Juan Bautista, un terrorista en la Iglesia
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
DOMINGO 03 DE ADVIENTO 06
La figura recia, varonil, señera, solitaria de Juan el Bautista aparece en este domingo predicando en el desierto, preparando la natividad de Cristo sobre la tierra, el Cristo que es el rostro humano de Dios y el rostro divino de la humanidad.
Aparece, qué curioso, en el desierto, donde nadie habita, donde la vida es difícil, donde no crece el pasto ni los animales gustan de habitar. Pero hasta allá van las multitudes, dejando la comodidad de sus hogares, buscando una señal, buscando una palabra, buscando una esperanza para sus vidas. La figura del Bautista nos parecería grotesca, quizá como la de un hippy de hoy, con los pantalones rotos, la camiseta de fuera, la barba y la cabellera de muchos meses. Pero su mensaje era atrayente, fuerte, desgarrador, calando hasta los huesos de los oyentes, y a quienes se dejaban convencer por sus palabras y daban muestras de arrepentimiento, los hacía bautizar, sumergiéndolos en las aguas del río Jordán.
No tenemos que comentar lo que Juan decía a las gentes: “Enderecen lo torcido, rebajen los montes, eleven los valles, para que el camino esté preparado…” sino más bien escuchar la respuesta de sus oyentes, que convencidos de la veracidad de aquél hombre atrayente, le lanzaron una pregunta que tuvo tres respuestas: “Maestro, ¿qué tenemos que hacer?”.
Y a las gentes les respondía con mucha claridad lo que Dios pedía para los que quisieran esperar al Salvador: “Quien tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene ninguna, quien tenga comida, que haga lo mismo”. También para nosotros es claro el mensaje. Si no lo hacemos así, lo demás serán solo palabras y tendremos una navidad, así con minúscula, hecha de regalos vacíos y abrazos sensibleros y vanos deseos de una felicidad que no podremos lograr si no aprendemos a deshacernos no de lo que nos sobra sino a compartir con los demás “hasta que duela”, como decía la Beata Teresa de Calcuta. Por cierto, si ya estás esperando tu aguinaldo o si ya lo tienes en la mano, ¿cuánto destinarás a la ayuda de aquella persona o aquella institución que sabes que está en gran necesidad?
A los publicanos, gente que sus gentes consideraban de mal vivir y traidores a su pueblo porque trabajaban como recaudadores de impuestos para Roma que sojuzgaba al pueblo hebreo, Juan les decía: “No cobren más de lo establecido”, lo que nos hace volver la vista a nuestra condición actual, y preguntarnos también cómo estamos pagando nuestros impuestos para atender a las necesidades del bien común. ¿Eres leal en ese sentido con tus gobernantes? ¿No escamoteas tu contribución para atender a los que están más desprotegidos de la sociedad? Pero ¿también estás interesado y pides cuentas de cómo se está gastando tu dinero y el de tu propia nación? ¿Estás contento del destino de los bienes de tu propio país? ¿Estás de acuerdo con los sueldos estratosféricos que ganan las gentes que están en la cúpula de los gobiernos, presidentes, secretarios, militares, diputados, senadores, mientras media población en México se las ve duras para irla pasando?
Y a los soldados, que también se acercaron al Bautista para interrogarlo, él les respondió: “No extorsionen a nadie ni denuncien falsamente, sino conténtense con su salario”, a lo que Mons. Felipe Arizmendi comenta: “¿Servirán estas palabras para nuestros militares? Reconocemos sus fatigas y sus riesgos… pero la palabra de Dios les pide que eviten extorsiones, denuncias falsas y cualquier género de corrupción. Además, hoy se les pide que respeten la vida de las comunidades y que no dañen la ecología, que no acosen a las mujeres indígenas, que no lleven prostitución y alcohol, que no abusen de su poder”.
En una palabra, de Juan el Bautista podemos sacar tres enseñanzas, primero, la conversión es necesaria para todos los hombres, si queremos felicidad y paz, recordar que a Dios ya no tenemos cerca, ya entró en nuestra historia, ya es de los nuestros y él nos pide conversión a él y a nuestros hermanos más desprotegidos. Segundo, esa conversión es posible, porque tenemos todo a nuestra mano, y está con nosotros el Espíritu del Señor animándonos a la generosidad, a abrirnos a la esperanza en Dios que está en medio de nosotros y a caminar en la fortaleza de quien se siente acompañado de Cristo Jesús que se encarnó en María, la Madre del Señor, siendo Hijo del Altísimo. Y tercero esa conversión significa necesariamente un vivir para los otros: “el que tenga dos camisas, o dos abrigos o dos cobijas…”.
Donde Juan Bautista no estuvo muy acertado, aunque sus palabras que eran escuchadas por todos venían respaldadas por una vida de austeridad y de sinceridad, al grado que las gentes se preguntaban si no sería él el enviado, el Salvador, con todo y eso, no deja de ser un profeta del Antiguo Testamento, pues cuando habla del Mesías, lo presenta a su modo: “El tiene el bieldo, en la mano, para separar el trigo de la paja, guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue”. Con todo y ser verdaderas sus palabras, Cristo dará un enfoque totalmente distinto a sus acciones, y si bien es verdad que juzgará y dará a cada uno según sus acciones, también es verdad que ya entre los hombres, él se presentará como el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y las cuida y las alimenta y las defiende de los peligros del lobo, del enemigo mortal, e iba buscando a los hombres por todos los caminos no llevando precisamente un bieldo para separar la paja del trigo, sino para ofrecer un corazón amante, y una cruz como instrumento de salvación y una resurrección como término de todos los anhelos humanos.
Esa alegría de Cristo por todos los caminos del mundo, nos hacen conectar con la noche santa en que él nació y que fue anunciado por los ángeles de la Gloria: “No temáis, OS TRAIGO UNA GRAN ALEGRÍA, que es para todo el pueblo, pues hoy os ha nacido un Salvador”.
Y de ahí todos los textos de la Escritura, que hoy nos invitan a la alegría, una alegría que viene de dentro, una alegría que nadie nos podrá quitar, una alegría del corazón, nacida de la presencia de Dios entre los hombres.
Así lo dice Isaías, muchos siglos antes de Cristo: “El Señor, tu Dios, tu poderoso salvador está en medio de ti. EL SE GOZA Y SE COMPLACE EN TI; él te ama y se llenará de júbilo por tu causa, como en los días de fiesta”. Y san Pablo casi nos impone el mandato de la alegría: “ALÉGRENSE SIEMPRE EN EL SEÑOR: SE LO REPITO: ¡ALÉGRENSE!”
Profundamente convertidos al Señor y a nuestros hermanos, alegrémonos con la Navidad que ya se acerca.