, el músico en sus grandes composiciones, el deportista en sus hazañas y en sus conquistas, y podríamos agregar, el santo en su entrega, en su generosidad, en la donación de su propia vida para felicidad del resto de la humanidad.

 

No podemos olvidar aquí la serie de disparates  que se hacen, las cosas más ridículas  y más grandes, que se pretende que pasen a la historia como records en un libro que se llama Guinness, que tiene 50 años de haberse publicado y que se afirma está sólo atrás de la Biblia y el Corán, como consignar a la mujer que tiene uñas de 7 metros de largo, o al locutor que más horas seguidas ha pasado frente al micrófono, o los 62 minutos en que se ha confeccionado un traje de tres piezas, o el jugador que ha sido comprado a más alto precio, o los kilos de pescado que se necesitaron para hacer el ceviche más grande del mundo.

 

La vida y la muerte, pues ha cautivado al hombre, y nos fascinan las vivencias de las personas que han estado más cerca de la muerte, nos fascina la manera que describen cómo se iban alejando cada vez más por lo que todo mundo habla como un túnel que separa este mundo del otro.

 

A Cristo le preguntaron también sobre la muerte y la vida, cuando  un grupo de saduceos, gente escéptica que no creía en la otra vida, le plantearon el caso de siete hermanos, de los cuales el primero se casó con una mujer, la cuál se volvió a casar con el segundo, porque no tuvo familia del primero, y así con todos los hermanos. Y la gran pregunta para la que creían insoluble fue de cuál de los hermanos sería esposa la mujer en la otra vida.

 

Cristo respondió haciendo tres afirmaciones: la primera, que las cosas que a los hombres les parecen tan interesantes y necesarias en este mundo, no lo serán en absoluto en la otra, como el casarse o no casarse, que los que sean juzgados dignos, vivirán para siempre, ya no podrán morir, habrán resucitado, y tercero, que Dios no es Dios de muertos sino de vivos, pues para él todos están vivos.

 

Estas afirmaciones de Cristo  abren perspectivas interesantísimas para la vida del hombre sobre la tierra, pues lo que ha sido  una intuición,  un presentimiento,  y casi un deseo, Cristo lo convierte en la gran afirmación, ¡hay otra vida!, a la que todos estamos llamados, y los que resuciten, no volverán atrás, no serán reciclados, no será simplemente un regreso a la vida, sino el triunfo, el gozo y la alegría que no acabarán jamás.

 

Es el tiempo de hacer aparecer otra palabra, el cielo, que para los hebreos tenía una significación especial. Ellos consideraban el cielo como una bóveda perfectamente cimentada con grandes depósitos para el agua, el granizo, la nieve y los vientos, de la cual se sostienen los astros, las estrellas y las grandes luminarias, el sol y la luna, todo enmarcado en una arquitectura que no podrían lograr todos los hombres juntos.

 

Pero sobre este cielo, contemplaban el cielo de los cielos, la morada de Dios, la casa y la mansión eternas, donde habita el Altísimo, que se revela como el Dios trascendente, lejano, pero a la vez el Dios que quiere estar cercano a los suyos,  a su creación hasta hacer de cielos y tierra un solo universo.

 

Esto sólo lo puede lograr Jesucristo, que ha venido de la otra vida, y que ofrece llevar a los suyos a la ciudad de todos los hombres, donde campeará el amor, y donde habrán desaparecido  la muerte, el llanto, el grito, la pena, las lágrimas, la impureza y la noche. Y Cristo será el que llene los corazones pletóricos de amor y de dicha, al contemplarse la familia completa en torno al Padre que ama a los suyos de tal manera que les dio a su propio Hijo.

 

Esa es la esperanza del creyente, del cristiano, participar el banquete de la vida, en la mansión de la luz y de la paz, gozar el tesoro al que se dedicó toda la vida terrena, comer del pan sabroso engendrador de vida, participar de la sangre que derramada sobre la tierra, dio vida al mundo, realizar para siempre la Nueva Alianza en la Sangre del Cordero, y participar también para siempre de la Comunión con el Dios que da la vida, con el Cristo que puesto entre el cielo y la tierra, se convierte en el sol, en la luz, en el calor y en el fuego que consumirá en un solo amor a la nueva creación, y dejará ver para siempre los cielos nuevos y la nueva tierra. ¿Habría necesidad de  que Cristo nos dijera algo más?

 

¿Ésta es la visión y la esperanza que guía todos tus pasos? ¿Por qué no comenzar a edificar ya desde ahora esa mansión que nos durará toda la vida? ¿Y porqué no entrar ya en contacto con la Iglesia que nos introducirá para siempre a la presencia del Esposo que se entrega para siempre?