¿Cuál es el codigo de barras del perdón a los enemigos?

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DOMINGO 07 ORDINARIO 07

Recién apenas me he enterado de la utilidad del código de barras, una clave a base de barras verticales de distinto grosor y distinta distancia que hoy es imprescindible para los fabricantes y los comerciantes de cualquier producto que tú adquieras en cualquier lugar del mundo. Con esa clave, se puede saber dónde se ha fabricado el producto, su calidad, la cantidad existente en la fábrica o en la tienda y cualquier otro detalle importante para los comerciantes.

Y me he puesto a pensar, si podríamos descifrar la clave del amor a los enemigos que Cristo pide a sus seguidores; si algún escáner o buscador daría con la clave para saber el origen del bien que Cristo quiere que hagamos a los que nos aborrecen, y si podríamos dar con la clave de la bendición que Cristo quiere que le demos a los que nos maldicen y si podríamos incluso descifrar el origen de la oración que Cristo desea para los que nos difaman.

Y el escáner propio para descifrar esos deseos profundos de Cristo, puestos a continuación de las bienaventuranzas que nos ha traído el evangelista Lucas, lo encontramos en la presencia del Espíritu Santo de Dios: Es la misericordia del Buen Padre Dios, que hace salir su sol sobre los justos y los injustos, y “es bueno hasta con los malos y los ingratos”. Es el Dios que no se muestra enojado cuando los hombres le matan a su Hijo Jesucristo enviado para poner en paz sus corazones: “La prueba de que Dios nos ama está en que Cristo murió por nosotros, cuando aún éramos pecadores”, según nos dice San Pablo en su Carta a los Romanos, frase que San Juan volverá a tomar para decirnos que “El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados”.

Si tenemos a la vista a Jesús que en lo alto de la cruz no solo perdona a sus enemigos, él que nunca tuvo enemigos, sino que pide por ellos e incluso los justifica: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”, entonces no tendremos empacho en recibirlas en la fe, como recomendaciones para sus seguidores, recomendaciones que a él le llevaron a dar su propia vida. Nos parecerán muy duras, fuera de contexto, bella utopía, simple retórica de belleza poética, irreal, exageración que no hay que entender al pie de la letra, simples fantasías, palabras que no pueden ser tomadas en serio, pero que constituyen el centro, la médula del proceder de Cristo y que son la clave para la convivencia pacífica y armónica entre los hombres. “Si las siguiéramos, todo sería distinto entre nosotros, en la familia, en el trabajo, en el deporte, en las fiestas, en la política, en las manifestaciones en las calles y la sociedad en general cambiaría: viviríamos en paz, en unidad en armonía, sobre bases sólidas de justicia y fraternidad” Mons. Felipe Arizmendi.

La frase entera, que estamos sometiendo al escáner las tenemos que oír en el silencio del corazón, y con aceptación en la fe: “¡Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a los que los maldicen, y oren por los que los difaman!”. Qué dureza en las palabras de Cristo, ¿no es verdad? ¿Quién puede amar al que te dejó sin casa porque no pudiste con los intereses porque necesitabas con urgencia para operar a tu mujer? ¿Cómo hacer el bien a los que propalaron falsos informes que te dejaron sin trabajo y sin recursos? ¿Cómo bendecir al que juró hacer suya a tu hija que tanto querías y que no terminó hasta no lograr su intento sólo para dejarla abandonada en medio de la calle? Y ¿cómo orar por la que se llevó a tu marido dejándote con cinco hijos en una edad en que necesitan para todo de su padre? Pero si Cristo lo pudo hacer, nosotros tendríamos que hacer otro tanto, para no caer en la amarga queja de Gandhi: “Cuando leo el Evangelio, me siento cristiano, pero cuando os veo a los cristianos hacer la guerra, oprimir a los pueblos colonizados, beber alcohol, fumar opio… me doy cuenta de que no vivís de acuerdo al Evangelio…”.

Cierto, que se necesita fe para proceder del tal manera, de otra forma sería imposible, aunque nos encontremos ejemplos aún fuera de nuestro cristianismo, que nos hacen pensar en la seriedad de las palabras de Cristo. Para insistir en el mismo Gandhi el profeta del amor como inspiración de las actitudes vitales del ser humano, de la no-violencia activa, de la desobediencia civil, que vio truncada su vida por un fundamentalista hindú. Su nieta afirmó que sus últimas palabras fueron Ram, Ram, Dios mío, Dios mío, y que, antes de expirar, levantó su mano derecha a la altura de su rostro, gesto que sus seguidores interpretaron como el perdón para su asesino.

Nosotros tenemos que ser más que Gandhi, al decir del mismo Cristo: “Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman sólo a los que los aman, ¿Qué hacen de extraordinario? También los pecadores aman a los que los aman. Si hacen el bien sólo a los que les hacen el bien, ¿Qué tiene de extraordinario? Lo mismo hacen los pecadores. Si prestan solamente cuando esperan cobrar, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a otros pecadores, con la intención de cobrárselo después”.

Y por si nos cupiera duda o no nos hubiera entrado en nuestra dura cabeza, Cristo vuelve a insistir: “Ustedes en cambio, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar recompensa. Así TENDRÁN UN GRAN PREMIO Y SERÁN HIJOS DEL ALTÍSIMO, PORQUE ÉL ES BUENO HASTA CON LOS MALOS Y LOS INGRATOS”.

Y hay una frase final de Cristo en el texto que nos ha ocupado que es profundamente esperanzador aunque conserve su altísimo grado de dificultad: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso”. Y la recompensa viene con una semejanza de lo que ocurría hace muchos años, cuando aún no existían las bolsas de plástico que ahora nos están asfixiando en todas partes, cuando no había la leche “de cartón”, las señoras iban por un “cuarterón” de maíz, una medida cúbica, que era vaciada directamente del costal, de manera que cuando había buena voluntad o simpatía por la “marchante”, el comerciante cernía un poco la medida, de manera que le cupiera un poquito más de maíz. Ojala que así nos trate nuestro Buen Padre Dios, que nos de una buena cernida, para que podamos entrar en el Reino de los cielos, habiendo usado nosotros de esa misma medida con nuestros propios hermanos.