¿El pan que nos une o nos separa?
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Domingo 17 ordinario 2006
Con mucha más frecuencia cada día, cada que abro la Escritura me parece que la historia de la humanidad no es la historia del pecado, de la desobediencia y de la ingratitud sino del amor misericordioso de Dios que se compadece de sus criaturas y busca por todos los medios que tengan lo necesario para su subsistencia. Dios fue sobreabundante en su misericordia con el género humano en Noé, con el pueblo de Israel en Abraham, con la monarquía israelítica en David, con la humanidad entera en Jesucristo redentor. Y cada que abro el Nuevo testamento me encuentro con un Jesús tan humano, tan tremendamente humano que a veces nos parece que no es precisamente el Hijo de Dios. Jesús se presenta en el Evangelio hecho de la misma madera que todos los hombres e interesado en los mismos problemas que todos los hombres, e interesado entonces en el pan para las mesas de los hombres, a los que recomienda orar al Padre para recibir el precisamente el pan de cada día.
Jesús vive preocupado y compadecido de los hombres a los que manifiesta los designios de salvación de Dios como lo vimos el domingo pasado, cuando hace a un lado el descanso prometido a sus apóstoles para comenzar a enseñar a las gentes que lo esperaban después de su pequeño viaje por el lago de Galilea. Y ahora lo vemos preocupado ya no solo por enseñar a las gentes, sino de que tuvieran el pan para sus cuerpos de manera que estuvieran en disposición de escuchar y hacer entendible su mensaje.
Hoy tenemos que referirnos entonces al texto de San Juan en el capitulo sexto, donde nos da detalles muy precisos sobre la “multiplicación de los panes y los peces” obrada por Jesús. Se trata de los días en que la multitud lo seguía en grandes cantidades, en las orillas del lago de Galilea, porque veían los milagros obrados por Jesús. Aún no entendían que esos “milagros” eran SEÑALES DEL REINO, de la salvación y de la misericordia de Dios. Como que ellos “se dejaban ir al bulto”, es decir a las manifestaciones milagrosas de Jesús, sin importarles mucho lo que eso significara en el plan de la salvación y lo que impidió que pudieran seguir a Cristo hasta lo último, sobre todo cuando cesaron los milagros.
Ese día Jesús subió al monte y se sentó ahí con sus discípulos y la con multitud que lo había seguido. Subir al monte para Jesús era trasladarse a una esfera divina, a la gloria de Dios, a su amor misericordioso. Se recalca que no es ya el templo de Jerusalén y que se trataba de las cercanías de la Pascua, lo que nos hace pensar en otro monte, ya no el de las bienaventuranzas, ni el de la multiplicación de los panes, sino en el Gólgota, el lugar de la crucifixión y de la muerte, pero también el triunfo de su resurrección. Y es estando en ese ambiente de frescura y de libertad, teniendo a la vista la hermosura del lago de Tiberíades, cuando Jesús se percata del hambre de las gentes reflejada en sus rostros, aunque no se lo hubieran expresado verbalmente. Les manifestó de inmediato su preocupación a los apóstoles que pusieron el grito en el cielo y se hicieron los desentendidos, manifestándole que aunque tuvieran dinero en abundancia, de ninguna manera encontrarían nada que darles a las miles de gentes que se habían congregado en torno a Jesús. Creyeron que con eso le dejarían tapada la boca a Jesús, pero estaban muy lejos de imaginarse lo que Cristo haría a continuación. Cayeron en la cuenta de que las cosas de la humanidad y el alimento para los hombres no se arreglan con milagros ni siquiera con dinero sino con la generosidad y con el saber compartir los propios bienes. Dios no actúa directamente, prefiere como mediadores a los hombres, y por eso Cristo acepta complacido el obsequio que un joven le hace de sus panes y sus pescados.
No tenemos el hombre del joven que ofreció el alimento que le daría su propio sustento y su seguridad, para que pudiéramos poner cada uno nuestro propio nombre, y “ayudarle” a Dios a repartir los bienes que él destina para todos los hombres aunque a nosotros nos parezca ruinmente que se trata de bienes que nosotros hemos adquirido “legítimamente”, a base de esfuerzo, de trabajo, o a lo mejor de algunas patrañas o estrategias o incluso como fruto del robo o del despojo. El hecho es que aquel joven se desprendió de su propio alimento y lo puso en las manos de Jesús. Me imagino la mirada de ternura y de bendición que Jesús le dirigiría y en seguida, luego de bendecir a Dios y de pronunciar “la acción de gracias”, lo que nos recuerda a la Eucaristía, se dispuso a repartir con sus propias manos el alimento para todos aquellos miles de comensales que previamente ya había sido sentados y distribuidos, sentados en la hierba que proliferaba en ese lugar. Las gentes comieron de lo lindo, comieron a sus anchas, y yo me imagino que como nadie se lo impedía, metieron en sus alforjas para los que habían quedado en casa o para el día siguiente. Y aún, recalcan mucho los evangelistas, sobraron canastos, 12 en concreto, de restos de comida que Cristo quiso que se reunieran cuidadosamente para que no se desperdiciaran.
Cuando fuimos chicos, quisiéramos haber estado delante de Jesús para ver su cara, su rostro, su expresión y sus manos multiplicando y repartiendo el pan para todas aquellas gentes, pero si hubiéramos estado presentes, nos hubiéramos llevado la gran decepción, pues no hubo nada extraordinario en la acción de Jesús, que debemos recordar que era el Hijo de Dios que había asistido a la creación de este mundo maravilloso. Lo extraordinario y lo que constituyó el milagro fue precisamente la acción generosa de aquel joven, lo que hizo de Cristo se mostrara generoso y pródigo con todas aquellas gentes.
Y sin quererlo aquí vendrían para nosotros una cascada de conclusiones tan solo con ver que la humanidad está dividida entre los que tienen pan y los que no lo tienen, que parece que son mayoría en el mundo y en las naciones. Y parece también que las naciones que más tienen son las que están teñidas de cristianismo, pero que han cerrado sus compuertas, sus graneros y su corazón al resto de la humanidad que descansaría con la generosidad de los que han logrado amasar las grandes fortunas.
Hay varios “milagros económicos” de familias o de naciones, ahí está Alemania, Japón y quizás a últimas fechas España que han logrado multiplicar asombrosamente los bienes materiales y económicos pero que se han mostrado incapaces de repartirlos adecuadamente ni siquiera de lo que les sobra, de modo que nadie perezca de hambre. Esas naciones tienen entre ellos gente de varios colores, solo negros, que viven en condiciones de verdadera miseria. En parte a eso se debieron los disturbios de Francia y de Paris en los meses pasados que tuvieron en jaque a las autoridades. Con el hambre no se puede.
Y el espacio apenas alcanza para dos consideraciones finales. La primera, tenemos que imitar al joven donante de los panes y los pescados, si queremos hacer algo por Dios y retribuirle en algo lo mucho que él nos da, pongámoslo todo en manos de los hombres y de los necesitados y habremos hecho lo que a Dios le gusta. Y segundo, si recordamos que “no solo de pan vive el hombre”, busquemos, encontremos y aceptemos ese pan maravilloso que Dios quiere para todos los hombres, y que aún está en posesión sólo de una quinta parte de la humanidad, el pan hecho Cuerpo de Cristo y la bebida hecha Sangre de Jesús, indispensables en el camino de nuestra propia salvación. Que no vaya a pasar que lo más sagrado y al mismo tiempo el mas sencillo de los alimentos, el Cuerpo de Cristo Jesús lo guardemos celosa pero ruinmente por no querer convertirnos en una Iglesia misionera que lleve el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía a todos los hombres.