¿De qué van llenos los costales de tu vida?

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Domingo 11 ordinario 2006

El hombre ha desplegado una actividad asombrosa que le permite dominar y señorear sobre el mundo en el que desarrolla su vida y su futuro. Los adelantos en el mundo de la ciencia, o la tecnología o en las comunicaciones sociales nos dejan asombrados, y con un asombro como el de los niños, que no se cansan de asombrarse, cada que las mamás juegan con ellos, escondiéndose tras del pañal o de la cuna. 

Todos los días nos sorprendemos con nuevos descubrimientos. Pero sería bueno volver a asombrarnos con las maravillas naturales que presenta nuestro mundo, cualquiera de ellas, por ejemplo, la más pequeña de las semillas que podáis encontraros en el camino. ¡Qué maravilla salida de las manos de Dios! Sorprende la fuerza que la semilla tiene en sí misma. No necesita internamente nada para germinar, brotar y desarrollarse como un árbol fuerte, frondoso, que resiste las más grandes tempestades. Parece que han sacado semillas de trigo de las tumbas de los antiguos faraones en Egipto, las han puesto en tierra, y germinan como si hubieran sido de la cosecha del año anterior. Y tienen dos o tres mil años ocultas. ¿No es asombroso? Las máquinas de los hombres necesitan renovarse cada día, los jóvenes lo saben, cada dia hay sistemas más sofisticados que conjuntan la telefonía, la televisión, la fotografía, la música e incluso, si quieren, la pornografía que llega fluida hasta sus propias manos; y las semillas germinan aunque hayan sido guardadas por cientos de años en un ambiente seco.

Cristo lo dice magistralmente con una de esas parábolas que también están germinando aunque tengan dos mil años de existencia: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece: y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”.

Esta parábola nos sugiere muchas cosas, un asombro grande ante un Dios que nos ha escogido por amigos, por confidentes, y por decirlo en una palabra, NOS HA ESCOGIDO COMO HIJOS. Esa es otra de las maravillas que Dios destina para nosotros. Estamos en el Reino de Dios, pero lo estamos como hijos, y esa paternidad va creciendo en nosotros, de día y de noche, en el trabajo y el descanso, en el sosiego y en la actividad, e incluso en el pecado, invitándonos a salir de él. La gracia de Dios no duerme, invitándonos a crecer y crecer, porque al fin y al cabo, llegará el dia de la siega, de la cosecha, y entonces se manifestará el árbol que ha dado fruto y el que permaneció siempre estéril.

Ciertamente la obra de la gracia siempre será obra del Señor y de su Espíritu, sin que nosotros podamos hacer nada por acrecentarla. Sin embargo, dado que somos hombres, y tenemos voluntad propia, sí podemos propiciar ese encuentro de la gracia con el hombre mismo. Eso puede ser la oración, el buscar la intimidad con el Señor que nos ha llamado a su amistad. Afirma Benedicto XVI en su encíclica sobre el amor de Dios: “Ha llegado el momento de reafirmar, la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo de muchos cristianos comprometidos en el servicio caritativo. Obviamente, el cristiano que reza no pretende cambiar los planes de Dios o corregir lo que Dios ha previsto. Busca más bien el encuentro con el Padre de Jesucristo, pidiendo que esté presente, con el consuelo de su espíritu, en él y en su trabajo. La familiaridad con el Dios personal y el abandono a su voluntad impiden la degradación del hombre, lo salvan de la esclavitud de doctrinas fanáticas y terrorista. Una actitud auténticamente religiosa evita que el hombre se erija en juez de Dios, acusándolo de permitir la miseria sin sentir compasión por sus criaturas”.

Y otro de los requerimientos para un crecimiento del amor de Dios en nosotros, sería la apertura a la Iglesia, que ha tenido el encargo de hacer presente el Reino de Dios entre los hombres hasta llegar al último de los mortales. Eso era lo que pedía el Papa Benedicto XVI a aquel millón de Jóvenes que se reunieron para el encuentro con el recién estrenado Papa a las orillas del Río Rhin. El recordaba a Edith Stein que en su adolescencia había dicho: “Había perdido conciente y deliberadamente la costumbre de rezar”. Y a continuación les dijo a los jóvenes: “Durante esos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejaos sorprender por Cristo. Dadle el “derecho de hablaros” durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestra alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón. En estos días benditos de alegría y deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de la Iglesia como lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En la Iglesia y mediante la Iglesia llegaréis a Cristo que os espera”.

Me hubiera gustado estar ese día entre los jóvenes, para contemplar la mirada del Papa y sentir el vigor que ponía, su convicción, desde sus muchos años a aquellas gentes en pleno vigor, que tienen muchas veces una gran desconfianza hacia la Iglesia y hacia sus ministros. 

Finalmente creo que la gracia de Dios se desarrolla misteriosa y silenciosamente, pero requiere de parte del hombre las obras, el amor, la respuesta generosa, la vida según los mandamientos del Señor. Es imprescindible nuestra colaboración. Al respecto, me platicaron de dos mulas que tuvieron que hacer juntas un camino, una de ellas iba cargada con dos pesados bultos de sal, y la otra, también cargada con dos voluminosos pero ligeros costales de estropajos. Ésta última mula miraba ufana a la primera porque su carga era ligera y por eso le llevaba varios pasos adelante. Pero en una curva del camino hubo necesidad de pasar un río caudaloso, y la mula que llevaba estropajos, a medida que se internaba en el agua, sentía que su peso se hacía insoportable, al grado que casi se hundía pues los estropajos se impregnaban de agua, en cambio la mula cargada con sal, a medida que se metía al agua, sentía que su peso se aligeraba, pues la sal se disolvía en el agua.

Eso tendría que ser nuestra vida, cargados de sal, cargados de buenas obras, cargados de una vida de servicio, como respuesta a la gracia de Dios, de manera que a la hora de transponer el umbral de este mundo, el momento por el paso de río de este mundo al otro, al momento de la siega y de la cosecha, seamos encontrados con frutos abundantes y maduros y podamos ser buen trigo para la mesa del Señor.