Cristo El Rey, el único Rey en el año 2006

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Alguien escribió alguna vez: “Nació en una pequeña aldea, hijo de una mujer del campo, sin distinguirse de sus contemporáneos.

Creció en otra aldea, donde trabajó como carpintero hasta que tuvo treinta años. Después y durante tres años, fue predicador ambulante. No pertenecía a las castas sacerdotales ni se asoció con los poderosos. Ante la autoridad civil se mostró implacable, aunque en esto le fuera la vida misma.

Nunca escribió un libro. Nunca tuvo un cargo público. Nunca tuvo familia o casa. Nunca fue a la universidad. 

Nunca viajó más de trescientos kilómetros de su lugar de nacimiento.

Nunca hizo nada de lo que se asocia con grandeza, esas grandes fortunas o esos emporios económicos que dejan con el ojo cuadrado a los que se enteran.

No tenía más credenciales que él mismo. Eso sí, quienes lo conocieron y escribieron de él, nos han dejado muchos títulos que son como caras visibles de una gran joya preciosa: camino, Verdad, Vida, sal, luz, puerta, maestro, pastor, amigo, agua, pan, cordero, juez, defensor, Salvador, Mesías, Ungido. 

Tenía sólo treinta y tres años cuando la opinión pública se volvió en su contra. No importó que todos hubieran recibido un beneficio de parte suya. Al final, movidos por las clases dirigentes, dejó su vida embarrada en una cruz.

Sus amigos le abandonaron, todos le dejaron solo. Fue entregado a sus enemigos, los que hicieron mofa de él en un juicio a todas luces injusto, y lo condenaron. 

Fue crucificado entre dos ladrones. Mientras agonizaba, preguntaba a Dios por qué le había abandonado y sus verdugos se jugaron sus vestiduras, la única posesión que tenía.

Cuando murió fue enterrado en una tumba prestada por un amigo.

No quiso aliarse con el dios de los poderosos ni de los déspotas ni de los que habían hecho de su fortuna y de sus dineros su propio dios. Él se declara como el Dios de los humildes, de los sencillos, de los desarrapados, hasta hacerse uno más de ellos, hasta el grado de identificarse con cada uno: “Estuve hambriento, estuve sediento, estuve en la cárcel… y se socorriste”.

Han pasado veinte siglos, y hoy es figura central en nuestro mundo, partió la historia en dos, antes y después de Cristo. No podemos dejar de conocerlo en el mundo, si no como Hijo de Dios, por lo menos como un hombre que revolucionó a la humanidad de su tiempo y cuyas huellas todavía se encuentran entre nosotros y en nuestra sociedad.

Ninguno de los ejércitos que han marchado, o navegaron, ninguno de los parlamentos que se han reunido, ninguno de los reyes que reinaron, ni todos ellos juntos, han cambiado tanto la vida del ser humano en la tierra como este ser solitario que reunió en torno de él tantos hombres a su paso, todos ellos sencillos, como ahora serían los teporochos de las esquinas y los bares, los muchos miles de enfermos que se encuentran varados en los institutos de salud que se muestran incompetentes para atenderlos y para proporcionarles la medicina a la que tienen derecho, los que en las esquinas se encaraman en los autos para limpiar el parabrisas sin recibir a veces ni siquiera una mirada ni un simple “gracias”, los niños que juegan en los charcos o habitan en las alcantarillas de las ciudades, los indígenas que vagan por las calles ofreciendo productos elaborados a manos, a los que se les regatea ferozmente, si es que se hace caso, los angustiados porque el sueldo no les alcanza para los zapatos y las medicinas y la colegiatura de los niños, o los muchos miles que son despreciados frente a otras tantas ventanillas de las oficinas públicas. 

Sin embargo, la Escritura Santa lo considera como “la piedra desechada por los constructores, que se ha convertido en piedra angular del edificio”. 

Puesto ante Pilatos, ya prisionero y atado de manos, cuando éste le pregunta sobre su realeza, no se amedrenta, y declara que: “Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de este mundo”. El Reino de Cristo es Reino de la Verdad, del Amor, de la Paz y de la Esperanza.

Es la paradoja de Jesús, el Cristo, el Rey, despojado voluntariamente de todo, puede donar lo más valioso de sí que es la propia vida para que nosotros la tuviéramos en abundancia. Es el hijo de María, el carpintero, el nacido en el pobladito de Belén, pero es también el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios, que después de su paso por este mundo, de su muerte dolorosa, fue llamado por el Padre, y resucitado, vive ahora en la presencia del Padre, sentado a su derecha. El es el Rey, que tiene su trono en lo alto de una cruz, que no tiene sino una corona de espinas, y ningún cetro de mando en sus manos, pero es al mismo tiempo el Rey por ser el Hijo de Dios y por haber triunfado en su Resurrección que el Padre le concede por su obediencia y por su entrega total en lo alto de la cruz. Es el Rey de la Verdad, la verdad así, con mayúscula. 

En este mundo que se burla de la Verdad, que hace mofa de los pacíficos y que presenta a los violentos, a los perversos y a los de vida disoluta como los grandes señores de este mundo, hoy tenemos que declarar a Cristo señor de nuestras vidas, de nuestro mundo, de nuestras instituciones e indudablemente de nuestros corazones, para que esa Verdad, esa Paz y esa Fraternidad universal brillen en nuestro mundo y Él, Cristo, se convierta en la Luz que nos conduzca a la eternidad, para vivir siempre en la presencia del Buen Padre Dios. Cristo requiere en su reino no de siervos, ni de esclavos ni de servidores, sino de amigos, de verdaderos amigos que puedan ser de su familia, de su grupo, de pandilla, de sus seguidores, y que puedan entregar ellos también su propia vida por la salvación de todo nuestro mundo.