¿La Iglesia vive las bienaventuranzas o es una caricatura de ellas?

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Domingo 07 ordinario 07

Tengo 37 años de sacerdocio, y cada vez que tengo que tocar el mensaje de las bienaventuranzas me entra un miedo y un sobresalto que aún en este momento estoy sintiendo, porque las bienaventuranzas de Cristo no son para ser contadas sino para ser vividas, y si somos concientes de lo que Lucas nos transmite en su Evangelio, más que hacerme acreedor del premio a los bienaventurados, a lo mejor soy merecedor de los “¡Ay!” de Cristo para los que hacen caso omiso de su mensaje. Cuando tengo frente a mí el mensaje de las bienaventuranzas, inmediatamente me viene la pregunta de si yo y mis hermanos sacerdotes, y mis padres obispos y cardenales vivimos según ese mismo espíritu, pero no me atrevo a juzgarlos a ellos. Del Papa no tengo ninguna duda, porque nos han tocado unos Papas encantadores en el siglo pasado y en el presente. Todos nos damos cuenta del medio en que se mueven los Papas, entre grandes tesoros artísticos y culturales, entre los grandes personajes de este mundo, entre gentes de la cultura, de la economía, de los medios de comunicación social, entre los grandes estadistas, pero al fin y al cabo, cuando mueren, nada se llevan, nada heredan, salvo la vida y la espiritualidad que esos últimos Papas nos han transmitido. Pero si somos sinceros, las críticas que en todos los tiempos le han llovido a la Iglesia, no son precisamente por sus virtudes, que las tiene, y muchas, sino por la vida de los que estamos tras del altar.

Hablar de las bienaventuranzas, no es pedirle a la gente que sea pobre, sino es apuntar a nosotros mismos para recordarnos que el Cristo pobre, humillado y sufriente nos invita a llevar la vida que él llevó. Por eso me atrevo con temor y temblor a intentar una nueva incursión en el mensaje evangélico de San Lucas en su capítulo sexto, invitando a mis lectores a que tomen en sus manos el texto mismo y saquen sus propias conclusiones.

Lucas comienza presentándonos a un Cristo lleno de vida, en las comarcas del lago de Galilea. Se ha pasado la noche en oración, en la montaña. La montaña es el lugar habitual de oración de Jesús en los grandes momentos de su vida. Es el lugar para el encuentro con su Padre Dios. Después de aquella larga noche, comienza a elegir a sus apóstoles, los que le acompañarán hasta el final de su vida, para que estuvieran con él y para enviarlos a ser continuadores de su obra. Cuando tiene completo el número de los elegidos entre gente buena, gente de campo, pescadores y artesanos, baja con ellos a la llanura, para encontrarse nuevamente con las gentes, con los humildes, los sencillos, donde se encontraban muchos pobres, que sentían en carne propia la realidad de sus explotadores que no acababan de vivir según el proyecto de vida de Dios sobre su pueblo. Entonces, mirando a la multitud, pero muy en concreto a sus discípulos, Cristo abre su boca: “DICHOSOS USTEDES LOS QUE TIENEN HAMBRE, DICHOSOS USTEDES LOS QUE AHORA LLORAN, DICHOSOS USTEDES LOS QUE LOS HOMBRES ABORRECEN Y EXPULSAN DE ENTRE ELLOS POR CAUSA MÍA, PERO SOBRE TODOS Y EN PRIMER LUGAR, DICHOSOS USTEDES LOS POBRES”. Y a continuación, Cristo les da la razón: “PORQUE DE USTEDES ES EL REINO DE DIOS”. Esto está en consonancia con lo que había dicho hacía poco en su tierra, en Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí… y me ha enviado a evangelizar a los pobres…”.

Cristo mismo no está hablando de la boca para afuera, sino desde su misma condición de pobre, de desposeído, de ninguneado por los poderosos de este mundo. Para poder entender las bienaventuranzas hay que comenzar a vivir según su espíritu.

Evangelizar a los pobres, si, …ya imagino a los católicos el próximo domingo oyendo atentos el mensaje, las bienaventuranzas… pero… ¿Quién no ha soñado con ser rico, que se te abran todas las puertas ... quién no ha admirado a los ricos queriendo parecerse a ellos, a los que ríen, a los que gozan, a los que mandan? ¿No nos están bombardeando los medios de comunicación a comprar, a tener, cómo símbolo de felicidad y no hemos puesto en la escala de valores de la actualidad los deportes, la música, la ciencia la tecnología, la literatura, la medicina e incluso el crimen o cualquier otra cosa que haga destacar al hombre, para llamar la atención, para salir en la tele o en los periódicos? Y ¿No nos hemos preguntado lo que podríamos hacer si nos sacáramos la lotería o recibiéramos una herencia inesperada? ¿No sería para comprar lo que llena las aspiraciones de mucha gente, y luego desprenderte de las personas que te han agobiado y después tener la sensación de que ya no necesitas de los demás e incluso de Dios mismo?

Cristo NO quiere la pobreza ni que todos estén llorando, no quiere que todos estén perseguidos, no quiere que todos padezcan hambre... quiere todo lo contrario, la justicia, la igualdad para que no haya gente que viva en la abundancia y gente que carezca de todo.

Nadie tiene la culpa de haber nacido rico, pero ¿tienen la culpa los pobres de haber nacido pobres y seguir siéndolo? Nadie tiene la culpa de haber nacido así, pero sí somos culpables si el mundo sigue siendo así, y sobre todo si tú eres la causa de que los pobres sigan en su insalubridad, en su indigencia y en su miseria. La injusticia de hoy es un crimen que pesa sobre todos, por más que nos amparemos en unas leyes que la toleran, y que defienden al que tiene y al que puede y goza egoístamente de lo que el mundo puede dar.


Recuerdo que en secundaria participé en un curso de fotografía, y era emocionante entrar al cuarto oscuro, poner el papel en contacto con el negativo, meterlo al revelador y luego al fijador para tener una foto bella y precisa que reflejaba nítidamente su negativo. Y así nos imaginamos los creyentes que los pobres pasarán de este mundo a sentirse automáticamente entre los salvados y los ricos achicharrándose por toda la eternidad. No será tan fácil ni automático el pase. Para que el pobre pase a sentarse entre los salvados se requerirá no ser precisamente de los pobres condenados así por la sociedad y por el mundo, sino el que por haber aceptado a Cristo, termine siendo pobre y acabe sufriendo, porque el amor que debía existir entre todos los hombres no era una realidad; y acabe llorando, teniendo misericordia, trabajando por la paz, siendo limpio de corazón, pasando hambre y sed de justicia.

¿Es esta la imagen que damos los cristianos? ¿Es lo que ofrecemos al mundo de hoy? ¿Seremos capaces de comprometernos a favor de la justicia que libere a tantos hombres y niños de la pobreza, la insalubridad y la falta de dignidad? ¿Y seremos capaces de comprometernos por la libertad de tantos hombres y mujeres que tienen que emigrar dolorosamente por el mundo porque no logran desatarse de la pobreza y de la injusticia que los oprime en sus propios países?