La urgente ecología del corazón humano

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DOMINGO 22 ORDINARIO DEL AÑO 2006

Las últimas décadas de nuestro mundo han conocido un movimiento ecologista como no lo había nunca habido antes. El hombre vive preocupado por el medio ambiente, pretendiendo limpiar y purificar nuestro mundo para dejarles una situación mejor a los hombres que vienen detrás de nosotros. Algunos se preocupan muchísimo de la contaminación exterior y física de la atmósfera y del agujero del ozono. Hoy hay preocupación por la pureza del aire y de las aguas, y una preocupación grande por los animales. Nos conmueven esas escenas de aves marinas que salen de las aguas impregnadas de manchas de petróleo, recubiertas de alquitrán e incapaces de volar. Los hombres emplean grandes cantidades de dinero en salvar a algunas especies animales en peligro de extinción. Y es bueno, porque una especie animal que desaparece, será algo insustituible en la naturaleza de nuestro planeta. 

Pero la verdad es que nada se dice de una ecología del corazón. Nadie levanta su voz para gritar contra la contaminación interior, contra la contaminación de la verdad, debida a formas distorsionadas de información, o de ciertos abusos de la sexualidad y manipulación genética, que amenazan ensuciar las fuentes mismas de la vida. Y no hacemos caso de nuestros niños, precozmente viciados y víctimas a causa de la maldad bien encubierta, que se extiende ya sobre cualquier aspecto de la vida.

Necesitamos entonces una ecología del corazón, visto no como la fuente de la afectividad, sino además como sede de la razón, de los sentimientos, de la voluntad, de la conciencia y de la decisión. Y un corazón como centro que finque también nuestra relación con Dios, nuestra religión hasta hacerla en el futuro una religión del corazón que llegue a ser el corazón de la religión.

Eso fue lo que impulsó a Cristo a abogar por los mandamientos, por la voluntad de Dios, a lo primitivo del encuentro relacional con el Creador, buscando lo que sea su mandato, su voz, su mensaje, su voluntad y su designio amoroso para distinguirlos de las tradiciones humanas que los hombres se dan el lujo de presentar como la mismísima voluntad de Dios a la que tienen que sujetarse todos los hombres. Creo que los hombres no truenan ni rechinan los dientes contra la voluntad de Dios, pues cuando se vive en la verdad, el hombre intuye que la voluntad de Dios no hace sino favorecer la marcha y el adelanto de los hombres. Lo que les hace rechinar a los hombres son precisamente las tradiciones que se hacen pasar como la voluntad de Dios. 

La Iglesia misma en su largo caminar ha hecho rechinar a los creyentes, detenida en algunas tradiciones antiguas y que son difíciles de quitar. Recuerdo que en las primeras sesiones del Concilio Vaticano II se discutió y acremente, cuando la Misa se celebraba en todo el universo en latín, lengua que las grandes masas ya no hablaban ni entendían, si convendría que la Palabra de Dios las gentes la pudieran escuchar en su propia lengua dentro de la Eucaristía. Se oían voces muy fuertes que preveían el resquebrajamiento de la unidad de la Iglesia, pero el Espíritu Santo se impuso, las lenguas nativas comenzaron a escucharse, la Palabra de Dios ganó terreno e incluso se favoreció la unidad de la Iglesia. Otras tradiciones en la Iglesia tendrán que pasar a la historia para hacer que la Palabra de Dios resplandezca como el motor, la fuerza y el impulso, y la ayuda fraterna, la solidaridad con los hombres de buena voluntad y la justicia, tengan primacía incluso sobre los actos de culto mismos. 

Este fue precisamente el descubrimiento de Cristo ante los hombres y concretamente ante los fariseos de su tiempo, que de ser gente muy piadosa, instruida y culta, llegaron a ser sinónimo de hipocresía, pues llegaron a pensar que los actos externos, las exterioridades eran de tal manera importantes que oscurecían la voluntad misma de Dios. 

La circunstancia que hoy comentamos fue la pregunta precisamente de los fariseos venidos de Jerusalén, que le echaron en cara a Jesús que sus discípulos comían con las manos impuras, no precisamente por las razones por las que hoy nos lavamos las manos, razones higiénicas que todo mundo aceptamos, sino el lavado ritual que se acostumbraba antes de las comidas, o después de venir del mercado o de tocar el cuerpo del recién fallecido. Cristo mismo había escandalizado a un fariseo que lo había invitado a comer a su casa y que sin lavarse delante de todos sus manos, se dispuso así a comer. Por cierto este fariseo no le había proporcionado a Jesús los medios para que cumpliera con el ritual, que era muy molesto por cierto, pues entre la gente sencilla, el agua era un elemento no fácil de obtener y menos para lavados rituales complicados.

Esta pregunta encendió el ánimo de Jesús que tuvo que tronar contra la hipocresía de aquellas gentes. Y elevó su voz alto, para que todos lo oyeran: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, PERO SU CORAZÒN ESTÁ LEJOS DE MÍ! Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino PRECEPTOS HUMANOS. Ustedes DEJAN A UN LADO EL MANDAMIENTO DE DIOS, para aferrarse a las tradiciones de los hombres!”. ¿No está claro? ¿Las palabras de Cristo no son reflejo de algunas costumbres memorables, antiguas pero que nos apartan del mandato del Señor? ¿Qué decir de esas largas peregrinaciones a los grandes santuarios marianos pero que no animan a los asistentes a la celebración de la Misa precisamente en el día del Señor? ¿Y esos escrúpulos de conciencia de las gentes que se acusan de no haber asistido a Misa por estar atendiendo a un enfermo grave? ¿No tendría que estar ahí precisamente el cristiano, cerca del enfermo, atendiéndolo, curándolo, papachándolo, y después, en la primera oportunidad la celebración de la Misa en medio de la comunidad, para alegrarse con la salud del enfermo recobrada? 

Aquí tendríamos que escuchar el texto, preciosísimo del Deuteronomio (4, 1-8) que nos trae palabras de Moisés a su pueblo, que llegan a entusiasmar por la Palabra de Dios que anuncia, fijándonos sobremanera en los verbos que usa y que nos dan la clave para nuestra conducta, cuando juzgamos los mandamientos simplemente como prohibiciones: 

“¡ahora, Israel, ESCUCHA los mandatos y preceptos que te enseño, para que LOS PONGAS EN PRÁCTICA, y puedas así VIVIR Y ENTRAR A TOMAR POSESIÒN de la tierra que el Señor Dios te va a dar…NO AÑADIRÁN NADA NI QUITARÁN nada a lo que les mando: cumplan los mandamientos…GUÁRDENLOS Y CÚMPLANLOS, porque ellos son SABIDURÍA Y PRUDENCIA de ustedes a los ojos de los pueblos, pues cuando los vean, los pueblos dirán: “En verdad esta gran nación es un pueblo sabio y prudente, porque ¿CUÁL OTRA NACIÓN HAY TAN GRANDE QUE TENGA DIOSES TAN CERCANOS COMO LO ESTÁ NUESTRO DIOS SIEMPRE QUE LO INVOCAMOS?!”

¿No son esas palabras que nosotros podríamos suscribir con toda verdad pues nosotros tenemos Cristo el Hijo de Dios tan cercano y más cercano que nosotros mismos?

De manera, mis queridos amigos y lectores, que desde ahora proponemos un movimiento mundial en pro de una ecología del corazón, donde Cristo sea el protagonista y nosotros seamos fieles y entregados servidores, empeñados en hacer la voluntad del Padre, desterrando de nosotros tradiciones que se presentan con buena cara pero que nos apartan de la voluntad del Creador y de la amistad y del amor de Cristo Jesús y del Espíritu Santo.