¿Olvidar sin perdonar o perdonar sin olvidar?

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DOMINGO 24 ORDINARIO, 11 DE SEPTIEMBRE  

Estos días primeros del año escolar es un gusto contemplar la llegada de los niños a la escuela, cargando sobre sus espaldas, casi hasta doblarse, las pesadas   mochilas que ahora se han inventado para tener las manos libres y cargar mas cosas aún, la torta para el recreo, o la fruta para la maestra.   

Esto me hace pensar que cada uno de nosotros, en nuestro trato diario con las gentes que nos rodean, vamos siendo lastimados y comenzamos a cargar sobre nuestras espaldas y sobre el corazón, pesadas cargas que a veces vienen de mucho tiempo atrás y que nos hacen sentir mal y gastar una cantidad tremenda de energía en mantener esa situación lastimosa y ese rencor, que a veces llega incluso a enfermarnos.  Este domingo Cristo viene a nuestro encuentro con una de esas parábolas morrocotudas que él acostumbraba, invitándonos al perdón sanador y salvador, de la misma manera que el Buen Padre Dios nos ha perdonado. El asunto fue provocado por Pedro que en el colmo de su generosidad le preguntó a Cristo si estaba bien terminar de perdonar a los demás cuando se hubiera llegado  al número siete. Pero la respuesta de Cristo en resumidas cuentas fue decirle que hay que perdonar siempre, y para eso fue desenvolviendo la trama de su cuentecito, sobre un patrón que perdonó a uno de sus trabajadores una suma de varios millones, cuando éste le suplicó que tuviera compasión de él, pero que en cuanto el empleado salió de la entrevista con el patrón no quiso perdonar la deuda de unos cuántos pesos a un compañero de trabajo. Y el empleado lo pasó muy mal cuando su patrón se enteró de su conducta.

 

LO QUE NO ES EL PERDÓN Y SUS CONSECUENCIAS  

Las pequeñas deficiencias de cada día, un pisotón, un empujón, alguien que se burló de nosotros llamándonos pelón o gorda o chimuelo, y  que nosotros convertimos en una gran tragedia y en un berrinche sensacional que se oye hasta el otro lado del mundo. Y nos juramos hacer que el otro la pague esperando el momento oportuno para hacerle eso mismo y algo más  para “que vea cómo se siente”.  

Hemos llegado a considerar el perdón como  una debilidad que nosotros no podemos permitirnos, hay que hacer que el otro pague, que se manifieste primero la justicia, el que la hace la paga, para que aprenda, para que no se le ocurra volver a hacer lo mismo, ¿Qué porqué procedió el otros así? A mí que me importa, que sufra, que le duela.  

Casi siempre  nos sentamos en nuestro trono de gloria, nos sentimos magnánimos, nos sentimos muy buenos  o casi como por cortesía y se nos ocurre que nosotros tenemos que perdonar a todos los que nos han ofendido, pero decir nosotros: “!Perdónenme ustedes!” y comiencen a caminar a mi lado,  es algo que no se nos ocurriría ni por equivocación.  

¿Ya perdonaste?  Es muy frecuente oírlo, sí ya se me olvidó, ya no lo recuerdo, lo cuál equivaldría a lo que con cierta frecuencia ocurre en las operaciones, que la herida se cierra en falso, pero por dentro quedó el malestar y al paso del tiempo aquella herida supura y hay necesidad de volver a abrir para sacar el mal de raíz. Olvidar sin personar será hacer que el corazón resulte dañado porque el rencor volverá algún día tarde o temprano, y el mal se verá agrandado y hasta con intereses.  

El otro extremo es también sumamente frecuente, perdonar sin olvidar, es que me hierve la sangre cada que me lo encuentro y tenemos frases muy hechas y muy trilladas: te perdono, pero no te vuelvas a parar por aquí, no quiero volver a verte, nomás que no te encuentre y verás, si te vuelves a cruzar conmigo, te juro que no descansaré hasta hacerte pedacitos, lo cuál equivale a dejar sobre la cabeza  del otro la espada de Damocles, como quien dice, aquí tengo el recibo y te lo puedo cobrar en el momento que a mi me de mi regalada gana, lo cual equivale a darle un apretón más a las cadenas del odio y la venganza.  

Y todavía podremos entretenernos en algunas situaciones que vamos creando en nuestra vida diaria: me ofendió, pues le aplicaré la ley del hielo, para que sienta, para que no se le vuelva a ocurrir tratarme así… te saliste con la tuya, pero me la vas a pagar… fuiste injusto conmigo, pues no perderé el momento para echártelo en cara… me trataste mal en tu ventanilla, pues no descansaré hasta que te quiten el trabajo… quisiste pasarte de listo conmigo, pues aunque tenga que gastar más en los trámites legales, ya verás cómo no te sales con la tuya…por lo menos vamos a quedar mano a mano, para que entiendas. 

Si me han seguido hasta aquí mis sufridos lectores, será entonces el momento de tomar papel y pluma, comenzar a anotar a personas concretas con las que hemos tenido problemas o enemistades, y si encontramos que nos han ofendido, comenzar a dar el perdón, sin guardar ya resabios, rescoldos o resentimientos, pero desde dentro de nosotros mismos, descargando esa mochila que traemos cargada, pero si encuentro  que yo soy el que ha dañado, lastimado o herido a los demás, comenzar por el ejercicio de pedir perdón y liberarnos también de otra carga que hace muy difícil nuestra vida. Y si lo hacemos dejante de una imagen de Cristo crucificado, sentiremos una situación nueva que nos hará respirar a pleno pulmón, porque nos habremos desprendido de una carga que nos había hecho sufrir por mucho tiempo.  

Y aquí enlazaríamos con la pequeña segunda parte, para caer en la cuenta que el perdón siendo tan difícil, nunca vendría a lo humano, si no tenemos el auxilio de la fe, y el ejemplo de Cristo que desde lo alto de la cruz escribió la página mas bella de amor y de perdón a todos los hombres, pues perdonó y disculpó a todos los que hemos sido marcados con el pecado y la carga de la culpa: “perdónalos, porque no saben lo que hacen”, sin olvidarnos que el mismo Cristo puso como única condición para perdonarnos, el perdonar nosotros mismos: “Perdónanos… como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. San Pablo llegará a decir: “Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros”,  

Y los dos renglones que me quedan, serán para decirles que el perdón de Dios, al que debemos imitar, tiene características muy especiales: es TOTAL, no se guarda nada, puedes estar seguro de que nunca  más de echará en cara tus delitos: es INCONDICIONAL, con tal de que aceptes con arrepentimiento el perdón que Dios te da; es una APUESTA a favor nuestro, pues el Padre confía en sus hijos totalmente, y finalmente el perdón de Dios es HUMANIZADOR  pues hace sentir al hombre el cariño, el amor, el gozo del hijo que regresa a los brazos amorosos del Padre, que no pide cuentas, y que recibe con un abrazo y que hace fiesta por el hijo que regresa arrepentido a la casa del Buen Padre Dios.  

¿Por qué no comienzas hoy mismo a ejercitar el don del perdón a tus propios hermanos, comenzando por el perdón a ti mismo, ya que Dios sí te ha perdonado?