Cosas de pescadores y de redes de amor
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Domingo 05 ordinario 07
“Al comienzo del nuevo milenio, mientras, se cierra el Gran Jubileo en el que hemos celebrado los dos mil años del nacimiento de Jesús y se abre para la Iglesia una nueva etapa de su camino, resuenan en nuestro corazón las palabras con las que un día Jesús, después de haber hablado a la muchedumbre desde la barca de Simón, invitó al Apóstol a “remar mar adentro” para pescar: Duc in altum. Pedro y los primeros compañeros confiaron en la palabra de Cristo y echaron las redes. “Y habiéndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces”. "¡Duc in altum!”. Esta palabra resuena también hoy para nosotros y nos invita a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro: “Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre”. Las PALABRAS CITADAS, son DEL GRAN JUAN PABLO II en su documento “Al comienzo del Nuevo Milenio”, y vienen perfectamente a introducirnos en el anuncio de hoy”.
Vayamos pues, al interior del mensaje que Lucas nos transmite hoy en su capítulo quinto. Ahí nos vamos a encontrar a un Cristo que habiendo dejado atrás por última vez su pobladito de Nazaret y el gran fracaso de su misión salvadora frente a los que él más amaba en su corazón, se mete de lleno entre aquella gente buena en las riveras del lago de Galilea. Su palabra corrió como reguero de pólvora entre las gentes sencillas, agricultores, campesinos, pescadores, artesanos que se arremolinaban para estar cerca de Jesús y escuchar su mensaje, y también para ser curados de sus enfermedades. Se siente a un Cristo lleno de vida, radiante, luminoso, cálido, acogedor. Y las gentes le responden. Se le entregan. Al grado que un día, son tantas las gentes que han salido a buscarle, que tiene que usar una estrategia para hacerse oír, para que su palabra llegue a sus oyentes, y sin duda alguna para protegerse de la multitud que le impedía caminar: viendo que unos pescadores estaban lavando sus redes en la orilla del lago le pide a uno de ellos, precisamente a quién llegará a ser Simón Pedro, que le preste su barca, para que sentado en ella, la brisa pueda llevar fresca su palabra a la multitud.
Cuando consideró que era bastante con lo que les había dicho a las multitudes, habiéndolas despedido, y viendo que aún seguían pendientes, sin retirarse, tuvo que usar otra estrategia, simplemente se alejó de la costa y le pidió a Pedro: “Lleva la barca mar adentro y echen las redes para pescar”.
Y aquí viene el punto focal del acontecimiento narrado por Lucas. Pedro era un experimentado pescador desde su nacimiento. Conoce de las redes, de las barcas, de la pesca. Siempre había vivido en ese ambiente, conocía, pues, a la perfección su negocio. Por eso le pareció carente de toda lógica lo que Cristo pedía. A nadie nos gusta que alguien extraño venga a decirnos como hacer las cosas que nosotros pretendemos conocer tan bien. Pues Pedro se mostró sorprendido por la petición de Cristo y como era de carácter sanguíneo, seguramente que se sonrojó, al mismo tiempo que se echaba una sonrisita sarcástica, al mismo tiempo que decía: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada…”. Tú serás maestro en eso que les has dicho a las gentes, tú sabrás el mensaje que les has recetado a tus oyentes, pero bien debes saber o mejor, bien me doy cuenta que tú no sabes que la pesca se consigue de noche, nunca de día y mira la hora que es. Sin embargo, como otras muchas gentes, Pedro experimentó la mirada clara, precisa, esperanzadora, autoritaria de Cristo, de manera que no le quedó duda cuando afirmó: “…pero confiado en tu palabra, echaré las redes”.
De manera que en pleno día, la pesca, contra todas las lógicas de Pedro, fue abundantísima, al grado que las redes se rompían, por lo que tuvieron que llamar a otra barca, para jalar entre las dos las redes, pero ni eso fue suficiente, pues las barcas estuvieron a punto de irse a pique por el peso descomunal de la pesca.
Cuando por fin pudieron desembarcar, mayor fue el asombro de los compañeros pescadores y de Pedro mismo. Él, por cierto, era un hombre sencillo, noble, confiado, y tuvo que reconocer que estaba ante algo grandioso, ante un misterio, pues corriendo se acercó a Jesús, se puso a sus plantas y exclamó: “¡Apártate de mí porque soy un pecador!”. Por supuesto que Cristo ni se apartó ni lo dejó nunca más que se apartara, pues reconoció la nobleza de Pedro, y lo invitó a él y a sus compañeros pescadores, Santiago y Juan a seguirle, a dejarlo todo, sus barcas, sus redes, sus zozobras, sus tormentas en medio del lago, sus familias, sus hijos, con las significativas palabras: “No temas, desde ahora serás pescador de hombres”. Ahora serán otras tus preocupaciones, en las que tendrás que ir contra toda lógica, echaras las redes en la oscuridad, en medio de la noche, sin saber a dónde, y mi Padre Dios te dirá por dónde y cuál será el tamaño de la pesca. No serás tú el que decida, sino el Espíritu Santo de Dios el que se atribuirá el fruto de tu trabajo y tú conducirás a los que yo llamaré para conseguir una pesca abundante para el Reino de los cielos. Como hoy, caerás en la cuenta que no fue tu ingenio el que consiguió la pesca abundante que te ha dejado admirado, sino mi Padre que me ha enviado a llevar a todos los hombres a su Reino.
De esta manera estaba Cristo poniendo los cimientos de la Iglesia, servidora del Reino, cuando elige acertadísimamente a sus primeros apóstoles, para que al mismo tiempo que sembraba la semilla de salvación en los corazones de los hombres, ya hubiera quién le ayudara a recoger la abundante cosecha del Reino de amor, de paz, de justicia y de perdón de su Padre Dios.
Y la respuesta de Pedro y de sus compañeros fue generosa, profunda, yo hasta diría que heroica, pues no preguntaron a dónde, cuánto ganarían, no indagaron si tendrían seguro social y prestaciones y vacaciones pagadas, ni a dónde y por cuánto tiempo los alquilaba, sencillamente: “Llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo lo siguieron”.
¿Verdad que fue asombrosa la respuesta de los primeros apóstoles? Y así lo fue también la del resto de los apóstoles, dondequiera que Cristo fue buscándolos y atrayéndolos. Pero ¿Será así la respuesta de nosotros los cristianos ahora que Cristo nos invita a trabajar en su Reino? ¿Nosotros podremos decir como Isaías, después de que fue purificado en sus labios y en su corazón con una tea ardiente: “Aquí estoy yo, Señor, envíame”? O como Pablo, el antiguo perseguidor de Cristo: “¿Qué quieres que yo haga, Señor?”