El Cristo de las montañas y las cordilleras

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Estamos en plena temporada de vacaciones, y las calles, los estadios y las ciudades deportivas se ven repletas de niños y jóvenes que se dedican a ejercitar el cuerpo a veces individualmente, pero muchas veces en juegos colectivos que además del cuerpo, van fortaleciendo el ingenio,  la colaboración y la competencia. Y en los países que cuentan con montañas nevadas se ven también multitud de jóvenes que equipados adecuadamente quieren sentir el gusto y la alegría de conquistar las alturas colocando  ahí cualquier objeto que recuerde a otros su paso por esas cumbres nevadas.  

Esto me recuerda que Cristo también gustaba de las montañas, las conquistas y los retos. En una montaña nos dejó plasmada su voluntad manifestada en lo que llamamos “el sermón de la montaña” para referirnos a las bienaventuranzas. En otra montaña, Cristo dejó escapar su propia vida que le arrebataban sus enemigos. Y en otra montaña, en un momento clave de su vida, Jesús el Maestro dejó ver su gloria y majestad aunque por breves momentos. De esta última escalada nos ocuparemos el día de hoy.  

Para Cristo estaba concluyendo la primera etapa de su vida pública, en las mieles de Galilea, donde todo le sonreía, donde las gentes se congregaban entusiastas para oír su mensaje y ser curadas de sus enfermedades,  donde todos le aceptaban, pero ya se avizoraban las grandes tormentas, la alarma de los poderosos en Jerusalén, y el fracaso, el gran fracaso de la cruz, donde Cristo dejaría embarrada su propia vida en un intento por salvar a la humanidad de sus yerros y de sus pecados. Es en esta situación cuando  Cristo sube, acompañado de Pedro, Santiago y Juan a un monte, que muchos están de acuerdo en que se trata del Tabor. Pero  sin shorts y sin tenis de los que gustan mucho los muchachos, no para hacer una acampada ni en plan de picnic sino a la oración, en la soledad  y el silencio de la montaña.  Me imagino a Cristo subiendo a grandes zancadas, pues era un hombre fuerte y atlético, dejando atrás a los apóstoles invitados. Cuando llegaron a la cumbre de la montaña, éstos se sentaron en la frescura de la sombra de un árbol a descansar, mientras Cristo se apartaba un poco para ponerse en la presencia de Dios su Padre.  

Y ahí ocurre que Cristo de momento se transforma y se transfigura. De ser el hombre sencillo, el maestro, el taumaturgo, el que tiene la palabra sencilla para las gentes, de momento se mostró con un rostro resplandeciente y sus vestiduras se volvieron esplendorosamente blancas, con una blancura que no puede conseguir ninguno de los detergentes maravilla que las señora usan en casa. Pero junto a Cristo aparecieron vivos a su lado, dos personajes ya fallecidos muchos años antes que él, y muy queridos en Israel, Moisés y Elías que conversaban con él y lo alentaban a entregar su vida en bien de todos los hombres. Esa situación de éxtasis se vio de pronto interrumpida por la simpleza y la tontera de Pedro  que pretendía hacer tres chozas, para Cristo y para sus sorprendentes invitados. No tuvo respuesta de Cristo pero eso nos da idea de la lejanía de Pedro y los apóstoles de la misión de Cristo su maestro, que no venía a que le pusieran casa, pues él deseaba más bien ponerle casa a los hombres, habitar con ellos, tomar parte en sus alegrías y en sus tristezas, compartiendo la sal y el pan con todos ellos.  

Por cierto nosotros pretendemos todavía ponerle casas elegantes a Cristo en los templos, cuando él requiere ser atendido en los pobres, en los que no tienen voz ni voto, e invitamos a pasar largos ratos en el silencio y el recogimiento del templo, cuando él necesita ser proclamado en las grandes concentraciones de los hombres, en los medios de comunicación que hacen escuela y forman las mentes de los hombres, y necesita ser proclamado en los ambientes sociales y políticos donde se toman las grandes decisiones que tendrán repercusión en las masas de los hombres, haciendo a unos cuántos mas ricos mientras grandes multitudes se queden viendo tras del mostrador los muchos satisfactores que ellos no podrán obtener. Era la tentación de los apóstoles que no querían  entenderle al Maestro, que querían  los primeros lugares para ellos, que querían un premio que les llegaría ciertamente,  pero no en la forma que ellos se imaginaban,  que querían la comodidad de la montaña, pero huyendo de la cruz y dejando solo al Mesías en el momento supremo de su vida.  

Pues si el miedo y el susto que los apóstoles sintieron con la presencia de Cristo y de sus invitados especiales, fue grande, más lo sintieron cuando en ese momento “se formó una nube que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”.Cuando cesó aquella nube, que fue como un flashaso, como un relámpago, apareció Jesús él solo, invitándolos  a bajar de la montaña, y pidiéndoles que a nadie relataran lo que habían contemplado hasta que él resucitara de entre los muertos. Esto último tampoco lo entendieron ni lo asimilaron, los apòstoles, hasta que después de los días de profunda incertidumbre de la muerte de Cristo recordaron lo que habían visto y fortalecieron su fe en que volverían a ver resucitado a su Maestro que por un momento les había anticipado, en su transfiguración, lo que él sería desde el momento de su resurrección.  

Mis avezados  lectores ya tendrán en este momento sus conclusiones, pero me darán oportunidad de conducirles un poquito.  Yo consideraría en primer lugar la necesidad de escuchar, volver a escuchar y entusiasmarnos por  Cristo, atendiendo aquella  voz misteriosa de la nube que no era otra sino la del Buen Padre Dios. Escucharle, no hacer como que escuchamos y luego seguimos en lo nuestro. Escuchar a Jesús,  que nos llama a la obediencia, a la conversión, a la esperanza y al perdón pues para eso tenemos la Escritura y la Eucaristía, donde también podremos seguir y tener con nosotros al Resucitado, pero para bajar  en seguida de la montaña eucarística para volver a entremezclarnos entre  los hombres, llevando su mensaje de amor, de paz, de unidad, de colaboración entre los hombres, hasta hacer nuestras todas sus circunstancias, como lo declaraba en su pórtico, aquel precioso documento del Vaticano II, la Constitución Gaudium et Spes: “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo”.   

  En la Eucaristía nos encontraremos, pues, a través de la sencillez y la blancura de un poco de pan, nada menos que el Cuerpo del Señor Jesús resucitado, pero después tendremos que dar el paso a descubrir, cosa a veces muy difícil, a Cristo en cada uno de los hombres, y darnos cuenta que por la presencia en ellos del Espíritu Santo, aún en aquellos hombres y mujeres que nosotros creemos los más malos siempre existe un rasgo de bien que nos hace sentir la presencia viva de Cristo.  

Y finalmente, descubrir que en nosotros, también llevamos una presencia invisible de Cristo Jesús que nos hace luminosos ante el Buen Padre Dios, aunque en el espejo no logremos descubrir nuestro propio rostro de cada día, y nuestra felicidad será manifestar a los demás, en nuestras propias obras, esa presencia misteriosa de Cristo que nos impulsa a caminar más y más con la cruz de cada día, para llegar en familia a la luz de la resurrección, en la casa del Buen Padre Dios.