¡Hijo mío, te quiero comer a besos!

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Domingo 20 ordinario 2006  

El cariño, el afecto y el amor, nos hacen desear estar siempre cerca de las personas y si fuera posible, fusionarnos con ellas al grado de ser una sola persona con ellas. Una muestra de ello es la frase que las madres les dirigen muchas veces a sus hijos pequeños: “Te quiero tanto, que te quisiera comer a besos”.  La madre quiere ser una sola cosa con su pequeño, acortar la distancia, haciéndola más pequeña que la que la unía a su criatura cuando lo llevaba en su propio vientre. Sabemos que eso es imposible, que nadie puede lograr estar tan cerca de la persona que amamos, hasta hacernos una sola cosa con ella. El único que ha logrado hacerlo ha sido Cristo, aún a costa de su propia vida, pues además de ser para nosotros maestro, médico, pastor, amigo, compañero, consejero, y salvador,  también quiso ser alimento para todos los hombres  que el Padre le había pedido guiar hasta la casa de él, el Buen Padre Dios.  

De esto nos ocuparemos este día, continuando el comentario a la palabra  de Cristo después de la multiplicación de los panes y los pescados. Cristo habla de sí mismo como el pan bajado del cielo para que quienes lo coman tengan vida eterna. Pero ya no se trata solo de su Cuerpo sino ahora  también de su Sangre, que Cristo invita y exhorta a recibir si en verdad queremos tener vida en nosotros. Esto escandalizó a las gentes que lo oían, pues beber la sangre de los animales era algo prohibido para ellos, pues veían en la sangre el principio de vida. Y que alguien les propusiera beber su propia sangre les parecía algo sacrílego, pero Cristo insiste, queriendo  dar a todos los hombres de su Cuerpo pero ya resucitado y penetrado por el Espíritu Santo de vida, hasta hacer de esa comida, un símbolo de la vida que él recibe del Padre: “IGUAL QUE YO VIVO POR EL PADRE, EL QUE VIVE Y ME HA ENVIADO, EL QUE ME COME VIVIRÁ POR MÍ, (DE MÍ)”.  

Comer, es  asimilar, transformar en la propia sustancia lo que comemos, vegetales, minerales, productos animales, eso es el comer, pero es apenas una parte, importante ciertamente, pero no es la única, pues los hombres utilizamos la comida, el momento de sentarnos frente a los alimentos como un momento de convivencia, de fraternidad, de expansión, el momento más expresivo de la vida familiar y el momento mas fuerte de vinculación y crecimiento en el amor común, en la  alegría, la alegría de vernos juntos, hasta darle un aspecto casi sagrado al momento de la comida.  

De hecho, casi todas las religiones tienen una comida ritual, que acerca al hombre a la divinidad, mientras comparten los alimentos ofrecidos sus dioses. Los mismos judíos tenían su comida ritual, cuando después de haber ofrecido sus animales en ofrenda, y luego de ser sacrificados en el altar, se les daba una de las tres partes del animal para que convivieran y comieran.  

 El cristianismo tiene, pues, también su propia comida ritual, pero con especiales particularidades, pues efectivamente, cuando en la Misa “partimos el pan” nos relacionamos con Dios y actualizamos la obra redentora de Cristo, pero eso viene también a dar consistencia y solidaridad a los cristianos que tendrán como principal misión servirse unos a los otros y a toda la comunidad humana, si queremos parecernos un poquito a Cristo que entregó su vida por nosotros. De hecho los cristianos fueron conocidos y criticados en los primeros siglos como los que se reunían para un banquete que alcanzaban a adivinar, donde se practicaba cierto antropofaguismo pues desde fuera no podían saber que los cristianos efectivamente comían y bebían de alguien que había entregado su propia vida, y que ahora estaba resucitado y vivo cerca del Buen Padre Dios, con un corazón que efectivamente había dejado de latir en la cruz, pero que ahora estaba palpitante en el Reino de los Cielos, esperando el regreso de todos los hombres a la casa del Padre, y que se encontraba presente cuando los cristianos se reunían para la “fracción del pan”.  

Hay que decir, de paso, que si bien nosotros transformamos nuestros alimentos en nuestra propia sustancia, cuando “comemos” a Cristo, nosotros nos asimilamos a él, al decir de San Agustín: “Yo soy el  alimento de los mayores, crece y me comerás, pero no eres tú el que me cambiarás en ti, como el alimento de tu cuerpo; SOY YO QUIEN TE CAMBIARÁ EN MÍ”. Comulgar será entonces dejarnos convertir en manos de Cristo en un himno de alabanza a Dios, CONVERTIRNOS EN CRISTO MISMO, en palabra viva que testimonia ante el mundo la salvación conseguida por Jesús a costa de su propia vida.  

Si esto es así, ya se estarán preguntando mis lectores, entonces ¿porqué los cristianos no comulgan? Si le creemos a Cristo, entonces porqué son más los que se quedan sentados cuando el sacerdote hace la invitación para acercarnos al Señor que nos ha invitado al banquete de su Palabra y en esos momentos nos está invitando al banquete de su Cuerpo y de su Sangre? Creo que por diversas circunstancias, hemos pasado de una primera etapa en que los cristianos miraban con amor, con verdadero amor y pasión y Cristo y le tenían una gran confianza por VER EN ÉL AL HERMANO SACRIFICADO por los hombres, hasta llegar a otra etapa en que se acentuó sobremanera EL TEMOR Y LA REVERENCIA AL DIOS GRANDE Y TERRIBLE, con reminiscencias de páginas del Antiguo Testamento. Se llegó a ver sólo el rostro de Dios, su divinidad, hasta oscurecer el rostro humano de Jesús. Los que saben de estas cosas nos dirán sencillamente que estamos hablando de una herejía que se llama arrianismo.  

En llegando a este punto, todos estamos admirados y sorprendidos de la bondad de Cristo que ha pensado en todo hasta convertirse para nosotros en alimento, pero más crecerá nuestra admiración y nuestra alabanza a Jesús cuando nos demos cuenta que en este admirable sacramento Cristo ha logrado conjuntar esas dos realidades presentes en nuestra humanidad: la alegría y el dolor, de la misma manera que los padres que se duelen al momento del parto, pero se alegran de la llegada del hijo al seno del hogar. Así, Cristo va a conjuntar el pan,  símbolo de la necesidad humana, que tiene que conseguirse con dolor con todos los granos dispersos hasta hacerlos pan sabroso para la mesa y el vino,  símbolo de la alegría, hecho para beber, para brindar, para hacer fiesta, para deleite de los comensales; el vino es poesía, es  color, es como la danza respecto al simple caminar o el juego respecto al trabajo.  Cristo mismo hará la alegría de los novios, en los principios de su vida pública, convirtiendo para ellos el agua en vino, recordando también que  “Dios saca pan de los campos y el vino que le alegra el corazón”, Sal 104, 5.  

Y ya que no se excluyen, como hemos visto el dolor, el amor y el placer, todas estas situaciones van a estar encerradas y ofrecidas   en la Eucaristía, la alegría y el dolor de la humanidad, y la alegría de Cristo de ver salvados a los suyos, y el dolor de ver desgarrado su Cuerpo en lo alto de la cruz, y su Sangre toda, derramada también desde la cruz hasta bañar y purificar con ella al universo entero y a aquellos que confían en él y se le entregan.  

¿Porqué no correr entonces, ahora mismo, buscando un Sagrario para agradecer a Cristo su bondad, su amor, su cariño y su misericordia, y porqué no salir corriendo también a buscar dónde se está celebrando una Eucaristía, para arrebatarle al sacerdote de sus manos el Cuerpo bendito, precioso, divino de Cristo Jesús?