¡Cómo me gustaba el Adviento...!

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DOMINGO 1º. ADVIENTO 2006

Uno de mis lectores me ha escrito amablemente: “Cuando era chico, mi madre nos preparaba con meses de anticipación, para esperar el Adviento y sobre todo disponer nuestros corazones jóvenes a la llegada del Niño Dios. Pero un momento cumbre lo constituía el abrir el arcón que había pertenecido a la abuelita, y que contenía todas las figuras para montar el Nacimiento. Como un encanto, iban apareciendo las estrellas, el Arcángel que luciría en lo alto del Nacimiento, luego los pastores, sin faltar el buey y el borrico, las pastoras, los pescaditos que lucirían en la fuente, enseguida los imprescindibles santos reyes magos, y del mismo arcón eran sacados para ser limpiados y reverenciados, San José, que me imaginaba como un hombre fuerte, robusto, maduro, con un buen bordón en la mano y sus barbas características, luego la Virgen María con aquella mirada tierna que aún es el embelezo de cuantos la contemplábamos, hasta que finalmente era desempacada la figura del Niño Dios en un estuche especial. Cuando aparecía, todos aplaudíamos, y luego de limpiarlo con un aceite especial, mi mamá nos lo daba a besar, y enseguida todos nos disponíamos a agenciarnos los cerritos, la pingûica y todos los otros aditamentos para formar un nacimiento tradicional con todo y luces instaladas para dar calor al portalito de Belén. El tiempo ha pasado y ahora me doy cuenta que Adviento no es sólo para niños, sino que un verdadero Adviento tiene un mensaje para chicos y grandes, y un mensaje por cierto importantísimo que no podemos hacer a un lado”.

Hasta aquí el escrito de mi amigo, y como él dice, Adviento es un tiempo y un acontecimiento muy importante en la Iglesia y en los corazones como para tomarlo a la ligera. Nos movemos en una situación entre los advientos o mejor en una situación que pudiéramos decir “adventual”, pues tenemos que situarnos entre un Adviento que ya tuvo lugar, que no volverá, que no tiene porqué repetirse, pero que tiene repercusiones en la actualidad, la venida del Hijo de Dios, nacido de María, ocurrido allá en Belén de Judá, en aquel paraje oscuro, agreste, solitario, en medio de la noche, que hizo que un resplandor fulgurara de uno a otro extremo del universo, el nacimiento de una criatura que Dios había mandado, un vástago de David, el Rey grande de Israel. Y tenemos que hablar de otro Adviento que tiene lugar cada día, porque cada día tenemos que esperar al Salvador y dejarnos guiar por su Espíritu Santo que orienta, anima, fortalece y vivifica para que aceptemos como Salvador al Mesías, al Ungido, al Enviado, al que día con día da la gracia y la fortaleza para vivir cada día nuestro propio Adviento.

Sin embargo, tenemos que hacer mención de un tercer Adviento, que llegará irremediablemente, no a destruir, ni a aniquilar ni a achicharrar a nuestro mundo, sino a transformarlo, cambiándolo por otro mejor, ya que aquí fueron desarrollándose como en un gran teatro, todos los acontecimientos de la vida del hombre sobre la tierra.

Hablar de este último Adviento no será precisamente para consumar el fin de nuestro universo, sino más bien para anunciarnos la venida grande, consoladora, esperanzadora, el “happy end” cuando aparezca entre nosotros el mismísimo Hijo de Dios.

Pero ya nos hemos adelantado, pues antes de entrar en detalle, hay que decir que este año que comenzamos en este domingo, estaremos guiados por la encantadora figura de Lucas, el tercer de los cuatro Evangelistas. Un apóstol muy simpático, ya tendremos oportunidad de describir algunos de sus rasgos como escritor sagrado.

Tenemos que destacar cuatro detalles del relato de San Lucas. En primer lugar, no espantarse por el entorno, no confundir el lenguaje con el contenido. Aquél puede parecer aterrador: “Habrá señales prodigiosas en el sol, en la luna y en las estrellas. En la tierra, las naciones se llenarán de angustia y de miedo por el estruendo de las olas del mar; la gente se morirá de terror y de angustiosa espera, por las cosas que vendrán sobre el mundo”. Nadie se espante, no hacer como aquella viejecita que a la llegada del nuevo milenio dio cabida a los que predecían grandes catástrofes, al grado de vender todas sus posesiones, escasas por cierto, para proveerse de velas benditas con las cuales alumbrar esos días que presagiaban cataclismos interminables.

Segundo, esto es lo bueno, “Entonces verán venir al Hijo del hombre (Jesucristo) en una nube, con gran poder y majestad”. Ésta es la médula del mensaje: El Señor vendrá, todos lo contemplarán, todos podrán admirarlo, porque vendrá con sus ángeles y sus santos, para dar culminación a las promesas de salvación de toda la humanidad, vendrá a establecer la justicia y el derecho, y a dar a cada uno lo que le corresponda en la respuesta que habrán dado al Hijo de Dios sobre la tierra. Nadie podrá esconderse de su presencia, y todo lo alegrará y lo vivificará precisamente con su llegada.

Tercero. Si me han seguido hasta aquí, mis lectores ya estarán preguntándose cuál tendrá que ser nuestra actitud. Cristo mismo nos lo indica: “Cuando estas cosas comiencen a suceder, levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación”. ¿No les parece encantadora la invitación de Cristo? LEVÀNTEN SUS CABEZAS… SE ACERCA SU LIBERACIÓN. Estamos tan entusiasmados en nuestras cosas, en nuestros inventos, en nuestros descubrimientos, estamos tan entretenidos en comunicarnos por Internet con tantas gentes tan lejanas, que no nos damos cuenta de los que viven a nuestro lado y estamos tan empeñados en rescatar especies animales salvajes en peligro de extinción, que nos olvidamos que muchas personas que viven a nuestro lado, están desbarrancándose en su pobreza y en su miseria.

Cuarto y final, Cristo mismo, nos indica que no estemos preocupados por aquellos días finales, sino mejor atender al momento que vivimos: “Estén alerta, para que los vicios, con el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de esta vida no entorpezcan su mente… Velen, pues, y hagan oración continuamente para que puedan escapar de todo lo que ha de suceder y comparecer seguros ante el Hijo del hombre”.

Más claro no canta un gallo. El Señor vendrá, entonces retira todo lo que ha sido tu entretención, tu regalo, tu delicia, quizás tu pecado, tu miseria, tu egoísmo. Él vendrá: ¿Caín, qué has hecho de tu hermano Abel? ¿Lo has dejado morir de hambre? ¿Te has entregado a tus propios placeres y a tus riquezas mientras tu hermano moría de hambre? Alejarnos del mal, convertirnos al Señor, sería la primera respuesta, pero la segunda no sería menos importante: Velen y hagan oración, para que el Señor los encuentre preparados.

Feliz Adviento, para que podamos decir entonces Feliz Navidad