A ti te lo digo mi'jo entiéndelo, tú mi nuera

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DOMINGO 26 ORDINARIO, 25 DE SEPTIEMBRE

Una de las relaciones que más dificultades dan en la convivencia humana es la de la suegra y la nuera. Es un parentesco necesario muy difícil. No se establece comunicación fluida entre ellas, y muchas veces tiene que hacerse a través mismo del hijo, para que los efectos se hagan sentir. 

Pero con Cristo las cosas no pasaban así, él era muy claro en su manera de ser, y ofrecía liberación y su trato humanizaba a las personas, hasta hacerlas distintas cuando éstas no oponían resistencia. Por eso, a los hombres religiosos, a los directores sociales y políticos de su tiempo, les lanzó un día a boca de jarro una pregunta: “¿Qué opinan ustedes de esto?” Y a continuación les contó la historia de un padre de dos hijos, al primero de los cuales lo mandó a trabajar a su viña, y el muchacho dijo: “Sí, como no”, pero no fue. Y al ver el resultado, el Padre le pidió lo mismo al segundo que con toda franqueza, como todo buen chavo de su tiempo le dijo que no iría y que hiciera como quisiera, pero enseguida se arrepintió y fue al trabajo señalado. A continuación, Cristo volvió a preguntar a sus oyentes: “¿Cuál de los dos hijos hizo la voluntad del Padre?”. Y con sus mismas palabras les hizo entender que para Dios no valen las buenas intenciones ni los credos de memoria, ni las largas disertaciones teológicas, ni el tener todo el día a Dios en la boca, y hablar muy bien de él, sino en hacer su voluntad: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. 

Sin embargo, en esta ocasión las palabras de Cristo tenían una intención muy clara con respecto a aquellas gentes que iban a tener una relación muy directa con su juicio y con su muerte. Por cierto, y aquí hago un paréntesis, para preguntar a mis lectores: ¿Quién mando a la muerte a Cristo, el Hijo de Dios? ¿Los malos o los buenos? Ya me imagino la respuesta, pero si hemos de ser sinceros, no es la respuesta que están pensando, pues los buenos fueron los que mandaron a Cristo a la cruz, fueron los hombres más religiosos de su tiempo, los que creían que estaban de parte de Dios, los que hacían oración diaria, los que pagaban puntualmente sus impuestos y sus diezmos y sus primicias, gentes muy religiosas pero de muy malos sentimientos, gentes que siempre estaban hablando de lo religioso, de Dios, de la fe y en el fondo de su corazón no cambiaban, no se inmutaban, no se abrían a la gracia de Dios. Probablemente tenían religión, pero no auténtica fe. 

Es a ellos a los que dirige la historieta, para hacerles ver que aunque decían a todo que sí, como el primer hermano, no estaban haciendo la voluntad de Dios, en cambio, los pecadores, las prostitutas, las gentes de mal vivir, los usureros, una vez que hubieran aceptado la Palabra de Dios, y una vez convertidos a la gracia de Dios, serían ellos los primeros en entrar al Reino de los cielos, no así los que se pensaban ser los primeros, los predilectos, los consentidos del Señor pero que no habían convertido su corazón a él.

Y aquí vendría la aplicación a nuestra vida, somos creyentes, somos cristianos, pero Jesús está pidiendo de nosotros acción, obras, signos, algo que haga ver a los demás que tenemos fe, que tenemos confianza en la salvación que Jesús propone, y que a pesar de las adversidades, nada nos quita nuestra pertenencia al Reino de los cielos que Cristo ya ha inaugurado con su presencia en el mundo, aunque todavía no se manifieste todo lo que llegaremos a ser. 

Esto nos pone, pues, en un gran predicamento, pues una cosa es hablar, una cosa es participar en las celebraciones cristianas, pero otra es empeñarse en ser un auténtico cristiano. Y aquí radica la falla que los jóvenes señalan y que los mantiene alejados de la fe y de la Iglesia, cuando los cristianos no dan señales claras y precisas de su fe. Y dicen: ¿Se fijan en Doña Pomposita que no se pierde una misa diaria y sin embargo está peleada con todo mundo? ¿Y qué me dicen de don Peregrino que no se pierde una ida a San Juan de los Lagos, pero tiene hijos regados por toda la ciudad? ¿Y el Padre don Zutanito que habla tan bonito, pero al final de la Misa se sube en su coche y se da la gran vida, mientras muchas gentes se las ven negras para comer? ¿Y ustedes, papás, que me vistieron de blanco para mi primera comunión, pero se dieron la gran peleada delante de mí, porque nos cachamos a mi papá dándose de besos con la vecina que vivía al otro lado de la casa?

E igual que a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo les cayeron gordas las palabras de Cristo que les espetaba, también a nosotros nos sucedería los mismo, cuando anuncia que las prostitutas y las gentes de mal vivir se nos adelantarán en el camino si no somos capaces de convertir nuestro corazón a Dios. Y cuando hablamos de prostitutas y de gente de mal vivir, Cristo no las está excluyendo, pues son gentes que viven esclavizadas, muchas veces a pesar suyo, pero que convertidas al Señor, pueden llegar a ser luz, a ser faro, a ser santas, como María Magdalena y otras muchas magdalenas que han sido modelo en su vida. Yo no puedo olvidar lo que me ocurrió alguna vez en algún lugar del mundo, cuando acababa de terminar una misión de una semana en el pueblo. Sí, es verdad que vinieron las gentes, me escucharon, algunas de ellas se acercaron a la confesión, cantaron en la misa de clausura, pero cuando ya me disponía a subir al coche, una mujer se acercó muy silenciosamente a pedirme que la confesara. Me dio un poquito de coraje que me lo pidiera precisamente cuando ya me disponía a dirigirme a mi siguiente encomienda, y le pedí que me viera en la parroquia tal día para poderla atender. Pero me dijo: ¡Hay, Padre, ¿a poco cuando a un hijo suyo se le atora un hueso en el pescuezo, usted le pide que se espere hasta la siguiente semana para llevarlo con el médico?”. Y ahí mismo en la calle, hicimos la más fervorosa confesión en mi vida sacerdotal, porque era una mujer que había sido abandonada por su marido con diez de familia, y por las noches había tenido que dedicarse a vender su cuerpo para poder mantener a su numerosa familia, ya que todas las puertas se le había cerrado. Dios quiere mucho a quienes se le entregan y se convierten a su amantísimo corazón.