Los católicos si somos educados
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Cuantas veces estuvo con nosotros en nuestra Patria, México, otras tantas veces estuvo asediado por las multitudes que aclamaban. Desde su primer viaje a nuestra Patria, en aquella clamorosa correría para inaugurar la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Puebla, la imagen de Juan Pablo II fue asociada a México como el país que le dio fama mundial. Él ya era el Papa cuando visitó México poco después de su elección al frente de la Iglesia universal. Pero cuando México se volcó en sus calles, en sus plazas y en sus carreteras para verlo pasar y contemplarlo aunque fuera por unos instantes, el mundo supo que teníamos Papa para rato y que de paso nosotros le habíamos enseñado la mala costumbre de viajar y viajar por todo el mundo. Los políticos y sus familiares y cuantos tuvieron oportunidad, no desecharon la oportunidad de retratarse con él, y aún después de muchos años muestran orgullosos su foto acompañados el inmortal Juan Pablo II. Yo no tuve la dicha de retratarme con el Papa, sino solo con su modelo en el museo de cera de madame Tussaund`s en Londres.
Pero las estadísticas señalan que a pesar del gusto, el cariño y la fe que inspiraba este santo varón, las costumbres del pueblo y de los hombres no cambiaban. Las mujeres seguían buscando los últimos métodos de planificación, los jóvenes seguían buscando como evitar el embarazo y el contagio de enfermedades sexuales con el uso del condón. Los políticos seguían porfiados en conseguir nuevas prebendas para su condición, los comerciantes seguían obstinados en explotar lo más que se pudiera a los sufridos conciudadanos y los medios de comunicación seguían señalando hasta la exageración los yerros de la Iglesia y de los curas de non sancta conducta.
Quiero decir que los católicos somos muy educados, y quisimos mucho al Papa, aunque nos importara un cuerno el mensaje y la buena nueva que él anunciaba aún a costa de su salud y de su propia vida. ¡Somos muy educados, no faltaba más!
No hicimos como los contemporáneos de Jesús, que tuvieron la osadía, los coetáneos de Nazaret, su pueblecito donde había pasado los años de su niñez y su juventud, de pretender despeñarlo, de hacerlo desaparecer porque no toleraban la transparencia de su mensaje.
Pero vayamos poco a poco intentando sacar en claro porqué los más cercanos a su corazón quisieron deshacerse de él. Recordemos que Jesús que ya tenía una muy buena fama en los poblados, los caseríos, los valles, los montes y las orillas del lago de Galilea, y que él deseaba ir al pobladito donde se había criado, donde conocía a las gentes de cara, de nombre y hasta de mañas, para llevarles a ellos, por decir, la primicia de su mensaje y de su salvación. Y un buen día lo pudo lograr, fue recorriendo el callejoncito de acceso a su poblado y en la reunión de oración de la sinagoga local, pudo abrir el texto del Profeta Isaías y aplicárselo a su propia persona: “El Espíritu del Señor está sobre mí, y me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva…”. Y ahí mismo hizo la aplicación correspondiente, que para nosotros es vital, pues constituyó el programa de su vida y la pasión por la que quiso entregar lo más valioso de su propia persona.
El mismo texto evangélico comenta que los ojos de todos los asistentes estaban pendientes de sus palabras y su actitud fue de sorpresa y de aceptación de la salvación que les proponía. Jesús siempre contó con los sencillos, los humildes y los pobres, porque era uno de ellos y se identificó con ellos. Pero uno de los más viejos del poblado comenzó a “sacar la sopa”: “¡Pos éste qué se ha creído, ¿Qué no es éste el hijo de José!? ¿Qué no lo vimos de la mano de su madre acompañándola a la casa de los ricos a lavar la ropa para vivir siempre como pobres? ¿Y ahora nos viene a presumir que sabe muchas cosas y hasta se las da de curandero entre las gentes? ¿Porqué no nos hace aquí una exhibición de lo que hace por otros lugares?”. Y lo que más les hizo rechinar de coraje, fue que en su defensa, Jesús les hizo notar que dado que ningún profeta es recibido en su tierra, él no podría hacer en su pueblo ninguna de las señales que lo autentificarían como un verdadero profeta, al igual que en otras ocasiones Dios había enviado su ayuda a una viuda de fuera del pueblo elegido antes que a otras muchas viudas de su propia comunidad, y que Dios había dado la curación a un leproso a diferencia de muchos leprosos de Israel que no fueron distinguidos con ese privilegio. Esto hizo pues, que sus gentes quisieron echarle mano y despeñarlo, arrojarlo por el desfiladero, pero Cristo se les escapó, pues ni era su hora ni estaba en la ciudad de Jerusalén donde casi todos los que habían sido profetas encontraron la muerte a manos del pueblo cruel.
Esa visita para Cristo fue el preludio y el presagio del final de su propia vida que acabó trágicamente en lo alto de una cruz, acribillado por las clases pudientes que no soportaban ser sorprendidas ni tenían explicación para la cómoda situación de sus vidas, a costa de los pobres, los necesitados y los ignorantes. El Padre Dios les mostraría otra cosa.
Para nosotros hoy, ese rechazo de Cristo por sus coetáneos nos sigue planteando el interrogante: ¿Qué hacemos con su mensaje? ¿Qué hacemos con su amor? ¿Qué hacemos con el fuego ardiente que pone en nuestras manos invitándonos a compartir lo nuestro con los que nada tienen y con los que no tienen ni voz ni voto? ¿Seguiremos pensando que somos cristianos porque traemos una cruz en el pecho aunque no nos importe desgarrar el pecho y la honra del vecino, o porque tenemos una imagen de la última cena en el comedor aunque no nos importe si el vecino y los hijos de la colonia proletaria cercana a la nuestra no tengan que comer, o porque tenemos un crucifico colgado en la recámara aunque eso no nos impida hacer circo maroma y teatro con la mujer al ritmo de la película porno que se exhibe en esa misma recámara? ¿Seguiremos pensando que tus hijos van a seguir siendo cristianos porque los llevaste vestidos de blanco a hacer su primera comunión pero no te permitiste llevar tu alma del mismo color cuando ellos te pedían que comulgaras igual que ellos? ¿Seguiremos teniendo derecho a que los hijos sean buenos y puedan interesarte por ti en tu vejez cuando no les enseñaste a compartir con el vecino ni sus juguetes ni sus útiles escolares ni su torta en la escuela? ¿Y seguiremos teniendo derecho a esperar que nuestros políticos puedan guiar sus pasos y sus gestiones por el bien común de su pueblo cuando en casa nunca nos vimos interesados por lo que pasaba en nuestra propia calle y en nuestra propia colonia y menos en tu propia patria?
¿Verdad que los católicos somos muy educados?