El puente subterráneo de la salvación.

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Domingo 02 Adviento 06 

Quiero hablar de  Navidad, pero me encuentro con un grave, gravísimo problema, pues lanzar simplemente la palabra Navidad , y ya todo mundo estará pensando en cosas distintas: El comerciante se refocila y se goza porque su mercancía está saliendo calientita a manos de los miles y millones de incautos que piensan que con eso la van a pasar muy bien esa noche. El que es glotón, ya está pensando en cómo llenar el estómago. El aficionado a las bebidas, ya está haciendo su guardadito para sacar esa noche su provisión y pasársela de maravilla. Y el asunto se complica, porque además de los regalos, la bebida y la comida propios de esa noche, aparece en los medios de comunicación, en las calles y en todos los lugares conocidos, un viejo panzón, de cabellera y barba blanca, con unas carcajadas inexpresivas, con un costal a la espalda  y que echa por tierra el objetivo de la verdadera Navidad.   Por eso, en este segundo tiempo de Adviento, invito a mis lectores a introducirnos en el mensaje mismo de la Palabra de Dios para orientar el sentido de nuestras vidas según el sentido de la Navidad misma. 

Quiero para introducirme, quiero mostrar mi  admiración por ese paso construido bajo el mar, entre Inglaterra y Francia, hace algunos años, que permite la comunicación rapidísima entre esas dos naciones, a través de un  tren subterráneo. Fue costosísimo, y obligó a resolver muchos problemas sociales, políticos, económicos y técnicos para unir con una vía rápida a Gran Bretaña, a Francia y al resto del continente europeo. Los trabajos de ingeniería comenzaron desde las dos naciones, al mismo tiempo y hubo un momento de gran euforia, cuando los dos equipos de trabajo, se encontraron frente a frente, ayudados de moderna maquinaria,  con una gran precisión, listos para abrir el túnel al tráfico entre las dos naciones.  

Esa es la sensación que me produce el Adviento, Dios y el hombre, dos entidades separadas por el pecado de éste, pero con deseos de volver a unirse para no separarse más. Dios es entonces el que comienza a excavar el túnel para volver a unirse al hombre, fruto de su amor y de su cariño. Es Dios el que toma la iniciativa, el que da el primer paso, el que hace propiamente la excavación. Esto es lo que sugiere el profeta Baruc. “Dios ha ordenado que se abajen todas las montañas y todas las colinas, que se rellenen todos los valles hasta aplanar la tierra, para que Israel (el hombre, todos los hombres), camine seguro bajo la gloria de Dios”. Dios ha tomado la iniciativa de salvación, la comunicación no podría restablecerse de parte del hombre, es necesaria la intervención directa del Padre, el Buen Padre Dios, que envía a su Hijo Jesucristo, el puente, el túnel, la excavación entre el Amor de Dios y el hombre tumbado por el pecado.  

Pero si Dios toma la iniciativa de salvar, el hombre tiene que poner también su propia parte, y por eso, como preparación a su trabajo, en el momento indicado por Dios, es enviado al mundo Juan el Bautista, para que prepare el terreno, y el hombre convertido a su Creador, pueda dar los pasos necesarios para restablecer la comunicación perdida. Juan aparece anunciando  una salvación “in situ”, es decir en el lugar y en el momento que Dios determinó: “Vino la PALABRA DE DIOS en el desierto sobre Juan, Hijo de Zacarías.  Entonces comenzó a recorrer toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados, según está escrito en el profeta Isaías”.

Es muy significativo que Dios comenzara  la etapa cumbre de salvación, no en los grandes centros de poder, como serían ese tiempo Roma o Jerusalén, sino en el desierto, en el desierto de Judea, no lejos de la gran capital de los judíos y lo hiciera  en consonancia con los grandes profetas que sostuvieron la esperanza de un salvador y de un libertador. En el desierto ocurrieron grandes encuentros de Dios con su pueblo, ahí el pueblo tuvo una gran vivencia y una gran experiencia del amor misericordioso de Dios para con ellos. En el desierto se le dan a la humanidad las tablas de la ley, el Decálogo, en el desierto el pueblo experimenta durante cuarenta años la misericordia de Dios cuando los alimenta misteriosamente y les da de beber en pleno desierto. 

En ese ambiente religioso, el desierto, Juan Bautista clama con todas sus fuerzas, la necesidad de que la humanidad vaya poniendo su propio trabajo para encontrarse con la obra de Dios: “Preparen el camino del Señor, hagan rectos sus senderos. Todo valle será rellenado, toda montaña y colina, rebajada, lo tortuoso se hará derecho, los caminos ásperos serán allanados, y TODOS LOS HOMBRES verán la salvación de Dios”. 

Esto quiere decir que hay mucho trabajo que hacer, comenzando por el propio corazón, para que esa obra de salvación sea una realidad palpable entre nosotros, y quitemos la afrenta y la vergüenza de que el mismo acontecimiento de la venida del Salvador, se convierta en otro motivo más de división entre los hombres, los que tienen para comprar, y comprar mucho, los que hacen esfuerzos y lo empeñan todo por comprar pretendiendo con esto tener una felicidad efímera y pasajera, y los muchos millones de seres humanos que no pueden comprar nada en Navidad porque nada tienen. Además de la vergüenza que significa significa para la Iglesia el hecho de que después de veinte siglos, el mensaje que tiene que dar a la humanidad, aún se encuentra lejos de cumplirse y con cifras en la mano, se demuestra que cada día son menos aquellos a los que ya les ha llegado la noticia de salvación de Cristo Jesús. La humanidad está entonces más pobre que nunca. 

Ya para concluir, les recuerdo que si el domingo pasado Cristo nos decía: “LEVANTEN SUS CABEZAS, PORQUE SE ACERCA LA HORA DE SU LIBERACIÓN”, ahora tenemos que volver a escuchar a Baruc que nos invita: “¡PÓNTE DE PIE, Jerusalén, SUBE A LA ALTURA, LEVANTA TUS OJOS y contempla a tus hijos, reunidos de oriente a occidente, a la voz del espíritu, gozosos porque DIOS SE ACORDÓ DE ELLOS!”.  

Finalicemos escuchando la voz autorizada de Benedicto XVI: “El Adviento nos dice, queriendo derrotar nuestra desconfianza, que Dios “viene”, para estar con nosotros, en cada una de nuestras situaciones, viene para vivir entre nosotros, a vivir con nosotros y en nosotros, viene a llenar las distancias que nos dividen y separan, viene a reconciliarnos con él y entre nosotros. Viene en la historia de la humanidad para tocar a la puerta de cada hombre y de cada mujer de buena voluntad, para ofrecer a los individuos, a las familias y a los pueblos, el don de la fraternidad, de la concordia y de la paz”.