La primera procesión Eucarística
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
DOMINGO 04 DE ADVIENTO 2006
La Iglesia acostumbra pasear a Cristo en su Cuerpo Eucarístico con toda solemnidad por las catedrales y por las humildes capillitas, en los templos y en algunas fechas especiales por las calles, rodeado por los rayos dorados de una custodia dorada a la que se le agregaban piedras preciosas en otro tiempo, y se le hace acompañar por todo el clero y los acólitos disponibles, se quema incienso en su honor, y las gentes al paso de Cristo eucarístico lo reciben de rodillas en señal de respeto y de adoración.
Pero la primera procesión eucarística no tuvo nada de especial y no se pareció en nada a las actuales procesiones. María, la Madre del Señor, la Madre de Dios, la Madre de Jesús, llevando en su vientre al mismísimo Hijo de Dios, lo hizo marchar por las montañas de Judea, desde su natal Nazaret, hasta un pobladito a cien kilómetros de distancia, que hoy se identifica como Ain Karim.
La marcha de María fue un recorrido en la pobreza, no había para otros medios, y seguramente fue en burro, acompañada o por su esposo o quizá por sus papás, y pegados a alguna caravana de peregrinos, por temor a los asaltos. No había equipaje, sino alguna muda de ropa. No hubo paradas para contemplar el panorama, ni hubo un guía que explicara los lugares importantes del camino. Su viaje se realizó en la humildad, no quería ser notada, fue un viaje silencioso. Pero hay que destacar que la alegría rodeaba por todas partes a aquella viajera menudita, sencilla y campirana. ¿A dónde iba esa viajera llevando en su seno tan preciosa carga? ¿Cómo pudo en su juventud o mejor en su adolescencia hacer un viaje tan largo y tan lleno de peligros y de sobresaltos? Lo que movía a María, era una visita a otra mujer que también estaba esperando un hijo, pero con la diferencia de que ésta era de edad avanzada y además estéril, pero que en atención a Jesús se le había concedido un hijo para que éste diera a conocer la presencia de Cristo que ya estaría entre los hombres. El texto de San Lucas que nos da a conocer el acontecimiento, es de una belleza encantadora, y de un ritmo, de una armonía y de una movilidad que nos deja asombrados: “María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea y entrando en casa de Zacarías, saludó a Isabel”. Los detalles podemos ponerlos e imaginarlos nosotros. Cansancio, ansiedad por llegar, molestias en el camino, pero al fin, la despedida de los que habían sido sus compañeros de viaje, y luego el encuentro, un encuentro de dos mujeres, representantes, la primera, Isabel, del Antiguo testamento, una mujer anciana y estéril, pero que cree en las promesas del Señor y llega a ser fecunda por la acción poderosa de Dios, y María, símbolo de la nueva Alianza , que es madre fecunda, lleva a Dios en su seno y lo presenta a los que quieran recibirlo, es la Nueva Arca de la Alianza.
“En cuanto Isabel oyó el saludo de María, la criatura saltó en su seno y quedó llena del Espíritu Santo”. Dos mujeres, dos criaturas, que saltan de gozo en sus respectivos vientres. Kart Marx, llegó a decir en su tiempo: “Al cristianismo le podemos perdonar muchas cosas, porque nos ha enseñado a amar a los niños”. ¿Sorprende su palabra, verdad? Pero él se quedó a medio camino, pues estaba hablando de los niños ya nacidos y aquellas dos mujeres nos hablan del amor, del cariño, la dedicación y del respeto sagrado a aquellos seres que aún no había visto la luz, pero que gozaban, como goza cualquier criatura no nacida, de la providencia del amor de Dios porque por él son engendrados y que son ya son sujeto por lo tanto del derecho inalienable a la vida.
“Y levantando Isabel la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿¡Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme!? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.
Esas palabras constituyen en labios de Isabel, otra bienaventuranza que no está incluida entre las que San Mateo nos dejó consignadas en su Evangelio: “Dichosa tú que has creído”. Fue una bienaventuranza y un comentario y una ayuda para la autoestima de María que el ángel no se atrevió a pronunciar cuando le anuncia a María el gozo de su maternidad divina. El ángel, al conocer la presencia del mismísimo Hijo de Dios, aparecido en el seno de María, ya no se atreve a estar un solo instante más, y se aleja después de haber cumplido aquella altísima embajada: anunciar a María la llegada del Salvador y la entrada en acción de la salvación de Dios para todos los hombres. José, el esposo de María, tampoco tuvo la oportunidad de alegrarse, por lo menos en los primeros momentos de la maternidad divina de María. Cuando él se da cuenta de la preñez de su esposa, que no fue fruto de su unión con ella, no sabe a que atribuir esa situación, pero viendo a su esposa tan limpia, tan pura, tan candorosa, tan callada, decide irse y no pedir ni dar explicaciones. El ángel da en sueños la explicación a José y entonces sí se desbordaría su alegría, al haber sido escogido para hacer las veces de padre sobre la tierra, el que era fruto del Espíritu Santo y de María la Madre del Señor.
Qué bueno que Isabel hubiera sacado un pie adelante al ángel Gabriel y a José el Esposo de María, porque nosotros podemos entonces alegrarnos con el fruto de la entraña de María, y comenzar a creer que por Cristo nos llegan los dones, las bendiciones, las caricias, el perdón y la salvación y las delicias de todo un Dios que quiere probar las condiciones no siempre fáciles de los hombres, pero que quiso probar las delicias de tener una Madre sobre la tierra.
María engendró a Cristo en su entraña y eso la convierte en nuestra Madre y en la amiga y en la consejera, en la maestra y en la abogada de todos los hombres, y por eso la amamos, pero hay otra razón más poderosa todavía. María es alabada por los Evangelios, por todas las generaciones, por haber engendrado antes en su espíritu y en su corazón al Hijo de Dios, por haberle creído al Señor, por haber sido obediente hasta la muerte: “Que se cumpla en mí lo que me has dicho”. Cristo mismo, cuando escucha una alabanza, un piropo a su madre que lo llevó en su seno, la alaba y la bendice por ser escuchando la Palabra de Dios, y porque supo ser obediente, fiel y generosa, hasta estar cerca de la cruz de su Hijo en el momento supremo de su vida, cuando éste entrega su vida por la salvación de los hombres.
Esta noche celebraremos la “Noche Buena ” la noche oscura que engendró a la Luz misma, y es el momento de agradecer al Padre el envío de su Hijo Jesucristo, pero es también el momento de agradecer a Dios su bondad de querer nacer de una mujer, María. Y a ella le damos las gracias, por su prontitud, por su generosidad sin límites al haber aceptado en nombre de todos los mortales, convertirse en la Madre de Dios para ponerlo a nuestra disposición. Con tal Madre y con tal redentor, podemos decir entonces desde el fondo de nuestro corazón: Feliz Navidad.