¿El demonio conoce mejor las escrituras que muchos católicos?

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA 07

Ahora que comenzamos la Cuaresma de los cristianos, y cuando la Iglesia nos presenta como inicio esa narración siempre nueva y estrujante de las tentaciones de Cristo en el desierto, se me ha ocurrido pensar si el Demonio conoce mejor las Escrituras Santas que muchos católicos a quienes les obsequian el Nuevo Testamento el día de su primera comunión y su Biblia el día de su boda pero que los dejan como cosas inservibles, para adornar el alhajero lleno de cosas bonitas pero inútiles. Y la respuesta de primera mano es que sí, pues el demonio pudo citar con propiedad la Escritura delante de Cristo para conseguir sus intentos de apartarlo de la misión de Salvación que el Padre le había encomendado. Ahora que los gobiernos aprueban todo lo que antes era inimaginable, no me sorprendería de encontrarme algún día en los grandes diarios del mundo: “Una universidad ha otorgado el doctorado “honoris causa” al demonio, por su valiosa contribución a conseguir la autonomía total para el hombre y sus instituciones, librándolos de una ingerencia indeseada de Dios en las cosas de los hombres”.

Pero cuando examinamos más de cerca las palabras del demonio en la triple tentación del desierto, nos damos cuenta que fue un teólogo “chafa”, de pacotilla, que ni consiguió sus intentos y en cambio fue derrotado estrepitosamente en su propio terreno, el desierto, por Cristo que sí conocía la Escritura y tenía una visón clara, precisa, de Dios porque él era su Hijo y conocía perfectamente su misión.

Yo invito a mis amigos a meternos hoy a un desierto interior, acompañando a Cristo en su oración, en su sacrificio y en su entrega a la voluntad de Dios, conducidos sabiamente por el Evangelista San Lucas en su capítulo cuarto.

Lucas comienza dejando bien claro que fue el Espíritu Santo el que condujo a Cristo al desierto para ser tentado, y tenemos que aclarar que aunque aquí se citan tres tentaciones, bien es verdad que todas las etapas de la vida pública de Jesús estuvieron marcadas por las tentaciones de los hombres, desde los que pedían pan y más pan y querían declararlo rey del pan, hasta los apóstoles, Pedro en concreto que quería librarlo en su destino trágico en lo alto de la cruz, como aquellas voces que viéndolo ya clavado en la cruz y abandonado de todos le gritaban: Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz, muéstranos que eres poderoso, para que todos creamos en ti.

Tenemos que aclarar también que el desierto siempre ha significado un lugar de soledad, de retiro, donde el hombre se siente impotente ante la naturaleza, ante las arenas candentes, o las colinas pelonas y agrestes que dañan la vista, que hacen que los pies se desplacen sin dejar huella, que hacen que las manos se vuelvan inútiles, porque no hay nada que hacer ahí, que hacen que el hombre no pueda edificar casa sino acaso una tienda de campaña, donde los oídos se vuelven inútiles porque nada se puede oír ahí y donde la lengua también pierde su sentido, porque nadie te oirá en aquel silencio sepulcral. A este lugar fue llevado Cristo, pero no permaneció estático, sino en un retiro itinerante, como fue la marcha del pueblo hebreo de la tierra de esclavitud hasta la tierra prometida a los antiguos padres. Y su retiro parece que termina en Jerusalén, lugar donde él, al final de su misión, encontraría la muerte, en continuación de los profetas que fueron masacrados por el pueblo al que trataban de salvar.

Ya estamos situados y aparece de pronto el demonio, al final del ayuno y la oración de los cuarenta días, que se acerca ufano y con aires de retador a Cristo Jesús: Si eres el Hijo de Dios, y ya que tienes hambre, pues tu ayuno ha sido duro, ¿por qué no haces que estas piedras que se conviertan en panes? Esa fue la tentación de Adán y Eva, que comieron el alimento que el demonio les daba, habiéndolos motivado por la exquisitez de su apariencia. Y es la tentación del hombre de hoy, que pretende manejar su vida a base de puro pan, de sensaciones nuevas cada día, de objetos que él se inventa para pensar que está en el camino de la felicidad, y que cuando sea posible tenerlo todo, habrá llegado al culmen de su vida. Es necesario que Cristo venga de nueva cuenta a decirnos que efectivamente “no solo de pan vive el hombre” y al que confíe en él, él mismo se convertirá a su tiempo en el Pan, en el pan milagroso que puede repartirse cada día cuando los cristianos se reúnan para mostrar su confianza en el Señor.

El demonio no se da por vencido, e insiste con Cristo cuando lo lleva a un monte elevado donde le muestra los reinos, la riqueza del mundo, y se hace pasar como el dueño de todo y quien puede disponer de ellos: “Todo esto será tuyo si te postras y me adoras”. Pienso que este momento el demonio perdió el control de sus palabras, porque ni el mundo le pertenece ni puede disponer de él a su antojo. No podemos pensar que el demonio haya procedido con ingenuidad y que fácilmente hubiera conseguido de Cristo un asentimiento. Hoy la tentación del poder se presenta como la gran tentación de los hombres, en cualquier latitud del mundo y en todas las circunstancias. ¿Quién no se ha mostrado seducido por el poder, ya desde la propia familia, o en la escuela, en el trabajo, en la política, en la economía, en los espectáculos, en el ejército, en los sindicatos e incluso dentro de la misma Iglesia ? Si nosotros le damos poder al demonio, entonces sí estaremos cayendo en sus garras, y si podemos tener el dominio del mundo, legítimamente, como lo tenía Adán en los primeros tiempos, ¿porqué recibir el poder no de Dios sino del demonio mismo? Tenemos que volver a escuchar tajantemente a Cristo que afirmó: “Adorarás el Señor tu Dios y a él solo servirás”.

Finalmente el demonio lleva a Cristo a Jerusalén a la parte más alta del templo y le pide: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí”, pues tu Padre Dios mandará a sus ángeles que te reciban, muéstrales a las gentes que Dios está de tu lado y te ayuda a que vendas tu producto sin tener que sufrir. Alíate con el poder y todo será sencillo para ti. Es la demostración que todos queremos, un Dios a nuestro servicio pero que no nos pida nada a cambio. Es la tentación de aliar Iglesia y fe con el poder de los hombres, pero el resultado ya se adivina. Lo dice el que fue Cardenal Rátzinger: “El precio que se paga por mezclar la fe con el poder político consiste en definitiva en que siempre la fe entra al servicio del poder y tiene que someterse a sus criterios”. No podemos dejar de escuchar a Cristo que dice: “No tentarás al Señor tu Dios”.

No me quedan sino unos cuántos renglones para instar a mis amigos a que nos decidamos por la vida, por el amor, por el poder de Dios. Que podamos construir nuestras vidas no al margen de su amor, de su Espíritu Santo, sino teniéndolo a él como compañero, en comunión, en alianza, confiados en él, encomendados a él, siguiendo sus caminos, la cruz de Cristo y también su Resurrección.