El gran rompecabezas de Dios en el mundo
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
DDOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA DEL 2007
Los rompecabezas son pasatiempos que tienen que resolverse juntando pieza a pieza hasta formar una figura determinada. Los hay para niños, muy sencillos y los hay para adultos, con miles de piezas con bastante grado de dificultad para resolverse. Y me imagino que como hombres, tenemos mucha dificultad para entender y armar este gran rompecabezas que es nuestro mundo y el asunto serio de nuestra salvación. No entendemos los planes divinos, pero sí le echamos la culpa a Dios de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Precisamente un día le plantearon a Cristo un asunto difícil, y él les añadió otro para llevarlos no a la respuesta que ellos querían sino al asunto verdaderamente importante de la propia salvación.
Quiero intentar poner “al día” el texto de San Lucas en su capítulo 13 con ejemplos arrancados del mundo en el que estamos viviendo, para caer en la respuesta acertada de Cristo Jesús. Así comenzamos: “En una ocasión algunos hombres fueron a ver a Jesús y le contaron que en una aldea llamada Acteal, del Estado de Chiapas, en México, un grupo de campesinos e indígenas, mientras asistían a un grupo de oración, fueron acribillados cobardemente, sin aparente razón, y que en el acto murieron varios de ellos, entre los cuales se encontraban mujeres y niños. Jesús les hizo este comentario: ¿Piensan ustedes que esos indígenas, porque les ocurrió eso, eran más pecadores que los demás hombres? Ciertamente que no, y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante. Y podríamos imaginarnos que Cristo les dijo a continuación: “¿Y no han pensado que esas gentes que murieron por miles, en aquel terrible tsunami de hace algunos años, eran más culpables que todos los demás habitantes de la tierra? Y él mismo les dio la respuesta: “Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante”. Aquellos hombres iban con la idea de que Cristo se definiera sobre los planes de Dios sobre los hombres, pero Jesús los llevó al terreno personal, e hizo hincapié en la necesidad de CONVERSIÓN para verse libres de condenación. Y en la mente de Cristo no estaba precisamente infundir miedo en sus oyentes, sino dejar aclarado hasta el exceso que Dios no es el ogro ni el policía, ni el persecutor, sino el que da la oportunidad de SALVACIÓN, el Dios que sabe esperar y esperar, hasta el último momento, como el novio que tiene un verdadero amor a su novia, y la espera en la esquina o a la puerta de su casa, resistiendo fríos tremendos, heladas, lluvias, tolvaneras, todo lo que pueda ocurrirle, con tal de estar con su amada y gozar de su presencia. Dios no tiene prisa en castigar, no le gustan los castigos, no quiere castigar, de hecho es el hombre mismo el que se echa la soga al cuello, muy a pesar del gran amor que Dios brinda al hombre hasta su último momento.
Es de ese Dios lleno de misericordia y bondad, del que nos habla el libro del Éxodo, que cuando pedía a Moisés que le ayudara a salvar a su pueblo de la mano de los Egipcios, describe su compasión por ellos: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores y conozco bien sus sufrimientos. He descendido para librar a mi pueblo de la opresión de los egipcios, para sacarlos de aquellas tierras y llevarlos a una tierra buena y espaciosa, una tierra que mana leche y miel”. ¿Verdad que es a veces aberrante la visión que tenemos de Dios en el A.T? ¿No será el momento de sentir nosotros lo mismo, “he visto la opresión de mi pueblo… he descendido para librarlo de la opresión…”. ¿No será el momento de comenzar a dar pasos firmes y certeros para librar a tantos hombres que viven oprimidos por el analfabetismo, a los más pequeños y desprovistos de nuestra sociedad, a los indígenas, los desempleados, los niños de la calle, los que viven la tremenda opresión de la droga, los que han caído culpable o inculpablemente en el sida, o que viven esclavos de los que regentean el mundo de las drogas y los estupefacientes? Esperamos que Dios tenga compasión y meta la mano para resolvernos esas tremendas dificultades ¿y nosotros no queremos comprometer un solo pelo de nuestra cabeza? ¿Aún no acabamos de entender que el mismo Dios del A. T. es el mismo que en labios de Cristo clama por los pobres, los necesitados, los que sufren y los que son oprimidos?... Porque tuve hambre, fui pobre, estuve desnudo, estuve sin techo y sin trabajo… ¡Y tú me socorriste!
Por eso a continuación, insistiendo en la realidad del Dios compasivo y misericordioso, Cristo les dijo una parábola a los hombres que le llevaban la embajada: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña, fue a buscar higos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: Mira, durante tres años seguidos he venido a buscar higos de esta higuera y no los he encontrado. Córtala. ¿Para qué ocupa la tierra inútilmente?” El viñador le contestó: “Señor, déjala todavía este año: voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré”.
Llegados a este punto, podríamos seguir suponiendo que los accidentes y desastres naturales de todos los días, las guerras y los actos de violencia que vemos a diario son la forma con que Dios condena nuestros pecados, y no la más tremenda consecuencia de la libertad que Dios ha entregado especialmente a los seres humanos. Todavía podríamos entretenernos tontamente en preguntarnos quién es dueño, quién es el viñador, etc. Pero en el fondo vamos a caer en la cuenta que cada uno de nosotros somos esa higuera de la cuál Dios está esperando frutos porque nos ama. ¿Y seremos tan tontos de no comenzar ya esa labor que nos debería ocupar el resto de nuestras vidas y ser encontrados digno de entrar a la presencia del Señor, para gozar en su regazo el formidable regalo de nuestra salvación? Eso es lo que puede ser este tiempo de cuaresma para cada uno de nosotros, el tiempo de la conversión, el tiempo de gracia, de misericordia, de espera, el tiempo y el momento de nuestra propia salvación.