Ponciano es capaz de raparse por no peinarse
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
DOMINGO 33 ORDINARIO, 13 DE NOVIEMBRE 05
De que los hay, los hay. Flojos siempre ha habido, y son los que detienen la marcha de la humanidad a la conquista de este mundo maravilloso que nos ha tocado vivir. Tipos que se cargan y se cargan sobre los otros siendo a veces un peso insoportable para quien querría ir un poco más aprisa a la conquista de sí mismo y del mundo que nos rodea. Incluso en las cosas del espíritu, en orden a la salvación, también hay gente que vive despreocupada, sin ganas, tirando por la vida, pretendiendo que se es bueno porque no se hace nada mano, y lo dicen con una gran desfachatez: “Yo no robo, ni mato, ni me acuesto con la mujer del vecino… estoy en paz con Dios”. Pero Dios no piensa de esta manera, pues a todos nos dio dones, cualidades, carismas, un equipo bien dotado, de manera que nadie puede quejarse de venir desprovisto a este mundo. La vida no es para enterrarse en un hoyo, y las cualidades, los dones que se nos dan para el camino, muy mal haremos con desconocerlos, con enterrarlos, con pasarnos como si no los tuviéramos. Eso eran los famosos “talentos”, monedas de gran riqueza, a través de las cuales Cristo urde una de sus grandes parábolas, instándonos al trabajo alegre, fecundo, creador, en bien de nuestro mundo y de los que nos rodean.
Cristo mismo se fijó pues, en esa flojera de los hombres y nos ha dejado una parábola muy interesante que comparto con ustedes, aunque no con las mismas palabras que él usó para hablarnos de la importancia de trabajar concienzudamente mientras el Señor vuelve para hacernos pasar a su presencia.
Cristo hace pasar el Reino de los cielos como un hombre rico que tuvo que ausentarse de su lugar por mucho tiempo, y como tenía confianza en varios de sus servidores, al mismo tiempo que aumentaba su caudal, pensó en beneficiarles haciéndoles trabajar en algo productivo para ellos mismos. Por eso, a uno le dejó diez millones para que los trabajara, a otro cinco millones y a un tercero un millón de pesos. Cuando el tiempo pasó y el amo quiso recobrar su dinero, llamó al primero que le mostró otros diez millones que había ganado con su ingenio y su trabajo. Lo mismo pasó con el segundo, que entregó otros cinco, fruto de su labor continua. Ambos fueron felicitados, y se les notificó que gracias a su ingenio y colaboración, estaban llamados a un ascenso, se les confiarían cosas de mucho más valor, y además se les invitó a “entrar en el gozo de su señor”.
Pero el tercer de los servidores, lo vamos a bautizar como Haragancio Blandón, que con muy poco ingenio, y sin ganas de arriesgarse en lo absoluto, cuando le fue entregado el dinero de su amo, buscó un lugar, el más apartado en el desván de su casa, y en un jarrón inservible, dejó el dinero para que no le fuera robado. Cuando el amo lo llamó a cuentas, se presentó con un bulto bajo el brazo, entregó el millón en efectivo y se esperaba una felicitación por su honradez, pero lejos de eso, se llevó la reprimenda de su vida. El amo, sumamente enojado le reclamó con toda razón el porqué no invirtió su dinero en alguna fábrica para generar empleos, o por lo menos que hubiera invertido el dinero en el banco para que le generara intereses: “Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho lo que no he plantado y recojo lo que no he sembrado…recójanle el dinero y dénselo al que tiene más, pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aún eso poco que tiene”.
Ya veis entonces como Cristo hace la aplicación y por la parábola no se reprende al servidor flojo por su honradez a carta cabal, sino por no tener el ingenio suficiente para hacer fructificar los bienes que le confiaban. No se le castigó por honrado, sino porque teniendo la confianza de su amo, aunque las cosas le hubieran salido mal, el amo habría entendido y lo habría llamado a la misma alegría que los anteriores sirvientes.
Para nosotros, cuando estamos ya al final del año civil y más cerca del final del año litúrgico, es bueno hacer un examen de conciencia, porque al fin y al cabo, el día del juicio del Señor se acerca y todos debemos estar preparados. Pero cuando hablo del día del juicio del Señor, no estoy hablando de un ajustar cuentas delante de todos. Ya saben como es “ajustar cuentas” entre los narcotraficantes. Cualquier traición se paga con la muerte. Y Cristo definitivamente ni vino a asustarnos ni vendrá a ajustar cuentas. Es hoy cuando nos confía su gracia, sus dones, sus carismas, sus misterios, sus sacramentos y su plena amistad y solidaridad cada uno de nosotros. Por eso, resuenan hoy en nuestros oídos aquellas palabras de Juan Pablo II en ese precioso documento, “El nuevo milenio entrante”, que nos dejó al final del Jubileo del Año Santo: “recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” Heb. 13,8”.
Tres verbos preciosos que el Papa usa para situarnos en el momento con plena alegría: “RECORDAR con gratitud el pasado”. Volver la vista atrás nos engrandece, recordar nuestra historia nos honra, porque en ella nos damos cuenta cuánto nos ama el Señor, que en medio de las penas y las dificultades propias de la vida ha ido dejando caer en nosotros gracia sobre gracia, embelleciendo nuestra vida como un cielo oscuro donde brillan infinidad de estrellas que ensanchan el corazón. Nadie vino desprovisto de talentos, todos tenemos algo que aportar a los demás, no queriendo retener avaramente en nuestra mano cerrada los dones que el Señor ha sembrado en nuestro camino.
“VIVIR con pasión el presente”, vivir como el Papa Juan Pablo vivió, apurando hasta la última gota de energía de ese cuerpo suyo que se le fue encorvando, que se le fue enfermando, pero que le aguantó hasta lo último para poder acercarse a todos, para que él pudiera dejar una humanidad más unida, más generosa, más viva, más cristiana, más cercana al corazón de nuestro Dios. Tenemos tanta energía dentro de nosotros, tenemos tantos dones, ¡Vamos a ponerlos al servicio de nuestros hermanos los hombres”. Así no tendremos temor a ningún juicio, ni siquiera el juicio final, pues si supimos abrir nuestra mano para ayudar, más abierta encontraremos la mano del Señor para introducirnos a su presencia, acompañados de quienes pudimos ayudar en el camino.
Finalmente, “ABRIRNOS con confianza al futuro”, pues nuestra fe nos prepara para caminar, para avanzar, para vivir en total apertura hacia los demás, a imitación de Jesucristo que supo darlo todo para salvarnos a todos. Si él está a nuestro lado, ¿Qué podemos temer? Pero si nuestros bienes fueron considerados como un fruto y patrimonio exclusivo para nosotros mismos, con una exclusión total de los demás, entonces sí tendremos porqué preocuparnos porque ya no tenemos a Cristo como intercesor, sino a San Haragancio como patrono, y él no estará ahí para representarnos y defendernos.