¿Dónde estaba Dios cuando los campos de exterminio? ¿Porqué se quedaba callado?

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

Domingo de Pentecostés 2006

Visitar el campo de concentración para el exterminio en Auschwits en Polonia, es sobrecogedor. Pasar el portón que tiene grabadas en lo alto “El trabajo  hace libres” es recordar la miseria, los lamentos y la muerte que cobijó a millones de seres humanos inocentes en ese lugar. Hoy es un museo, pero un museo de horror, que inspira muchas preguntas. Yo tuve oportunidad de estar ahí, en los días en que era párroco de una parroquia dedicada a San Maximiliano Kolbe, sacerdote, y estaba interesado en visitar la celda donde murió de hambre y de sed, para salvar la vida de un prisionero que tenía esposa e hijos. Me imaginaba un museo como se acostumbra, donde se guardan objetos de valor artístico sobre todo, pero me encontré con un museo que tiene vida y que está convertido en un lugar desde donde se ora para que ese holocausto realizado ahí y en otros lugares, no vuelva a repetirse para vergüenza de la humanidad.

 

 Ahí te pasean por amplias salas donde puedes ver en una, pelo humano empaquetado para ser transportado a Alemania, para hacer frazadas y otros objetos. Luego está la sala de objetos, que les iban quitando a los prisioneros, unos, objetos metálicos, dentaduras, rastrillos de rasurar,  otra donde puedes contemplar miles y miles de zapatos de todos tipos, ropa, maletas etc., pero lo que más conmueve, son las salas donde los prisioneros eran metidos desnudos, para un supuesto baño higiénico, pero donde eran  en cambio bañados con gases asfixiantes que rápidamente acababan la vida de aquellos infelices que se apiñaban sobre los cadáveres de los que iban cayendo, buscando un poco de oxigeno que les hiciera vivir aunque fuera unos instantes más. Luego está el paredón de fusilamiento y los hornos crematorios donde murieron y fueron incinerados miles y miles de personas, cristianos y judíos. Pero sobre esos lugares, cada día hay miles y miles de arreglos florales, y velas y veladoras, llevadas por los familiares de las personas que ahí encontraron la derrota y la muerte.

 

¿Porqué la mención de Auschwits precisamente en este día de Pentecostés? Pues porque el Papa Benedicto XVI ha estado en ese lugar, en su viaje a Polonia, y personalmente ha pedido visitar el campo de concentración. Ahí ha pronunciado unas palabras, una oración, que sin duda alguna nos harán pensar a todos. No tengo el discurso completo, pero me ha parecido interesantísimo una pregunta que todos llevamos en nuestro corazón cuando tenemos dificultades, reveces y tropiezos en la vida. El silencio de Dios. Como que el Papa se ha hecho eco de esa inquietud del corazón humano, y ahí se ha planteado la pregunta: “Señor, ¿porqué callaste?”  “¿Porqué has podido tolerar todo esto?” y poco después, vuelve a preguntar “¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Cómo pudo tolerar… este triunfo del mal?”  El Papa clamó la misericordia de Dios y oró por todos los difuntos, y exclamó a manera de respuesta: “No podemos escrutar  el secreto de Dios, sólo vemos fragmentos y nos equivocamos cuando nos queremos convertir en jueces de Dios y de la historia… No, en definitiva, debemos seguir con nuestro humilde e insistente grito hacia El: ¡Despierta! ¡No te olvides de tu criatura, el ser humano!

 

Y apenas un día o dos después de la estancia del Papa en Auschwits, el presidente de los rabinos de Italia, Giuseppe Laras, retoma la pregunta del Papa y comenta que “antes de preguntarnos por el silencio de Dios, es necesario preguntarse por el silencio del hombre, es decir, ¿dónde estaba el hombre en Auschwits? Y continúa diciendo el rabino, “en el fondo, el hombre es una criatura que lleva impresa la imagen de Dios. Es una criatura dotada de libertad. Tenemos que considerar que seguramente el hombre no ha ejercido de manera digna el poder de la libertad que le ha sido dado por Dios, de manera que antes que plantearse una pregunta sobre Dios, una pregunta teológica, es necesario plantearse una pregunta sobre el hombre, una pregunta ética o sociológica”.

 

Ahora caigo en la cuenta de que ya me llevé una página entera y no he entrado a decir una palabra sobre Pentecostés. Y aquí partiría precisamente de esa afirmación del rabino romano, somos imagen de Dios, tenemos libertad, en eso nos parecemos a Dios, pero por eso mismo tenemos que estar abiertos a la gracia de Dios, para hablar la misma lengua que él, y volver a repetir el prodigio de Pentecostés, cuando gentes de muchas lenguas, reunidas cincuenta días después de la resurrección de Cristo, para una fiesta judía, pudieron ser testigos aquel fragor y aquél estremecimiento que dejó transformados a los apóstoles de Cristo Jesús y de hombres tímidos y cobardes, fueron transformados en intrépidos y valientes testigos de la fe en la muerte y resurrección de Cristo su maestro. Ese día todo mundo podía entender el mensaje de salvación proclamado por primera vez por Pedro, y los que creyeron en el Señor Jesús, tres mil, señala el Libro de los Hechos de los Apóstoles, ese mismo día fueron bautizados y admitidos a la gracia y a la salvación de Dios.

 

De ahí que San Pablo llegará a decirnos: “Los exhorto a que vivan de acuerdo con las exigencias del Espíritu; así no se dejarán arrastrar por el desorden egoísta del hombre”. Parecería que San Pablo estuvo también en Auschwits, donde campeaba el orgullo de una raza que quería convertirse en el prototipo de toda la humanidad, aunque para eso tuvieran que arrasar con medio mundo.

 

Y así, llegaríamos a quedar frente a frente a Cristo que en la última cena promete al Espíritu de la verdad, el que guía, el que orienta, el que anuncia las cosas por venir, pero sobre todo el Espíritu de amor que podrá hermanarnos y conducirnos por ese único camino, el del amor, hasta hacer una humanidad fuerte, unida, cristiana, en camino a su propia liberación y a su propia salvación: “Cuando venga el consolador, que yo les enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, él dará testimonio de mí y ustedes también darán testimonio… él los irá guiando hasta la verdad plena…El me glorificará…tomará de lo mío y se los comunicará a ustedes”.

 

Yo estoy muy impresionado por la Palabra del Papa en Auschwits, y por eso, queriendo que nosotros todos estemos abiertos a la gracia del Espíritu Santo a quien celebramos hoy, en torno a la Resurrección de Cristo, termino simplemente citando dos párrafos de su discurso:  “Nuestro grito a Dios  tiene que ser al mismo tiempo un grito que penetra en nuestro corazón para que despierte en nosotros la presencia escondida de Dios, para que el poder que ha depositado en nuestros corazones no quede cubierto o sofocado en nosotros por el fango del egoísmo, por el miedo de los hombres, por la indiferencia y el oportunismo”.

 

Y si no estuviéramos abiertos a la gracia del Espíritu Santo que puede transformar nuestros corazones,  las situaciones, muy a nuestro pesar como el que se suscitó en el campo de concentración, se seguirán dando, en otras formas y en otros lugares: “Por eso, dice el Papa, considero necesario elevar este grito a Dios en el momento actual, cuando parecen surgir nuevamente en los corazones de los hombres todas las fuerzas oscuras: por una parte, el abuso del nombre de Dios para justificar una violencia ciega contra personas inocentes, y por otra, el cinismo que no reconoce a Dios y que hace burla, escarnece la fe en Él”.