Cenando y bebiendo en la playa. ¿Pero con Cristo?

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DDomingo 03 de Pascua 07

Muchos, muchísimos cristianos aprovecharon la Semana Santa para darse un revolcón en la arena de la playa o por lo menos una mojada en algún balneario saturado de otros muchos cristianos que no tienen oportunidad de vacaciones con sus hijos, y sufren un calvario a veces insoportable por las carreteras llenas, las casetas de cuotas insuficientes, los hoteles repletos, los sanitarios hasta el tope y los alimentos caros y escasos, los antros y los bares retacados hasta decir basta, todo un verdadero calvario en plena semana santa. En algún comercial radiofónico alguien comentaba que el lugar ideal para pasar esos días, podría ser precisamente el jardín de la propia casa.

Por eso me parece interesante que la tercera aparición de Cristo Jesús resucitado a sus apóstoles, tuviera lugar precisamente en la playa del lago de tiberíades, en la amadísima Galilea , la tierra donde Jesús inició su vida pública y que ahora quedaba convertida en la rivera de la resurrección. Atrás había quedado la sombría Jerusalén , la de los rencores y la ira, la de las injusticias, las tinieblas y la muerte, la de las acaloradas discusiones, los juicios injustos, la ciudad de los sufrimientos y sobre todo la ciudad del calvario, de la muerte y de la soledad. Los discípulos, a invitación de su amado maestro ya resucitado, volvían a la tierra amada de Jesús donde transcurrió parte de su niñez, y de su juventud, donde adelantó su primera señal del Reino en las bodas de Caná, donde tomó contacto con los que serían sus discípulos y sus apóstoles, donde el Señor Jesús fue regando las primeras semillas del Reino, donde las gentes se acercaban ávidas de tocarle, de escucharle y ser curados por él. Es a esta tierra a donde los discípulos fueron enviados, para completar su enseñanza y poner las bases de la Iglesia pensada por Cristo para llevar a todos los hombres el mensaje de amor del Reino de los cielos. Se nota un ambiente de tranquilidad, de calma, como en espera de algo grande que tendría que ocurrir, un tiempo para acostumbrarse a la tremenda experiencia de un Cristo resucitado, que los llamaba imperiosamente a ser los continuadores de su obra.

El día señalado, o mejor, la noche señalada, Pedro y algunos de los apóstoles, quisieron descansar haciendo adobes y como siempre habían sido pescadores, y “no negaban la cruz de su parroquia”, pues se fueron de pesca, pero sin conseguir nada en toda la noche. Y cuando amanecía, como el sol que sale alegrando a toda la creación, apareció Jesús en la orilla, y como en los tiempos de sus caminares por los caminos de Israel, los llamó con una palabra muy familiar: “Muchachos”, “¿han pescado algo?” No era necesario que se los preguntara, porque iban arrastrando las redes pero vacías. Con su índice señalando el lugar, Jesús les indicó el lugar a donde tendrían que dirigirse para encontrar una pesca abundante. Pedro no tuvo que rezongar como cuando Cristo le pidió su barca para predicar a la gente al principio de su ministerio y luego lo invitó en pleno día a pescar. Pedro se le quedó viendo en esa ocasión con una sonrisa burlona, señalando que el Cristo Maestro sabría predicar muy bien pero que no sabía nada de pesca. Ahora no, obedeció dócilmente y la pesca fue abundante, al grado de que ya no podían jalar la barca de tantos pescados. El primero en “reconocer” a Jesús fue Juan que se lo indicó así a Pedro. Cuando se acercaron a la playa, pudieron percatarse de otra de las linduras, de las complacencias del Resucitado, que con sus propias manos había ya preparado pescado y pan para que almorzaran. ¡Qué rico debe haber sabido el almuerzo preparado por el Resucitado! Él mismo los invitó a tomar los sagrados alimentos: “Vengan a almorzar”, y les dió gratuitamente el pescado y también el pan. No olvidemos que el pescado desde los primeros siglos era un símbolo de Cristo y no digamos el mismo pan, de manera que podemos pensar que ahí en la playa, sentados, alegres pero pensativos y sorprendidos por tanta amabilidad de Cristo, hicieron su Eucaristía, el alimento espiritual, la comida sagrada, la comida de la unidad y de la paz. ¿No se les hubiera antojado a mis amigos estar sentados también en la rivera del lago a comulgar con Cristo? ¿Y qué diferencia hay con nuestras eucaristías dominicales donde también se nos da el Pan y el Vino que son la misma presencia del Señor? ¿Porqué unos cristianos reconocen como el discípulo amado: “Es el Señor” y otros se quedan sentados, indiferentes, insensibles y fríos, cuando el sacerdote invita a todos a participar el banquete del Cordero inmolado en la cruz pero que ahora se ofrece vivo y radiante para salvación de todos?

Cuando acabaron de almorzar, Cristo apartó un poco a Pedro de entre los otros “muchachos”, pero no tan lejos como para que no se enteraran de la trascendencia de la conversación con aquél que al que dejaría como cabeza de su naciente Iglesia, precisamente a Pedro. Fue un triple interrogatorio, que para Pedro tenía profundas implicaciones y recuerdos, pues ya prisionero su Maestro, él lo negó cobardemente por tres ocasiones. Ahora Jesús lo interrogó seriamente y por tres veces: “¿Pedro, me amas?” cada vez Pedro fue ahondando en lo que Cristo pedía de él, y cuando éste, ya convencido del amor de Pedro, de su entrega y de su generosidad, habiendo querido oírlo de labios del mismo Pedro, le confió el cuidado de los suyos: “Apacienta a mis corderos… pastorea mis ovejas…apacienta mis ovejas”.

De esta manera, muy a la usanza de las costumbres judías, Cristo le entregó a Pedro la potestad, el poder, la dignidad de CONDUCIR A LOS SUYOS EN EL AMOR, a la casa del Buen Padre Dios, constituyendo de esta manera a su Iglesia en la que todos los cristianos somos responsables de que la barca de Pedro vaya caminando por los senderos de este mundo, aunque con incomprensiones y oleajes en contra.

Todos entonces somos responsables de cuidar y defender con todas las fuerzas a los CORDERITOS que están por nacer, los que no pueden defenderse, aquellos para los que los legisladores de muchos lugares del mundo están decretando muerte segura al dar plenos poderes a las mujeres para que ahoguen y condenen a las tinieblas a los hijos a los que se les negó la luz de este mundo por razones absurdas, tontas y tremendamente irresponsables. Todos responsables de las OVEJITAS que han puesto a nuestro cuidado, en la Iglesia, en el mundo y sobre todo en los hogares, velando también por aquellas ovejitas envejecidas y que se resisten a morir cuando los hombres lo determinen aunque sea con una “muerte dulce y placentera”, pero no para ellas, sino para los familiares que quieren deshacerse pronto y de la manera más rápida de los ancianitos y enfermos incurables. Todos responsables de las OVEJAS DESCARRIADAS, que también las hay, y a montones que se llegan a convertirse en lobos feroces y en OVEJAS NEGRAS. Pero creo que sobre todo, tendremos que ser muy cuidadosos de aquellas ovejas que están en el frío, en la oscuridad y en el silencio, porque AÚN NO CONOCEN A CRISTO el Buen Pastor, el Pastor de todas las ovejas, hasta que todos los hombres seamos el único rebaño de Cristo, quien dio su vida y su sangre por todos los hombres.