La Eucaristía, una pregunta con múltiples respuestas

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Domingo 21 ordinario del 2006

Hoy concluimos cinco domingos en los que guiados por el Evangelio de San Juan, hemos seguido a Cristo que después de la multiplicación de los panes y los peces, desalienta a las multitudes que quieren el pan material, y los anima y los exhorta a comer otro pan, y otra bebida, es decir, su Cuerpo y su Sangre aunque esto llevara aparejada para él su muerte, el desgarre de su Cuerpo y el derramamiento de su Sangre. Les habló por activa y por pasiva, invitándoles a comer y a beber el alimento y la bebida que él mismo les proporcionaría, sintiéndose el Pan bajado del Cielo.

Las gentes se escandalizaron de Jesús, no quisieron creerle, y lo abandonaron uno a uno, porque ya no tendrían de él el pan material, pero sobre todo porque se les hizo muy duro que aquél hombre que tan bien pretendían conocer, se presentara como el Pan bajado del Cielo que los alimentaría en el camino al Reino de los cielos: ¿Qué no es este el hijo del carpintero? , ¿Qué no viven entre nosotros su padre y su madre?, ”Este modo de hablar en intolerable, ¿quién puede admitir eso?”

Jesús paseó su mirada por los caminos por donde las gentes se alejaban dejándolo solo, y de pronto reparó en la presencia de sus apóstoles, que callados y pensativos, cerca de él, también contemplaban con estupor, con tristeza y con desilusión el éxodo de las gentes que hacía poco habían aclamado a Jesús hasta el grado de querer coronarlo rey. y no queriendo caminar más por caminos movedizos, no queriendo hacerse falsas esperanzas, a boca de jarro les lanzó una pregunta que los dejó profundamente pensativos, pero que requería una respuesta clara, inmediata y profunda: “¿También ustedes quieren dejarme?”. El rostro de Cristo expresaba una viva emoción, pero así como no había movido un solo dedo para retener a las gentes que se iban, tampoco lo levantaría para detener a los amigos, a los discípulos, a los compañeros del camino que él mismo había escogido y elegido, y sin embargo en la mirada de Cristo se reflejaba también la profunda esperanza de contar con aquel puñado de hombres de buena voluntad, que no eran de lo mejor, ni los más inteligentes, ni tenían las grandes cualidades que otros hubieran escogido para ser los continuadores de su obra, pero que tenían un corazón de oro, y que en el fondo lo amaban profundamente hasta haberlo dejarlo todo por seguirlo.

Muy atinadamente, pensando bien cada una de sus palabras, Pedro, a nombre de sus hermanos los apóstoles, fue dejando caer sobre Cristo el bálsamo que él necesitaba en ese momento, sintiendo en las palabras de Pedro, la Palabra misma del Padre que lo amaba intensamente: “SEÑOR, ¿A QUIÉN IREMOS? TÚ TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA Y CREEMOS Y SABEMOS QUE TÚ ERES EL SANTO DE DIOS”. ¡Qué descanso fueron para Jesús aquellas palabras de Pedro! ¡Qué consuelo para él que comenzaba una nueva etapa de su vida pública cuando las gentes buenas, sencillas, querendonas de Galilea lo abandonaban, dando paso así a la nueva etapa, la más difícil, la de subida, la de Jerusalén , donde él encontraría la pasión y la muerte, para dar la vida en el Espíritu, enviándoles a llevar la Buena Nueva , y a hacerlo presente en cada Eucaristía, donde él cumpliría la promesa de darse en alimento y en bebida para la Salvación de todos los hombres!.

Hoy tenemos delante de Cristo dos caminos y dos respuestas, la de la gentes que se fueron, o la de Pedro que dio en el clavo y obtuvo la vida, la paz y la salvación. Para que hagas clara tu respuesta, vuelve a pensar en la respuesta de Pedro. 

“SEÑOR, ¿A QUIÉN IREMOS?” ¿Dónde buscaremos en nuestros días la alegría que nos hace falta? El Papa Pablo VI decía: “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tiene otro origen. Es espiritual. El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; Sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos”. 

“!TU TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA!”. Cristo nos invita a la doble mesa, de su Palabra que da vida, que muestra caminos, que abre horizontes para la vida de fe, que mueve a la alabanza, y a la mesa Eucarística , a comer y a participar en la Mesa de la alegría, de la paz y de la reconciliación de todos los hombres en el Amor del Hijo que se siente amado y que quiere comunicar su alegría a todos los hombres, reflejo de ese amor que el Padre le tiene: “Si Jesús irradia esa paz, esa seguridad, esa alegría, esa disponibilidad, afirma el Papa Pablo VI, se debe al amor inefable con que se sabe amado del Padre. Después de su bautismo a orillas del Jordán, este amor, presente desde el primer instante de su Encarnación, se hace manifiesto: “Tu eres mi hijo amado, mi predilecto”. 

¿No podemos comenzar a sentir que acercarnos a la Eucaristía no es un cumplido para Dios con quien queremos quedar bien, pero sin querer cumplir lo que él nos manda? ¿No habrá llegado el momento de revestirnos más bien de la Gracia que viene del Espíritu Santo y que nos convierte en los hijos amados del Padre, que nos ama con el mismo amor con que ama a su Hijo Jesucristo? ¿No será que a Dios sólo lo buscamos casi solo en momentos de desdicha, de desilusión y de amargura y le negamos participar en nuestras pequeñas alegrías? ¿No seremos como los perros, que ronronean cerca de la mesa, y mueven la cola buscando su comida, y cuando se les arroja el hueso van y se establecen en su rincón y gruñen cuando alguien se les acerca porque piensan que se les va arrebatar su hueso?

“¡SABEMOS QUE TÙ ERES EL SANTO DE DIOS!”. Pienso en este momento en tantos jóvenes que son seducidos y esclavizados unos por una tecnología que se ve como la respuesta a todos los males y otros seducidos también y esclavizados por su propio cuerpo, o para embellecerlo y hacerlo el propio ídolo al que le sacrifican todo con deportes, con ungüentos, con perfumes o con mascarillas embellecedoras, o al que pretenden darle todo, exprimiendo hasta la última gota de placer, con las drogas, con el sexo desbordado, con las cavernas tenebrosas de lo que llaman ahora “los antros”. Creo que ellos están esperando otra cosa mejor, están esperando a otra persona que les haga salir y encontrarse con otras realidades más prometedoras. Es el momento del encuentro con Cristo a quien Josué vislumbró a distancia de siglos, cuando a la vista de la tierra prometida y exhortando a su pueblo a seguirlo, dijo: “En cuanto a mi toca, mi familia y yo serviremos al Señor. Y el pueblo respondió: “Lejos de nosotros abandonar al Señor…para servir a otros dioses, porque el Señor es nuestro Dios.

Cristo está urgiendo la respuesta. En sus labios y en su corazón anidan la esperanza de que ahora sí respondas a su amor con tu propio amor, lo mismo que esperaba de sus apóstoles, que no se fueran, que gozaran de la paz y la salvación que quería darles. Es la paz y la salvación que a través de ti a ese mundo en el que te ha tocado vivir.