Happy end, final feliz para nuestro mundo
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Domingo 33 ordinario 2006
El hombre vive de esperanzas, ya el niño amanece deseando un juguete nuevo, o crecer para tener los bigotes del papá, el joven está esperando el amor de su vida, el estudiante unas buenas calificaciones aunque no haya puesto mucho de su parte para aprender, los recién casados viven para hacer realidad sus sueños del noviazgo, el desocupado está deseando pronto reintegrarse al trabajo para ser el sostén de los suyos, el encarcelado ansía con todas sus ganas volver a ver la luz y la libertad, el comerciante, ya viene Navidad, desea vaciar sus bodegas vendiendo su mercancía al mejor precio. Son esperanzas efímeras, que no siempre se consiguen, que no siempre llenan las ansias de los hombres, y que muchas veces desilusionan y decepcionan. Hay otras “esperanzas” de otro tipo, entremezcladas con las primeras, que también constituyen el deseo de muchos hombres, la paz, la alegría, el amor, la verdad, la justicia y condiciones dignas para vivir una vida llena de realizaciones. Siendo “esperanzas” no llenan todas las aspiraciones de los hombres, e incluso cuando solo se tiende hacia ellas mirándolas como el fin del hombre, obscurecen el futuro, la persona y su finalidad y le hacen vivir en un “paraíso efímero y falso sobre la tierra”. De hecho, si hay un màs allá, a algunas personas no les importa, porque ellos la están pasando muy bien, requetebién, sin importarles que muchísima gente se las vean negras para sobrevivir.
Por eso tenemos que hablar de una gran Esperanza, así con mayúscula, que no se debe al esfuerzo de los hombres, que se nos da como un don, como un obsequio, como una gracia, y que viene a saciar definitivamente los deseos y las aspiraciones de todos los hombres. La Esperanza que ha movido a tantos y tantos hombres y mujeres a entregar su propia vida para conquistarla.
Debemos tener esto a la vista, pues estamos al fin de un año litúrgico en nuestra querida Iglesia, y los textos de la Escritura nos encaminan a mirar a Cristo que es la Esperanza misma que los hombres van buscando y que ya tienen de alguna manera desde su propio bautismo. Quiero referirme en concreto al capítulo 13 de San Marcos, que desde el versículo 24 hasta el 32 podemos dividir en tres partes, la primera, una descripción del fin, la segunda, la venida de Cristo Jesús y la tercera, la suerte de todos los mortales y sobre todo de aquellos que fueron elegidos para vivir esa profunda realidad de una presencia del Altísimo que todo lo llena. Demos un vistazo a cada una de las partes.
Primero: “Jesús dijo a sus discípulos: Cuando lleguen aquellos días… la luz del sol se apagará, no brillará la luna, caerán del cielo las estrellas y el universo entero se conmoverá”. Muchas veces hemos caído en la trampa de pensar que este mundo universo será destruido y arrasado como cuando entran las máquinas o la hoz en el campo a cortar desde la raíz las plantas de trigo ya maduras. Pero si nadie va haciendo su casa con mucho cuidado y muchos trabajos solo con el deseo de echarla abajo cuando ya este edificada, así nosotros tenemos que esperar que el fin del mundo será en otra línea, al decir del Concilio Vaticano II en un texto primoroso: “Ciertamente, la figura de este mundo, deformada por el pecado, pasa, pero se nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia y cuya bienaventuranza llenará y superará todos los deseos de paz que se levantan en los corazones de los hombres. Entonces… toda aquella creación que Dios hizo a causa del hombre será liberada de la servidumbre de la vanidad”. Cuando Cristo hablaba entonces del fin de los tiempos, estaba siguiendo un lenguaje muy antiguo, propio de los profetas, llamado apocalíptico, con muchos antropomorfismos, o maneras de hablar de los hombres atribuidos a Dios. Era un lenguaje muy especial, propio de tiempos difíciles, tiempos de persecución, donde las esperanzas empezaban a fallar y donde se veían inútiles los esfuerzos de los hombres que buscaban el amor, el bien y la paz, alentandoles a continuar, sabiendo que Dios siempre cumple sus promesas.
Nada, pues de sobresaltos ni psicosis ni angustias. Cristo no viene a meter más miedos, desconfianzas y desventuras. Dios no está enfadado con los hombres ni vendrá a acusarlos. Esto nos hace estar ya en la segunda parte de nuestro objetivo: “Entonces verán venir al hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad”. Este es el mensaje verdadero, el mensaje de la salvación. Cristo viene a salvar, colmar todas las esperanzas de los hombres. También su venida está expresada a la manera de los hombres, vendrá con poder, con sus ángeles y con majestad, como corresponde a su categoría de Hijo de Dios. Qué maravilla poder contemplar al Hijo de Dios, que dio su vida para congregar a todos los hombres en la Unidad y en la Trinidad de Dios.
Y así estamos ya en la tercera parte: “Y él enviará a sus ángeles a congregar a los elegidos desde los cuatro puntos cardinales y desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo…Cuando vean que estas cosas suceden, sepan que el fin ya está cerca, ya está a la puerta”. Es una manera también muy humana de decir que ya que la invitación a la salvación fue general, para todos los hombres, los que aceptaron, los que creyeron en el Hijo de Dios, los que vivieron en el amor, los que hicieron del amor entre los hombres el móvil de su acción, los que fueron inscritos en el Libro de la Vida, entrarán a vivir para siempre en esa visión encantadora del Buen Padre Dios, con su Hijo Jesucristo sentado a su derecha, con el Espíritu Santo de Dios como inspirador de todos los corazones, con María, la Madre del Señor, con los ángeles y los santos, y ¡Sorpresa¡ todos los seres que nosotros llegamos a amar en este mundo, ahí estarán, ¡Esperándonos!, los esposos, los padres, los hijos, los abuelos, los maestros, las gentes que nos iniciaron en el catecismo y en el bien, los que nos enseñaron a vivir compartiendo lo nuestro con generosidad, todos ellos congregados, para el banquete de la Vida, que ya pregustamos en la Eucaristía. ¡Qué grande será ese día!
Así podríamos terminar, pero no estará por demás aclarar que Cristo dejó clarísimamente en el secreto la fecha y las circunstancias de esos días. “Nadie conoce el día ni la hora. Ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solamente el Padre”. De manera que ningún aprendiz de profeta, y menos profetas de desventuras vengan a decirnos que ya el fin está cerca, que las muchas calamidades que estamos pasando anuncian que Dios está enojado y que ya está puesto para castigar y barrer sin misericordia a todos los malos. Que nadie se inquiete por aquellos días, tal como lo llevamos dicho, que nuestra preocupación sea vivir bien, aceptar esta tarea encantadora de la vida que Dios nos ha dado, barriendo, limpiando, renovando, purificando desde nuestro propio corazón este mundo, que es nuestra casa y en el que nos ha tocado vivir. La vida es bella, vivámosla a plenitud, y hagamos de nuestra vida y nuestra convivencia con los demás, un anticipo de la vida nueva que viviremos en la casa de nuestro Buen Padre Dios. levantemos las manos como los primeros cristianos que cantaban: “Maranatha, Ven Señor Jesús”.