¿Cuál fue el primer amor de tu vida?

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Domingo 31 ordinario 2006

Estoy seguro que al escuchar mi pregunta todo mundo ha empezado a hurgar entre los recuerdos, sacando a luz aquel enamoramiento que nos dejó temblando y como viviendo en otro mundo, al descubrir que había personas parecidas a nosotros y tan distintas que era posible enamorarnos de ellas.

Pero quiero suponer que muy pocos habrán caído en la cuenta que el primer amor en nuestra vida debería ser cada uno de nosotros, si en verdad queremos amar a los demás y conquistar la felicidad a la que estamos llamados. Procuraré decir porqué.

Esto vino a cuento, cuando he escuchado esa conversación tan linda, tan de altura y al mismo tiempo de sinceridad, no exenta de sencillez, entre Cristo y un escriba instruido en la Ley que se acercó a él para preguntarle sobre el primer mandamiento. La pregunta parecería fuera de razón y fuera de lugar, pues hoy hasta nuestros niños de catecismo saben que el primer mandamiento de la ley de Dios es: “el Señor, nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. Alguno podría incluso pensar que aquel hombre que sabía tanto, pudiera compararse a un matemático de altos vuelos que preguntara cuántos son dos y dos. Pero la pregunta tenía lógica, pues entre lo que era divino pero más entre lo que era humano, los mandamientos entre graves y leves, se llegaban a contar hasta 248 preceptos positivos y 365 prohibiciones legales, al grado pues, que era importante entre aquellas gentes, investigar cuidadosamente para poder guiar a otras gentes. Por eso el escriba se queda gratamente sorprendido de la pronta y precisa respuesta de Cristo. 

Pero lo que el escriba no se esperaba era que Jesús topara con un segundo mandamiento y que lo amarrara tan fuertemente, que desde entonces ya nadie podría separarlos, unidos como dos caballos que tienen que ser amarrados, para que puedan tirar de la misma carreta. Separar esos dos mandamientos, desde entonces, sería un grave error. Cristo continuó pues afirmando que el segundo mandamiento de la Ley de Dios era: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos”. A partir de este momento, el prójimo tendría una relevancia singular. Por un lado, entre un acto de culto y la ayuda al necesitado, Cristo prefería esto último, así queda claramente marcado, con aquella parábola del buen samaritano, que atendió, cuidó y se preocupó por el hombre herido al borde del camino, a diferencia de un “padrecito” del Antiguo Testamento, lo mismo que un sacristán, que no quisieron detenerse ante el enfermo, porque les estaban esperando los fieles para comenzar el ritual de alabanza al Señor. Pero también, Cristo va dejar muy claro que el prójimo ya no sería precisamente un hombre perteneciente al pueblo hebreo sino todo hombre, todo mortal, aunque no fuera de la misma raza ni pensara como él y aunque no tuviera incluso la misma fe. 

Pero retomando la idea que hemos introducido más arriba, se me ha ocurrido pensar que sería para Cristo eso de: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Qué significa eso de “como a sí mismo”? ¿Es que yo puedo legítimamente amarme a mí mismo? ¿Puedo ser yo mi mejor amigo? ¿Puedo enamorarme por lo tanto de mí mismo?

Si no me equivoco eso quería decir precisamente Cristo. Cada uno como persona, somos muy grandes, hemos traído con nosotros un cargamento, un equipo, una materia, un cuerpo, una manera de pensar, de sentir y de obrar, que puestos al servicio de la propia persona, nos hace grandes y con posibilidades de alternar con los mas grandes de este mundo. Pero a mí me llama poderosamente la atención, que si el Padre ha querido hacer de nosotros nada menos que hijos suyos en su Hijo Jesucristo, tenemos entonces una grandeza y un valor inestimables que no podemos esconder egoístamente para nosotros mismos, sino que usando de ese equipo fabuloso que el Señor ha puesto en nuestras manos, podamos situarnos cada uno de nosotros en medio de nuestro mundo, y sin compararnos con otras gentes, como un rico tesoro que el Señor ha puesto en medio de nuestro mundo. A mí se me hizo una exageración pensar la primera vez que lo oí, en una plática de “Encuentros matrimoniales” que cada uno de nosotros “somos un regalo exquisito de Dios para el mundo”. Reconocer esto, es lo que produce en nosotros una gran alegría, un gran regocijo y una manera muy especial de presentarnos ante los demás, y reconociendo la grandeza que Dios ha puesto en nuestras manos, entonces, brotados del amor misericordioso del Padre que nos ha engendrado en su Hijo Jesucristo, podremos en verdad comenzar a amar a nuestros hermanos. 

¿Cristo estaría hablando de la AUTOESTIMA? Las primeras veces que oí esta palabra, me pareció que se oponía tremendamente al egoísmo y al orgullo recalcitrantes sobre los cuales Cristo quiere precavernos, como los peores enemigos de nuestra salvación. Para mí esa palabra es nueva, apenas estoy detectando su riqueza y su necesidad, ya hay muchos libros escritos sobre esta palabra, compuesta de otras dos, “auto” que se refiere a la persona por sí misma y “estima” que alude a la valoración y podríamos aventurarnos al decir entonces que la autoestima es la valoración que una persona hace de sí misma, para concluir que todos somos valiosos, y que aceptando la “preciosidad” de nuestra vida, eso nos permite valorar también positivamente al resto de los hombres que vamos por el camino de la felicidad. 

En ese sentido los padres tendrían entonces una gran importancia en cuanto a los niños que al mismo tiempo que van creciendo, van afirmando su propia auto estima, y mucho ayudaría entonces que los padres nunca se dirigieran al hijo con muchas frases que a menudo escucha uno: “tú cállate, los mayores estamos hablando y tú no tienes nada que decir… tú eres un inútil, no sirves para nada… ni sé que vamos a hacer contigo… tú no eres bueno… tú eres un tarado…para qué te habré traído a este mundo…”, sino todo lo contrario, permitir que el pequeño vaya reconociendo la grandeza que Dios depositó en él y en cada uno de nosotros. Bien valdría pedirle al niño que se escuche a sí mismo antes de escuchar a los demás, y una vez que los haya oído, que sea él el que tome la última decisión. Que se de una oportunidad y reconozca sus cualidades, pues todos tenemos cualidades que a lo mejor todavía ahora no hemos descubierto en nosotros mismos. Que se acepte tal como es, sin aprobar en él los comportamientos bajos, pues esa aceptación es la base de su seguridad y su comunicación posterior, y que aunque a “el” o a “ella” no le guste una parte de su cuerpo, que se de cuenta que el resto de su cuerpo tiene la grandeza del ser humano, aunque alguna parte de nosotros mismos les disguste a los demás. Que llegue a descubrir que también tenemos limitaciones, que no podremos tenerlo todo ni lo podremos todo aunque a diario nos estén diciendo que “todo se puede hacer”.

No tendremos, pues, que temerlo a la auto-estima, sino echa la valoración justa de lo que somos y valemos, y dando gracias a Dios por la gran riqueza que somos para el mundo, dos dediquemos de corazón a amar a los demás, como a nosotros mismos, y mejor, como Dios mismo nos ha amado en su Hijo Jesucristo, hasta dar la vida por todos nosotros.