La Epifanía del Señor

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

La magia de los espectáculos, puesta al servicio de las pasiones, nos tiene acostumbrados a espectáculos SOLO PARA HOMBRES y ahora también SOLO PARA MUJERES. No se si entre los espectáculos haya colados o coladas que buscan ahí lo que no han perdido, pero hay una historia que nos han querido hacer pasar SOLO PARA NIÑOS, y en verdad es una historia para hombres y mujeres adultos y muy adultos, por cierto una historia que tiene mucho que decir a los triunfadores, a los que no se conforman con una vida arrastrada, trivial, conformista, y mezquina. Es el mensaje que nosotros conocemos pues, como la Fiesta de los Santos Reyes, relatada por San Mateo en su Evangelio en el capítulo segundo, donde los personajes son unos misteriosos magos venidos del oriente de los que no sabemos nada mas que ese detalle, “llegaron de oriente” y que la tradición cristiana les ha puesto número, color, nombre y hasta realeza. Pero son admirables, porque arrostrando los peligros del camino, corriendo por caminos pedregosos y extraños, afrontando el peligro de salteadores, soportando las inclemencias del frío y del calor vinieron a la gran ciudad de Jerusalén preguntando por un extraño rey que acababa de nacer: “Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque hemos visto surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”.

Es la grandeza de los magos. Conocen desde lejos la estrella y se deciden a seguirla. No me preguntéis, cuál sería esa estrella, si ni los muy estudiosos lo saben. Los cristianos creemos que es un símbolo de la fe que ha guiado a muchos hombres por la vida y que ahora se llama Jesucristo. Es notable en un mundo en donde ya no brillan muchas estrellas, y las que brillan son de oropel, y mueven multitudes, pero que se apagan tan pronto como han surgido. Son las estrellas creadas por Hollywood o por la técnica que hace que una cara bonita y un pelo desgreñado pueda hacerse pasar por un gran cantante o comediante o actor. Aquellos magos iban tras de algo grande y no se equivocaron. Al llegar a Jerusalén se dieron cuenta que nadie sabía del suceso, pero no se arredran ante la dificultad, indagan, preguntan inquieren a las gentes, de manera que la pregunta llega hasta un rey cruel, celoso de su trono, de su gloria, de su poder y de su supremacía. No podía permanecer quieto ante personas desconocidas que van buscando a un rey recién nacido. Era mucho más de lo que podía soportar, y convoca a los sabios, a los entendidos en las Escrituras santas que deducen que el nacimiento del Mesías tendría que ocurrir en Belén de Judá, cerca precisamente de la ciudad de Jerusalén, la capital del reino judío.

Este hecho es notable. Llegar a la ciudad de Jerusalén significó perder de vista la estrella que los había guiado por mucho tiempo durante su camino. Y es la situación de muchos hombres y mujeres que en estas grandes ciudades nuestras, en esta gran “aldea global” han perdido el rumbo, no saben a dónde caminar, no encuentran la luz para sus pasos, y temerosos del futuro matan a los ancianos para que terminen sus sufrimientos y suprimen la vida humana en el seno de la propia mujer, porque ven en cada criatura un peligro para su subsistencia, para su seguridad y para su comodidad que defienden a cualquier precio. Es la paradoja de los hombres de hoy, tal como lo describe muy bien Mons. Arizmendi: “En general, los pobres están más abiertos a la religión y a participar en las celebraciones religiosas; sin embargo, hay pobres orgullos y cerrados al mensaje del Evangelio. Por otra parte, hay ricos y poderosos que solo piensan en conservar y aumentar su poder, son autosuficientes y no están dispuestos a postrarse ante el Señor para adorarlo; pretenden considerarse dioses, que todos les rindan honor y puedan hacer lo que quieran, hasta violentar o eludir las leyes. No se tientan la conciencia, como el cruel Herodes, para asesinar indefensos, sobre todo a quienes aún están en el seno materno. Sin embargo, hay ricos, intelectuales y políticos que no se avergüenzan de profesar su fe, de postrarse ante Dios, reconociéndose pecadores y limitados”.

La pesquisa, el requerimiento de los magos tuvo resultado, como lo hemos dicho más arriba, y se dispusieron a emprender de nuevo el camino, no sin antes recibir la recomendación del cruel Herodes que como viejo zorro quiso aprovechar la ingenuidad de los magos, aunque después ordenara la muerte de los pequeños aldeanos, para suprimir de un tajo la vida de su posible adversario en el trono: “Vayan a averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño y cuando lo encuentren avísenme para que yo también vaya a adorarlo”.

Con gran alborozo de sus corazones, los magos al salir de la gran ciudad, vieron nuevamente en el horizonte la gran estrella que era la compañera de su caminar, hasta que al llegar a Belén se detuvo y precisamente frente a una cueva habitada por una familia de pobres que tenían consigo una criatura encantadora que se le les había dado para bien de todos los pueblos. Increíble que personajes tan grandes se pudieran detenerse ante una criatura y se detuvieran delante de ella para adorarla, igual que les pasa hoy a los hombres, los intelectuales que escriben y alaban la grandeza del hombre pero que no se compadecen de un pequeño que muere de leucemia, o los científicos que descubren cosas nuevas para dar vida y salud al hombre, pero que niegan medicinas a los que no pueden pagar precios altos o los políticos que disponen los bienes que se les han confiado, pero que niegan los servicios más indispensables a los indígenas o a los que no pueden producir al nivel que se desea para mantener el “status” de una nación. Los magos no tuvieron empacho en postrarse ante el Divino Niño y tributarle los regalos que habían guardado celosamente para esa ocasión. Ahí terminó su brillante carrera, ahí concluyó su camino ascendente, su camino de fe, su aceptación maravillosa de un Dios que se hace niño y ahora quiere ser encontrado precisamente en los pobres y en los desarrapados de este mundo.

Mis últimas palabras se las concedo a San Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla, que vivió en el siglo IV pero cuyo mensaje tiene una actualidad encantadora: ¡Dejad, pues, vosotros también, la ciudad sumida en el desorden, dejad al déspota comido por la crueldad, dejad las riquezas del mundo, y venid a Belén, la casa del pan espiritual! Si sois pastores, venid y veréis al niño en el establo. Si sois importantes, (reyes) y no venís, vuestra púrpura no os servirá de nada. Si sois magos, no importa, no es impedimento, con tal de que vengáis a presentar vuestra veneración y no para aplastar al Hijo del Hombre. Acercaos con espanto y alegría, dos sentimientos que no se excluyen.

¡Postrándonos, soltemos lo que retienen nuestras manos! Si tenemos oro, entreguémoslo sin demora, no rehuyamos darlo… unos extranjeros emprendieron un tan largo viaje para contemplar a este niño recién nacido. ¿QUÉ EXCUSA TENÉIS PARA VUESTRA CONDUCTA, VOSOTROS, QUE OS ECHÁIS ATRÁS ANTE EL CORTO CAMINO DE IR A VISITAR AL ENFERMO, AL PRISIONERO, AL MINUSVÁLIDO O AL ANCIANO ABANDONADO? Ellos ofrecieron oro. Vosotros dais pan con harta tacañería. Ellos vieron la estrella y su corazón se llenó de alegría. Vosotros veis a Cristo en una tierra extranjera, desnudo ¿y no os conmueve?”.