Por las puras pistolas de Cristo

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DOMINGO X ORDINARIO 07 

Ola, querido y estimado Padre Alberto : “Siempre me gustado el trabajo que nos manda cada semana, pero más ahora que está invitando a sus lectores a compartir su vida para convertir la Palabra de Dios en luz para nuestras vidas. Por eso me atrevo a participarle con mucho cariño un poquito de mi vida y sobre todo el momento que cambió para siempre mi existencia. Soy ingeniero de profesión, Ismael, para que me recuerde, Con mi esposa engendramos tres hijos lindos, y un día le dije bruscamente que ya no quería ni un hijo más, porque a ella la quería para mí y la quería bonita y bien formada. Siempre me consideré hombre de mi época y como tal, para mí era el bienestar lo máximo en  mi vida. Mi profesión me dio y en abundancia para vivir a mis anchas. Conforme a mi mentalidad, si el bienestar era lo supremo, había que hacer dinero a como diera lugar, aunque metiera material de segunda en mis construcciones y pagara la mano de obra muy barata, al fin que obreros sobraban. Y si el bienestar personal era lo más importante, no paraba en pagar fuertes “mordidas” a las autoridades correspondientes para fincar un gran complejo turístico en una zona que afectaba a muchas personas y que destruía varios montes  que eran un pulmón para mi ciudad. Nada me importaba, yo ganaría millones con esa finca y me preciaba de ser tan listo y tan astuto. Ahora me he dado cuenta de que donde Dios había puesto AMOR yo había puesto BIENESTAR, pero bienestar personal, sin más miramientos.  

Hubo necesidad de que un hecho doloroso me hiciera abrir los ojos y darme cuenta de cuán lejos estaba de mis semejantes y de sus necesidades. Dinamitando un cerro para construcción, algo falló en el mecanismo, y cuatro o cinco obreros murieron instantáneamente dejando huérfanos a varias criaturas. Cuando  me avisaron del accidente, refunfuñando  di orden para que se pagara la indemnización a las viudas, y asunto que terminó. Pero el superintendente me pidió como un favor personal que asistiera a la misa que los obreros habían organizado para sus compañeros muertos. Qué más da, me dije. Los acompañaré y luego volaré para reunirme con mi mujer y mis hijos que ya esperaban para unas buenas vacaciones. No sabía lo que me esperaba. Verdaderamente me conmovió el rostro, las expresiones y el llanto que acompañaba a los hijos y a los familiares de los obreros muertos, pero el Señor me deparaba todavía otra cosa mayor.   

Estaba distraído en mis pensamientos, cuando el sacerdote comenzó a leer despacio, pausado, como un cautín que se iba enrojeciendo poco a poco, el texto evangélico. Cuando terminó de proclamar el mensaje, algo había sucedido en mi interior. En ese momento vislumbré el vacío de mi vida y la vaciedad de lo que creía mis grandes obras. Le referiré, Padre, en cámara lenta lo que yo escuché en aquél día, y los pensamientos que se desencadenaron en mí, lo que iluminó mi vida y lo que me hizo recobrar la paz, aunque me consideraba un buen católico porque daba muy buenas limosnas las pocas veces que me paraba en la Iglesia. Perdone que yo le predique al señor cura, pero me sale del corazón: “Jesús se dirigía a una población llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de mucha gente. Al llegar a la entrada de la población, se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre”. Qué curiosa es la vida, mientras unos gozan, se divierten y viven bien, como los discípulos de Cristo, otros lloran, pasan hambre y pasan sed, como aquella viuda, que acompañaba a su hijo a la tumba. Era la última vez que se sentiría acompañada, porque desde entonces, sin marido y ahora sin su propio hijo, no le quedaba sino la mendicidad, la penuria y la soledad. Viviendo en una sociedad machista, viuda y sin hijos, sólo serviría para causar lástima.  

Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: “No llores”. Yo siempre me había imaginado a un Cristo hierático, frío, insensible, pero ahora me daba cuenta que a Cristo no le pasaba desapercibido el dolor humano y se identificaba con los que sufrían, derramando lágrimas por la muerte de aquél amigo suyo al que también devolvió la vida, Lazaro. “Acercándose al ataúd, lo tocó y los que lo llevaban se detuvieron”. Todos se preguntaban porqué les impedía su camino, bastante pesado estaba el muerto para detenerse ante un desconocido. Quizá renegaron de su suerte, pues además del peso, tenían que cargar con aquél olor insoportable propio del cuerpo que se descompone. Pero de pronto, ocurrió algo que dejó maravillados a todos: “Entonces, dijo Jesús: “joven, yo te lo mando: levántate”. Inmediatamente el que había muerto se levantó y comenzó a hablar”. Ese sí es amor del bueno, Padre Alberto , y no el amor que nosotros nos hemos inventado. Cristo no tuvo que esperar ninguna petición, quizá ni lo conocían, ni intuían de quién se trataba, pero Cristo “de sus propias pistolas”, le devolvió la vida a quien había sido muerto.  Y quisiera yo salud y tiempo para decir ahora a tantos jóvenes decrépitos, cadavéricos que circulan en nuestras calles y en nuestros barrios: Joven, a ti te lo digo: Levántate, vuelve a vivir, deja esas drogas y ese alcohol, deja ya de exprimir tu propio sexo que se ha vuelto estéril en ti, y comienza a vivir la vida nueva, la Vida en mayúscula que Cristo viene a dejar en ti. Y yo me lo dije a mí mismo: Ismael, levántate, ponte en pie, date cuenta que tus hermanos existen, que viven a tu lado, que esperan de ti tantos dones que el Señor te ha dado.  

Y Jesús se lo entregó a su madre”.  Qué gozo para aquella madre. Qué delicia debió ser el momento del abrazo de aquella mujer con su hijo recobrado y vuelto a la vida. Y que gozo, Padre Alberto , cuando podemos rescatar de las garras de la muerte a los que están postrados, caídos, en la miseria, en la maldad, en la orfandad y en la muerte. Por eso, un grupo de empresarios amigos míos, después de estudiar entre varias necesidades de nuestra población, nos decidimos  a fundar varias casas de regeneración para jóvenes drogadictos y alcohólicos, para agradecer así al Señor el don maravilloso que me hizo de rescatarme de mi propia “comodidad”, para salir al encuentro del que nos dijo: COMO - DI - DAD”.