Hoy no seria noticia el Buen Samaritano

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

¿Alguien de mis lectores conoce  la parábola del buen samaritano? Quizá no hemos reparado en los últimos tiempos en esta parábola magistral que nos trae San Lucas, pero por lo menos la hemos escuchado cuando éramos niños, como una lección  “piadosa” para fomentar nuestro  amor al prójimo. Creo que hoy no sería noticia para nadie, como no lo es el ejercicio diario de tantos sacerdotes, religiosos y misioneros, que queriendo ser fieles al Evangelio están impulsando calladamente lo que el Documento de Santo Domingo llama “promoción humana”, y que “incluye pastoral de la salud, dispensarios, medicina alternativa, albergues para niños huérfanos y para migrantes, asilos de ancianos, atención a migrantes y refugiados, pastoral penitenciaria, alfabetización, cáritas y obras asistenciales, pastoral de la tierra para asesorar a campesinos en proyectos alternativos de producción y comercialización, centros de derechos humanos, promoción de las mujeres y mujeres maltratadas, atención a alcohólicos y contagiados por el sida, organización de pequeños productores para que se unan, aprendan técnicas ecológicas y así no vivan endeudados, sino que tengan opciones para salir de la miseria”(Mons. Felipe Arizmendi) y así podríamos seguir hasta el infinito, visitando a misioneros que comienzan precisamente con esas obras de promoción humana, para hacer creíble el Evangelio de Jesucristo. Hasta allá no llegan los periodistas y los medios de comunicación social. No son noticias que interesen. En cambio sí lo son los crímenes y el fuego cruzado de narcotraficantes que deja en nuestra Patria, México, muchos muertos tan solo en lo que va del año, o los suicidios que día con día aumentan como si estuviéramos en los países del tercer mundo, o la cruzada bien planeada en la Ciudad de México para considerar legítimo el aborto siempre que se realice dentro de las 12 o 14 semanas de embarazo.  

Pero si volvemos a replantearnos la parábola del buen samaritano, encontraremos una luz tan grande que puede cambiar nuestra vida, nuestra manera de entender nuestra fe y de paso comprometernos con esas grandes campañas en pro de hombres y mujeres para que puedan tener una condición digna de hijos de Dios. Para entender la parábola, partimos de la pregunta de un doctor de la ley que se acerca a Jesús con una pregunta para la que esperaba una respuesta fácil: “Maestro, ¿Qué debo hacer para conseguir la vida eterna?” pero la pregunta fue devuelta por el Maestro, y el doctor de la Ley tuvo que recitar lo que todo mundo sabía en su tiempo: “Amarás  al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y a tu prójimo como a ti mismo”. Cuando acabó de hablar, por toda conclusión Cristo le dijo: “Has contestado bien, si se haces eso, vivirás”. De manera que la “vida eterna” se gana en este mundo, y no precisamente a base de rezos, de novenas y donativos a los canastos de la Iglesia, sino con una vida de entrega al prójimo. Y aquí viene la segunda dificultad, planteada aparentemente con mucha astucia por el famoso doctor de la ley y que fue contestada por Cristo con la parábola en cuestión: “Y ¿Quién es mi prójimo?”. Aquí dejó Cristo la cuestión teórica, para meternos en la vida, para invitarnos a romper con nuestros círculos concéntricos donde el lugar central lo ocupamos nosotros, y luego nuestros familiares, los parientes, los amigos, los que ama nuestro corazón y cada vez más y más lejos los que no tienen una relación directa con nosotros. Cristo quiere ayudarnos a romper este esquema, invitándonos a dejarle el lugar principal para “hacernos” prójimos de los demás, como él lo hizo con nosotros, con todos los hombres, hasta dar su vida por nosotros. 

Al meternos en la parábola, tendremos que hacerlo lentamente, para no perdernos ningún detalle. Se trata de un hombre que fue herido, quedando medio muerto y tirado al borde del camino, cuando bajaba de Jerusalén a Jericó. Y comenzó un desfile de hombres que fueron pasando de largo, entre los cuales destacan dos en primer lugar. Uno era un sacerdote, y otro un levita, o sea dos personas “buenas y santas” porque se ocupaban aparentemente todo el día en “las cosas del Señor”. Vieron al herido, se dieron cuenta de su presencia, pero pretextando cansancio, o cierta prisa, o quizá miedo de caer y quedar en las mismas condiciones del herido, sencillamente siguieron su camino. No cayeron en la cuenta de que Dios no habitaba en el templo, sino en aquella persona que siguió tirado al borde del camino. 

Pues entonces ocurrió que un samaritano, que también iba de viaje, se detuvo a auxiliar al herido. Para que nos demos cuenta, si quisiéramos poner un ejemplo de hoy, un samaritano sería uno de los que llamamos “protestantes”  a los que nosotros hemos proscrito de nuestro trato y de nuestra habla. Este samaritano: “al verlo, se compadeció de él”, a diferencia de nosotros mismos que muchas veces hemos contemplado un accidente en carrera, y nos persignamos pero volvemos la vista porque nos horroriza la sangre humana,  y seguimos adelante, o a veces, gentes sin corazón se acercan a los heridos para “bolsearlos” quitarles anillos, relojes y cualquier otro objeto de valor, en lugar de bajarlos del auto y ponerlos a buen resguardo. “Se le acercó”, nuestro amigo samaritano, no por curiosidad o por morbo, sino que “ungió sus heridas con aceite y vino y se las vendó, lo subió a su caballo, lo llevó a un mesón y cuidó de él”. ¿No les parece admirable el gesto del samaritano? ¿Y porqué no hacemos lo mismo cuando vemos al hermano que pasa apuros, o a la madre o a la esposa abrumada por el trabajo mientras nosotros vemos tranquilamente el periódico o la tele, o cuando vemos a alguien que se le ha descompuesto el coche a medio del camino y ni volteamos a ver que se ofrece, o cuando tenemos  mucha gente haciendo cola frente a nuestra ventanilla y los dejamos que esperen y esperen  mientras nosotros terminamos nuestra torta, o cuando vemos a un familiar u otra persona que tiene graves problemas económicos y nosotros le hacemos al loco o decimos que ese no es nuestro problema o incluso que nosotros no somos la divina Providencia? 

¿Y cómo terminó la Parábola? Al día siguiente el samaritano sacó “una buena lana” y se la dio al dueño del mesón,  y le dijo: “Cuida del enfermo, y lo que gastes de más, te lo pagaré a mi regreso”. Aquí tenemos que concluir sintiendo que Cristo es verdaderamente el Buen Samaritano que se compadeció de la humanidad caída, nos tomó amorosamente en sus brazos, nos encargó a la Iglesia y prometió pagar hasta lo último cualquier cosa que hubiéramos hecho a favor del prójimo, incluso “un vaso de agua dado en su nombre”. Aunque no atraigas la mirada de ningún periodista, comienza a hacer tus pininos hasta considerar tu prójimo a todos los que originalmente no estaban entre tus círculos concéntricos.