Los cristianos protestan por la desmilitarización de las fronteras del cielo
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
Domingo 06 de Pascua 2006
Se abren las fronteras del cielo y todos los indocumentados, o sea que no sean cristianos, podrán pasar con tal que hayan procedido según su conciencia y no hayan hecho mal a sus hermanos ni estén fichados en sus respectivos países. Y la razón de abrir las fronteras es porque el amor del Buen Padre Dios es incontenible y quiere abarcar a todos los hombres, pues por eso les envió a su Hijo Jesucristo, para atraerlos a todos hacia sí.
Así presentaba un periódico diocesano la situación que se vivió en los primeros años del cristianismo, donde el profundo y marcadísimo nacionalismo de los judíos, quería imponerse aún a los mismos apóstoles, pero el Espíritu Santo pudo más que esa corriente y se decidió porque el Señor así lo quiso, que se admitiera a los paganos sin imponerles más obligaciones que las que el mismo Cristo nos dejó, sin pasar por las costumbres y las obligaciones judías. Esto está contemplado en el primer texto de la Escritura que escucharemos en todas las iglesias católicas este domingo.
Pero mi intención en escribirles no iba por la línea del ecumenismo, de la apertura de la gracia de Dios a todos los hombres, sino de una cosa que viene muy ligada ciertamente con aquella.
Sin embargo, lo haré a través de una carta que uno de mis lectores me ha enviado: “Querido Padre: Soy Ignacio, de 25 años, actualmente ejerciendo mi trabajo en un laboratorio astronómico. Siempre creí que tenía fe, porque eso fue lo que aprendí de mis padres desde pequeño, las oraciones, los rezos, las peregrinaciones, las medallas, los escapularios, los rosarios, de los que tenía varios, en varios estilos, y me aficioné a las buenas celebraciones eucarísticas y a los conferencistas que muy frecuentemente llevaban a mi parroquia. Cuando crecí, seguía aficionado a varias de esas cosas, pero yo sentía que algo me faltaba, tenía fe, creía en Dios, en Jesús, en la Virginidad de María, nunca se me hubiera ocurrido pensar, como ahora se propala a los cuatro vientos, que Cristo pudiera ser deshonesto y tener su mujer o su amante en la Magdalena para sus viajes, acompañando a los apóstoles, ni menos que algunas gentes fueran descendientes de esa unión oscura de la que definitivamente no hablan los Evangelios, que es la única Palabra inspirada para confianza de los creyentes. Tenía fe, pues como llevo dicho, y tenía las prácticas, los ritos, me encantaba mezclarme con la gente en las ocasiones en que nos rociaban con agua bendita. Pero conforme crecía, delante de mis amigos yo sentía cierta vergüenza que no alcanzaba a explicarme. Y aquella inquietud personal que tampoco me explicaba crecía en mí, hasta quitarme el sueño en algunas noches. No obstante, debo ser sincero y confesarle que mi fe o mejor mi flojera no me impulsaba ir un poco mas adelante, a investigar un poquito mas.
Pero la respuesta vino un día en que con un grupo de amigos asistimos a la Eucaristía dominical, acompañando a la hija de un compañero de trabajo que hacía su primera comunión. Ahí, el sacerdote, ya de cabeza blanca, proclamó el Evangelio, y parecía que no tenía prisa pues iba remarcando cada palabra que salía de su boca, y yo sentía que cada palabra que iba saliendo era dirigida a mí, para señalarme la carencia que yo sentía en mi vida.
Luego supe que el sacerdote estaba leyendo el Evangelio de San Juan en el Capítulo 15 donde Cristo daba sus últimas instrucciones a sus amados apóstoles. Y les decía: “COMO EL PADRE ME AMA, ASÍ LOS AMO YO… PERMANEZCAN EN MI AMOR… SI CUMPLEN MIS MANDAMIENTOS, PERMANECEN EN MI AMOR… y a continuación Cristo continuaba: ESTE ES MI MANDAMIENTO, QUE SE AMEN UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO… ¡Cómo caía en mi corazón como la lluvia en tierra seca lo que decía Jesús!... NADIE TIENE AMOR MAS GRANDE QUE EL QUE DA LA VIDA POR SUS AMIGOS… YO NO LOS LLAMO SIERVOS SINO AMIGOS, y terminaba Cristo remarcando una y otra vez lo que ya llevaba dicho…ESTO ES LO QUE LES MANDO: QUE SE AMEN LOS UNOS A LOS OTROS”.
Ese día no me dio vergüenza llorar delante de mis amigos, porque tenía la respuesta a la inquietud de mi vida. Me di cuenta en un momento, que ya tenía la fe, ya tenía las celebraciones que me encantaban, pero faltaba lo que siempre debería estar entre esos dos extremos: LA VIDA. Cuando comencé a verme a mí mismo con los ojos y la mirada y el corazón de Cristo, me di cuenta que eso era lo que me faltaba y por eso me avergonzaba delante de mis amigos de mi pertenencia a la Iglesia, porque yo no vivía en los mandamientos del Señor, y entonces caí en la cuenta, y no culpo totalmente a mis papás, de que además de darme el gusto por las cosas de la Iglesia y por las oraciones, no me hubieran enseñado a VIVIR en el amor, pues luego caí en la cuenta de que si bien teníamos dinero y podíamos disfrutar de cosas que otros no podían era porque mi papá no era justo con sus empleados y sus obreros en la fábrica, les escamoteaba siempre que podía los servicios sociales a los que estaba obligado, e inventaba pretextos para correr a los empleados que empezaban a ponerse viejos, aunque solo tuvieran cuarenta y cinco años, para no tener que correr con una ayuda de toda la vida, y en la casa también se manejan las cosas un poquito de la misma forma. Ahí la sirvienta era la sirvienta, tenía lugares en la casa a los que no tenía acceso, le daban la comida pesada, medida y contada y ni esperanzas que un día pudiera sentarse con nosotros a la mesa, pues era simplemente la sirvienta.
Y echando un vistazo a mi propia vida, me di cuenta que no era muy legal con mis novias, pues fingiendo un gran amor por ellas, algunas veces conseguí lo que yo quería, el placer para mi propio cuerpo y para mi propia persona y en mis estudios no faltaba manera de copiar o de agenciarme trabajos de mis compañeros, para evitarme el tener que pasarme aburridas horas frente a los libros.
Hoy mi vida ha cambiado, y quiero gozar de ese amor del Padre que Cristo me ha mostrado, y quiero con mi propia entrega, mostrar que ese amor que Cristo nos pide para todos los hombres, no puede ser solo AFECTIVO, hecho de palabras bonitas y sonrisas a diestra y siniestra, sino de un amor EFECTIVO y REAL, que nos lleve a dar hasta que nos duela como decía la Madre Teresa, y hacer que si bien a Dios no lo vemos ni lo podemos ver con nuestros ojos mortales, lo hagamos visible a través de nuestro compromiso personal, familiar, social e incluso político en el medio en que nos ha tocado vivir. Espero, padre que me sirva mi testimonio. Quiero decirle finalmente, que ahora ya no me avergüenzo delante de mis amigos de mi celebración eucarística, ahora intento vivir según la Gracia y el Espíritu Santo que Cristo me ha dado, y mis amigos ya comienzan a acompañarme a Misa”.
Gracias, Ignacio, por tu bonito testimonio que me ha liberado de escribir a mis queridos lectores, pues tu carta refleja maravillosamente el mensaje de Cristo en este domingo.