Las pisadas de Jesús en las polvorientas callejuelas de Nazaret

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Domingo 14 ordinario 2006

Cuando has llegado a cierta posición, cuando has completado una carrera profesional, cuando tienes ya en tu vida algo que comunicar, normalmente piensas en tu propia tierra y vas allí con la esperanza de compartir tus conocimientos, de llevar algo de lo que has conseguido, o descansar en el ambiente y entre las gentes que tú conociste y amaste. Eso le pasó a Jesús. Estaba en la primera etapa de su ministerio y todo parecía sonreírle. Las gentes le buscaban, había completado el número de sus apóstoles, de sus amigos, de sus confidentes. Se mostraba pródigo con todos, con los enfermos, con los ancianos, con los niños, y todos se iban con una curación o un consuelo. Aún no hacìan aparición sus enemigos, los poderosos, los directores de las clases acomodadas, los dirigentes de la religión judía.

Ya sólo una cosa le faltaba a Jesús: regresar a su propia patria, a su terruño donde había pasado parte de su infancia y parte de su juventud. Quería volver a visitar las polvorientas calles de Nazaret. Quería abrazar a los ancianos que lo había visto crecer. Quería saludar a sus compañeros de juego, que ahora ya eran todos casados y respetables señores de familia. Pero sobre todo, quería llevarles las primicias de su ministerio. Por eso, un buen día, dejando a las gentes que había venido a verle, dirigió sus pasos a Nazaret. La noticia corrió como reguero de pólvora, de manera que cuando hizo su arribo, ya las gentes que lo conocían, habían salido a su encuentro. La casa de María se vio poblada de visitantes que querían saludar a Jesús, quien había vivido durante muchos años con ellos, ocupado en el trabajo duro como su padre, en los menesteres de cada día y en los largos momentos de silencio y oración en la montaña cercana. Las gentes que lo conocían, le habían preguntado discretamente a María que cuando casaría a su hijo, y no le faltaban proposiciones de padres que estaban más que dispuestos a dar lo que fuera, con tal de ver a Jesús, fuerte, varonil, buen tipo, casado con alguna de sus hijas. María callaba discretamente. Algunos eran más atrevidos y se hacían preguntas sobre porqué Jesús seguía soltero, contra todas las tradiciones del pueblo, y por razón de ya todos sus compañeros estaban casados.

En ese intento de llevar la salvación a los de su mismo pueblo, se dirigió el sábado a la sinagoga del pueblito, la capillita donde se reunían las gentes para la oración, para la alabanza y para la escucha de la Palabra de Dios. Ese día se presentaron hasta los que no tenían costumbre de asistir a la asamblea semanal. Los hombres que cupieron, estaban en el interior y las mujeres intentaban escuchar lo que se decía en el interior. Ellas no podían penetrar al interior. Voluntariamente omito lo que Cristo dijo en esa ocasión a sus coterráneos, porque el texto que escuchamos este domingo, el de San Marcos así lo hace, y centraremos la atención en la reacción que causó entre aquellas gentes el mensaje de Jesùs. La primera reacción, pues, fue de sorpresa. Era un pueblo pequeño, de pocos moradores, donde más pocos todavía sabían leer, y alguien que hablaba tan sabiamente, y tan cercano a ellos, hizo efecto inmediato entre esa gente sencilla. Todo iba bien hasta entonces, pero alguien de los más grandes, que por cierto no oía bien, poniéndose las manos en las orejas, como para captar mejor el mensaje, comenzó a preguntar a los que estaban cerca, pero con la intención de que todos oyeran: "¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿Qué no es este el carpintero, el hijo de María? ¿Qué no viven aquí entre nosotros sus parientes? ¿Qué se ha creído? Si lo vimos mocoso cuando pequeño, si subía cada mañana con su rebañito de ovejas al monte, luego de haber ayudado a José en su taller, si es uno de nosotros, si lo vimos con su túnica remendada y el manto que le regalaron sus parientes, ¿por qué se las viene a dar de profeta entre nosotros? ¡Que se vaya a ponerles los ojos pintos a otras gentes, porque nosotros no caeremos en sus redes!

Ese día experimentó Jesús lo que significó para muchos profetas en el pasado, el ser rechazado por sus propias gentes, que en sus esquemas estrechos no se imaginaban que Dios va llevando a los hombres por los caminos que él quiere, pero con la ayuda de los mismos hombres, a pesar de las deficiencias y los errores de éstos.

Ese día Jesús experimentó la vergüenza de ser rechazado no por su sabiduría, por su manera ingeniosa y sencilla de hacer llegar el mensaje de salvación, sino por ser "uno más entre ellos", porque lo sentían tan semejante, tan vulgar y corriente como ellos, por su parentela conocida por todos ellos, y quizá por ser pobre, un poquito más pobre que ellos. Ya es una experiencia de todos los días, a los pobres nadie los escucha. No fueron capaces de otear el horizonte de salvación que Cristo les proponía. No se fijaron en la dirección que marcaba el dedo de Jesús y sólo acertaron a decir que ningún dedo de alguien tan sencillo pudiera tener ninguna orientación que darles. Mas tarde San Juan llegará a decir dolorosamente que la Palabra "Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron".

Ese día fue un parte aguas para Jesús. Desde ese momento, algo ocurrió en su interior y desde entonces Jesús rompió con las sinagogas, ya no volvería a predicar más en ellas, y desde entonces, intensificó su búsqueda de los hombres, pero donde ellos se encontraban, en sus fiestas, en sus trabajos, en sus diversiones, en sus fracasos, en sus enfermedades y angustias, en sus propios ambientes. 

Para nosotros este cambio de actitud de Jesús tendría que ser una indicación del Señor de lo que está pidiendo de nosotros, que podamos encontrarlo en las gentes que nos rodean, que no pretendamos buscarlo en el templo, sino donde los hombres se encuentran, para llevarles el consuelo de la Salvación. Al templo acudiremos a la alabanza, a la asamblea Eucarística, a ser fortalecidos por los Sacramentos de la gracia, pero el servicio, la fraternidad, la ayuda, precisamente donde los hombres se encuentran.

Ese día se cerró la etapa de popularidad de Jesús, las grandes multitudes de Galilea, la gente franca de Galilea, y le esperarían los enemigos en Jerusalén, las grandes discusiones con esas gentes de más estrecha mirada y allá, lejos de su querida tierra le esperaría también la muerte.

Desde entonces, Jesús concentrará su mirada, su acción y su enseñanza en los apóstoles, para prepararles a la nueva etapa de evangelización, ya no por los caminos polvorientos de Galilea y Judea, sino por los amplios caminos de todo el mundo. Ellos, los apóstoles, acapararían desde entonces los mejores momentos de Jesús, sin demérito de las gentes que seguirían llegando a buscarle, porque habían adivinado que desde entonces, para llegar a Dios solo se podría hacer a través de la humanidad y la divinidad de Jesús. 

El texto de San marcos termina comentando que Jesús no pudo hacer milagros en Nazaret, pero que sí curó a algunos enfermos, imponiéndoles las manos, pero no quiso complacer la curiosidad de esas gentes que le pedían algo espectacular para poder creer en él.

Si suponemos que tú eres la tierra de Jesús, la amada tierra de Jesús, el lugar donde él quiere descansar, ¿Cómo será tu recepción? ¿Con qué cara lo recibirás?