La tibieza de los creyentes ante la muerte del inocente vuelve a repetirse

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DOMINGO DE RAMOS 07

A una semana de la Semana “Santa”, en que celebramos ese misterio insondable de un Hijo de Dios que muere inocente a todas luces en lo alto de una cruz, la tibieza de los creyentes causa que los inocentes nuevamente sean condenados, diariamente en toda la superficie de la tierra. A Cristo no lo condenaron los malos, lo condenaron los buenos, los tibios, los que habiendo sido testigo de la bondad, dulzura y la limpieza que irradiaba Jesús por los caminos de Israel, al final lo dejaron solo y abandonado a su triste suerte.

Los tibios cristianos siguen dejando morir a los inocentes y no son capaces de meter la mano y arriesgar un solo pelo para defenderles. ¿Quieres un ejemplo? Precisamente el domingo pasado, en la Ciudad de México y en otras ciudades de la República Mexicana , se convocó a una marcha en pro de la vida y en oposición a la ley que se está gestando en la cámara de diputados de la misma ciudad y que puede extenderse a toda nuestra Patria. Se realizó, pero con una asistencia raquítica que logró oír al Cardenal Rivera clamar contra los legisladores sin conciencia moral que tienen a punto descargar la espada mortal a niños no nacidos. Se señala el tiempo de 14 semanas de concebida la criatura, para que la mujer pueda libremente y sin alegar ningún concepto, pedir ayuda para abortar. Y parece que el mismo día, un derrotado candidato a la presidencia de la república, a unos pasos de la Catedral, encabezaba una manifestación política de miles y miles de seguidores, en plena plaza de la República.

¿No es para dar vergüenza? Con razón a Cristo lo mataron, pues no metieron la mano para defenderlo ni siquiera los mismos apóstoles, los que habían sido llamados por él para “¡acompañarle y estar con él!”. Si eso hicieron los más cercanos, qué podía esperarse de los que un domingo gritaban: “Hosanna, Hosanna, bendito del que viene en el nombre del Señor” y el siguiente viernes volvían a gritar pero ahora: “Crucifíquenlo, crucifíquenlo”, sin esperar para haber gritado al sábado siguiente: “Aleluya, Aleluya, el Señor ha resucitado, Aleluya, Aleluya” ¡Qué gran tibieza la de sus seguidores!

En esta semana es tan especial que comenzamos hoy, , que no tendríamos nada que hacer sino quedarnos contemplando el misterio de un Dios que se hace carne, que se hace débil, que se hace pecado, para salvarnos a todos. Los que no lo hagan, ya tendrán su merecido. Me imagino a miles o mejor a millones de vacacionistas apretujados, incómodos y maltratados en las playas y otros lugares de descanso, con gasolineras, casetas de cobro, restoranes, hoteles, bares, “antros” y playas congestionadas, que me hacen sentir compasión de quienes van a vivir ese calvario, porque no tuvieron otra semana para dedicarlos al descanso y a la vacación más que la misma semana de la Pasión, muerte y Resurrección de Cristo.

Para que mis lectores saquen provecho de la celebración Eucarística de este domingo de Ramos y de la misma semana santa, quiero entresacar detalles esenciales en la descripción de Lucas en su presentación evangélica.

Primero, tenemos que destacar que la Pasión de Cristo está orientada a contemplar y adorar el AMOR de Dios Padre hacia su Hijo Jesucristo y a todos los mortales. Este buen Padre Dios tuvo muy mala fama en los tiempos del Antiguo testamento, pero malamente porque hay rasgos sublimes que nos hablan de su amor a todos los hombres, que se descubre plenamente cuando deja morir a su Hijo, aceptando el ofrecimiento de su vida, en rescate por todos los pecados de los hombres.

Segundo, en la Pasión de Cristo también descubrimos el AMOR encantador y misericordioso manifestado por él desde lo alto de la cruz, que con su entrega, lava los pecados de todos los hombres y consigue la salvación casi para todos éstos. De su perdón alcanza hasta Pilatos que intenta salvarlo hasta por tres, veces, Pedro que lo había negado otras tantas, los judíos a los que hasta disculpa: “Perdónales, porque no saben lo que hacen…”, el buen ladrón que le suplica desde su propia cruz un lugarcito en su reino, y hasta el mismo centurión, que a última hora consigue su arrepentimiento y declara, precisamente él, un pagano, su creencia en la divinidad de Jesús.

Tercero, ese AMOR y ese PERDÓN que Cristo conquista para todos los hombres, radica en la particularísima comunión de Cristo con su Padre Dios que le consuela y lo sostiene en momentos importantes de su vida, a veces con teofanías o presentaciones diríamos “personales” como después del bautismo de Cristo, o a través de los ángeles, como aquel que consoló a Jesús en aquella hora amarguísima de la oración en el huerto de Getsemaní, poco antes de entregarse voluntariamente en manos de sus enemigos. Se nota una gran confianza de Cristo en su Padre, manifestada claramente en aquellos fervientes y constantes momentos de oración, que se hace patente en la última Cena , y que se manifiesta también en aquél profundísimo grito, su última palabra sobre la tierra, “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, aunque todo indicara que el Padre callaba y callaba trágicamente, lo mismo que sentimos nosotros cuando aparentemente el Padre se vuelva a callar ante nuestras necesidades. Pero el Padre tenía preparado otro destino totalmente diferente al que los hombres fueron fraguando para él: su propia resurrección y su premio en la gloria, elevándolo como Señor y Árbitro de todo el universo.

Finalmente, en cuarto lugar, la pasión de Cristo suscita el seguimiento de Jesús ciertamente hasta la cruz, pero sin detenerse ahí, sino hasta llegar a la gloria y la resurrección de todo seguidor suyo. La cruz de Jesús no inspira simplemente compasión, porque no es simplemente un hombre, sino el Hijo de Dios crucificado, y tampoco debe suscitar simplemente interés por verle, como Herodes, sino UNA INVITACIÓN A SEGUIRLE. Cristo no fue muy diplomático en sus palabras hacia los que se le acercaban y a los que él llamaba: El prometía una cruz, un sufrimiento y exigía un seguimiento total, pero también prometía una salvación que no era “para la otra vida” como erróneamente hemos creído, sino una salvación que se hace presente HOY, según lo proclamamos cada vez que nos reunimos para la Eucaristía: ¡PROCLAMAMOS TU MUERTE Y ANUNCIAMOS TU RESURRECIÓN, VEN, SEÑOR JESUS!


¿Cómo viviremos entonces esta Semana Santa y nuestro seguimiento a Cristo Jesús?