Matrimonio, ¿Para la santidad o para darle “vuelo a la hilacha”?
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Domingo 27 ordinario 2006
No con la frecuencia que debería, voy a correr a un parque construido alrededor de una presa que alimentó por varios años a la población de León, en el corazón de México. Y por alguna razón, sobre el bordo de la presa, se plantaron varios árboles que después de años, ponían en peligro la presa y a la misma ciudad de León. Hubo que tumbarlos. Y un año después, acercándome a los troncones que quedaron tirados en el suelo, vi con gran emoción, que de ellos ha surgido la vida, en nuevos brotes verdes.
Eso me hizo pensar en el matrimonio, que hoy se ve severamente golpeado por el afán de poder, la ostentación desmedida, el machismo incontrolable, la sexualidad convertida en un ídolo, el flagelo del divorcio y otras uniones favorecidas por varios gobiernos del mundo, que quieren hacer pasar cualquier unión pretendiendo equipararlas con la única establecida, la unión de un hombre y de una mujer unidos en el amor, la generosidad y el servicio por toda una vida.
Muy golpeado se ve el matrimonio, pero como de un viejo tronco, esa institución tan antigua como el mismo hombre, se sostendrá, y cuando pase este vendaval de pasiones desordenadas, el matrimonio volverá a lucir radiante, luminoso, iluminador, como un símbolo de que Dios nos sigue amando y no dejará de amarnos por toda la vida.
Y esa luminosidad de la pareja humana unida en matrimonio, no le viene nomás porque sí, ni de la nada, sino precisamente de Dios, que pensó con gran ternura en la soledad del hombre, haciéndole una ayuda semejante a él, la mujer, que desde un principio tuvo una dignidad que Dios le consagró, unida al hombre. Eso quiere decir el libro del Génesis, cuando habla de aquel sueño espiritual y religioso necesario para sacar la costilla de la cual nacería Eva. La narración del Génesis puede parecer una historia para niños, pero entre líneas tiene grandes principios, que dejan claro el plan de salvación de Dios sobre la pareja humana y sobre la humanidad entera. Ese sacar a la mujer del hombre mismo, es una consagración en la igualdad con el hombre, un símbolo de la felicidad, del diálogo necesario en la pareja humana, el afecto, el amor, la paternidad y la maternidad de Dios, la justicia, la compasión y otra vez, como un fuerte oleaje, el amor e incluso la indisolubilidad de la pareja humana. La creación de la mujer fue un triunfo, una victoria del hombre sobre su propia soledad. Desde entonces, el hombre no puede atribuirse superioridad alguna, fuera de las diferencias de la propia naturaleza. Ya no puede imponerse el machismo, sino la igualdad, pues bien pudiéramos parafrasear el texto bíblico: “No es bueno que la mujer esté sola, vamos a hacerle una compañía semejante a ella”.
Por eso nos parecer ridícula la pretensión de ciertos fariseos que quisieron poner en aprietos a Cristo preguntándole sobre el repudio y el divorcio que los hombres se atribuían como atributo propio: “Moisés nos permitió el divorcio mediante la entrega de un acta de divorcio a la esposa”, en lo que campeaba un machismo recalcitrante, pues si bien el marido podía repudiar a la mujer con el menor pretexto, la mujer en ninguna ocasión podía pretender exigir lo mismo del marido incumplido, borracho o golpeador.
Pero Cristo recuerda a sus enemigos el plan original del Creador: “Desde el principio, al crearlos, Dios los hizo hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y su unirá a su mujer y serán los dos una sola cosa. Por eso, lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”.
Qué claridad en las palabras de Cristo. El nos da el espíritu, el camino, la fuerza, el vigor para sostener a una pareja en las buenas y en las malas, en la salud y en la enfermedad y para perseverar juntos hasta el final del camino. Las dificultades ya llegarán, puede sobrevenir la tentación del divorcio, o por lo menos la separación aconsejable cuando las cosas han llegado a ser de tal manera adversas que no queda otro camino. Pero porque algunas parejas, aunque el número de matrimonios tiende a fracasar, por razones que ahora no conviene enumerar, puedan llegar a separarse, los que pretenden entrar al matrimonio, no se arredren ante las dificultades, consideren la meta a la que están llamados, y pongan entonces todas las ganas del mundo, sabiendo que el Espíritu Santo de Dios que los admitió a la amistad con Cristo en su bautismo y que los unió con el sacramento del matrimonio, siempre encontrará caminos para ayudarlos hasta encontrar la orilla de la santidad.
En el fondo esta es la meta de la pareja humana, como lo sería igualmente el sacerdocio, o la vida religiosa o misionera: llegar a la casa del Padre, consagrados para siempre a él en la santidad que se requiere para estar en la presencia del Padre. Y esta es una paradoja de la Iglesia, que después de veinte siglos, aún no tiene una pareja de esposos que hayan llegado juntos a la playa de la santidad. Hay “santitos” y “santitas” a raudales en el manto de la Iglesia, pero no una pareja de santos. Creo que Juan Pablo II prolongó el momento de su encuentro con la muerte, porque hubiera querido darle al mundo una pareja de santos que sirviera como ejemplo y como incentivo para los matrimonios nuevos y también para los viejos. Si mis lectores son casados, ¿No quisieran honrar la memoria de Juan Pablo II comenzando una vida plena, alegre, confiada, sacrificada, entregada, para llegar a ser esa pareja de santos que aún no tiene la Iglesia y que tanto hubiera agradado al Papa viajero?
Debo decir al final, que el matrimonio religioso, convertido en un sacramento, no es algo que atraiga a los jóvenes de hoy, dicen sin saber plenamente lo que están diciendo que el “papelito” no les va a añadir nada a su amor, además de que casarse por la Iglesia no es más que enriquecer los bolsillos de los curas.
Ver a una pareja feliz que camina por las calles, tomados de las manos, es una manera de sentir el amor de Dios que hace feliz a la pareja humana, pero cuando el matrimonio no ha sido aprobado ni aceptado por ellos, les hace falta algo muy importante: que Dios mismo camine con ellos, que Cristo se les empareje en el camino y los ayude con su equipaje, son sus problemas y consagre también sus alegrías. Además, con su matrimonio-sacramento, entonces sí serán un símbolo completo del amor de Cristo a la humanidad y a la Iglesia a la que consagró su vida y por la que sufrió para hacerla inmaculada y santa. Con el matrimonio-sacramento, los esposos podrán participar de la Pascua del Señor, que da fuerza y Vigor para consagrar sus vidas hasta llegar a la santidad.
Y mi última palabra sería dirigida a los jóvenes que están planeando su matrimonio, que imiten a aquella pareja de jóvenes, pobres por cierto, pero de una gran riqueza espiritual, porque tuvieron la feliz ocurrencia de invitar a Cristo y a María a su boda. Cristo los sacó de apuros, ahí realizó su primer milagro y los muchachos fueron alabados por mucho tiempo, porque les dieron a sus invitados el vino riquísimo que había llegado a sus bocas gracias a su amistad con Cristo. Inviten a Cristo a su boda y síganlo invitando siempre, y encontrarán felicidad para su corazón y pan para su mesa.