Las Bodas de Cristo

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DOMINGO 32 ORDINARIO, 6 DE NOVIEMBRE 2005

Cristo que nunca fue casado, pero hablaba muy bien de las bodas, asistía a ellas con mucho gusto, y llegó a comparar el Reino de los cielos con un banquete de bodas. En las bodas Cristo se sentía a gusto, porque participaba de la alegría sana, sencilla de los hombres que se comprometen de por vida a compartir y a buscar juntos la felicidad. Es más, el primer milagro, la primera manifestación de su divinidad, se realizó precisamente en una fiesta de bodas, curiosamente a instancias de su madre que quiso sacar a flote a un par de novios que la iban a pasar muy mal al no poder atender a sus invitados, porque les faltaba el vino indispensable para atender a sus invitados.

Hoy Cristo nos presenta una de sus parábolas, contada en los últimos días de su vida, cuando ya veía el fatal final que se aproximaba sobre su propia persona. Recordemos que estamos al fin de un año litúrgico, en el que Dios nos ha dado oportunidad de ir siguiendo la historia de la Salvación en la que está inmersa nuestra propia vida. 

¿Cómo eran las bodas en tiempo de Cristo? La boda era una celebración muy sencilla, pero que llevaba aparejada una gran alegría, y que había que preparar con mucha anticipación, porque no duraba unas cuántas horas como entre nosotros, sino varios días, quizá una semana. Cuando se llegaba el día señalado por ambas familias, la novia se preparaba con sus “mejores garritas”, como decimos en México, se adornaba con las joyas de que se disponía y se esperaba el arribo del novio con sus familiares, normalmente de noche. Y en medio de música, de antorchas para alumbrar la oscuridad, venía el traslado de la novia, de su casa, a la casa del novio, y ahí comenzaban los días de fiesta, de algarabía y de profunda convivencia entre ambas familias, además de los habitantes del lugar, que consideraban como propia la fiesta de los muchachos. Las viandas y el vino eran según la categoría económica de las familias, pero el vino nunca faltaba, considerándose no tanto como un licor que emborracha y hace perder el juicio, sino como un verdadero alimento que alegraba las horas y los días de la boda. 

Así podemos entender la parábola de Cristo que habla de diez vírgenes, de diez muchachas que salieron en medio de la noche con sus lámparas encendidas, en espera del esposo, pero cinco de ellas llevaron provisión de aceite por si les llegara a faltar, en cambio, cinco de ellas se contentaron con el aceite que podía contener las lámparas. Como el novio se tardó el llegar, todas se quedaron dormidas, pero de pronto un grito alegre y vibrante las hizo despertarse: “! Ya viene el esposo, salgan a su encuentro!”. Y ahí vino el lío, porque las que no llevaban suficiente aceite, se dieron cuenta con vergüenza que se estaban apagando sus lámparas, sin las cuales no podrían llegar en medio de la noche, pues el camino era escabroso. Pidieron ayuda a las previsoras, pero se encontraron con que no fueron atendidas cuando pidieron un poco de aceite, pues les hicieron ver que por la premura del tiempo y la inminencia de la llegada del novio, corrían el riesgo de que no alcanzara ni para unas ni para las otras. Así llegó el novio en la alegría y el regocijo y la música hasta la sala del banquete, las muchachas entraron con el resto de los convidados y se cerraron las puertas. Cuando las descuidadas llegaron, el tiempo de entrar ya había pasado, y aunque tocaron y tocaron, la respuesta desde dentro fue que ya no había lugar para ellas, porque todos los invitados estaban completos. 

En esta ocasión Cristo hace la aplicación a nuestra vida, cuando dice “! Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora!”.

Se trata, pues de algo importante para nosotros, que no podemos quedarnos en lo anecdótico de la parábola, sino que tendremos que quedarnos con el alegre grito en medio de nuestra noche y de nuestro mundo: “Ya viene el esposo, salgan a su encuentro”. Se trata del Salvador, se trata de Cristo, se trata del que ama a todos los hombres a costa de su propia vida, se trata, pues de Jesús el Salvador, y no del coco con el que pretendemos espantar a los niños. Es el Hijo de Dios que viene encabezando la marcha de todos los hombres a la Casa del Padre, al banquete de bodas, a las bodas del Cordero, en las cuales todos nosotros esperamos vernos. Para eso, habrá necesidad, pues, de estar preparados, de estar vigilantes, pues la recompensa será grande para los que se mantengan en vela para acudir a la única, a la verdadera, a la última cita, a la cita postrera. 

Aventuremos alguna consideración entonces sobre las falsas y la verdadera vigilia entre los hombres. Desde luego estaría la de los que no ven ninguna importancia en que el Salvador venga o haya venido. Están tan entretenidos en sus propias cosas que parece que ya nada esperan porque la vida los ha dejado satisfechos y no hay nada que esperar, si hay otra vida, les tiene sin cuidado.

Una segunda vigilia seria inútil, como cuando estamos en la sala de espera para entrar con el médico, con los brazos cruzados, pensativos, silenciosos, o aventurando una conversación con alguno de los otros pacientes, u hojeando alguna revista médica que no tiene ningún interés. Es la actitud de los que dicen que no hacen nada malo, ni roban ni matan, ni se acuestan con la mujer del vecino, pero ya el no hacer nada es hacer el mal.

Otros serán los impacientes, que quisieran en un solo día ganar la entrada al cielo, pero sin esfuerzo, sin lucha, sin compromiso, con la mirada en el cielo, pero sin hacer nada para que el pan llegue a todas las mesas de los hombres y se pueda vivir en la justicia, en la paz y en el amor.

También están los olvidadizos, los que dicen: “Señor, Señor”, pero no hacen la voluntad del Padre y se olvidan del Evangelio, de la práctica del mensaje de Jesús, tienen fe y esperanza, teóricamente, creen que Dios es Padre, que todos los hombres son hermanos, creen también en la Iglesia, cómo no, y esperan la salvación, pero no aman, no dan un paso más allá, atenidos a que Cristo ya lo ha hecho todo.

Finalmente, están los que esperan todo el Amor de Dios pero no se desentienden de amar a sus propios hermanos, los que quieren llegar puntualmente a la cita, los que ponen en práctica el mensaje de Jesús, que es algo personal e intransferible, lo que pasaba con el aceite de las muchachas. Y dado que la finalidad de la parábola de Cristo es indicarnos que no sabemos ni el día ni la hora, entonces, hacerlo todo, el trabajo, el taller, la oficina, la fabrica, el campo, como si fuera el último día de trabajo, demostrando de paso a la mujer o al marido o a los hijos o a los padres que nuestro amor no es lengua de perico, además de socorrer al que tiene su mano tendida como si fuera la última oportunidad de ayudar, y finalmente pedir perdón hoy mismo a Dios y a los que ofendimos, al mismo tiempo que perdonamos a los que nos han ofendido. Quizá el día de mañana ya seria demasiado tarde.

¿Porqué no te preguntas si ya estás en esta última categoría?