La liberación del perdón

Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda

 

 

DOMINGO 24 ORDINARIO, 11 DE septiembre de 2005

Cuentan que un día todos los salvados en el cielo se dieron cuenta de que por injusticia o por error, un hombre bueno y que merecía la salvación había sido condenado y metido hasta lo más profundo del infierno. Eso causó una gran revolución, porque nunca se había dado caso semejante en toda la historia de los hombres y de los cielos. Y el Señor mismo quiso ir con los ángeles y los santos para poner pronta solución a tan grave problema. Llegaron y desde una altura considerable, pudieron contemplar que efectivamente el individuo señalado estaba sufriendo entre los condenados. Rápidamente el Señor mandó a uno de sus principales ángeles que rescataran a Inocencio, así le llamaremos. Bajó el ángel, y previniendo que se le quemaran las alas, tomó a Inocencio del pescuezo y rápidamente lo fue elevando con él. Pero como la ocasión la pintan calva, los condenados, al ver que el ángel se acercaba y rescataba a Inocencio, con toda premura fueron abrazándose al cuerpo, a los brazos y las piernas del que dejaba para siempre las llamas del infierno. Todo en Inocencio en ese momento era una profunda acción de gracias, porque viéndose ya condenado, ahora se elevaba por lo alto hasta llegar a los cielos a donde él pertenecía. Pero al mismo tiempo, mientras subía, y viendo cuántas personas se le habían colgado, iba haciendo grandes esfuerzos por desprenderse de todos ellos, y cuando ya estaba muy cercano a encontrarse con el Señor, hizo un último esfuerzo, y con un movimiento violento de los pies, se desprendió finalmente de los últimos tipos que se le habían colgado de sus miembros. Eso sí que enfureció al Señor, que exclamó con fuerte grito delante de todos: “¡Déjalo caer, hay que hacer un juicio sin misericordia para el que no tuvo misericordia de sus hermanos!”.

Bien entienden mis lectores que ese cuento no pudo darse en la realidad, pues el Señor y los suyos no pueden permitirse un error de esa naturaleza, como si a la computadora celestial se le hubiera caído el sistema. Pero esto nos da oportunidad de acercarnos a ese don exquisito del perdón de Dios, don inigualable, del que nunca podremos agradecer suficientemente, pero que nos viene dado por un exceso de su bondad, de su misericordia y de su amor para los hombres. Y esto nos lleva a una segunda consecuencia, si Dios nos ha perdonado, también nosotros debemos perdonar a los que nos han ofendido, y a la vez, será condición, la única e indispensable condición para ser perdonados: “Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. 

Sin embargo, debemos decir que el perdonar, que no significa simplemente olvidar sin haber perdonado, o perdonar pero sin olvidar, es una decisión del corazón, es una determinación de nuestra voluntad. Y eso tampoco significa que estemos de acuerdo con la acción o con la persona que nos ofendió, ni significa que nosotros no podamos tomar cartas para ser rehabilitados después de la ofensa, ni significa en todos los casos que tengamos que decir expresamente a la persona que efectivamente le perdonamos. En algunos casos esto es muy difícil y en algunas ocasiones ni siquiera recomendable. Pero que descanso se siente en el corazón, cuando ya no tenemos que emplear más energía en odiar, en guardar rencor, en conservar el rescoldo del odio o el deseo de venganza. La otra persona podrá seguir siendo mala, perversa, pero ya no le damos poder en nuestro corazón, pintamos la raya, nos desligamos de ella, y nosotros podremos vivir en una gran paz interior. 

Yo entendí esto, cuando un amigo me platicó que en alguna ocasión alguien le había ofendido gravemente, y por mucho tiempo guardo un gran rencor y cada que se encontraba con la persona, sentía que todas las tripas se le revolvían. Pero un día se decidió, y delante de una imagen de Cristo crucificado, tomó la firme determinación: “perdono a fulano y nunca más usaré un su contra mi rencor, mi resentimiento y mi resabio”. Y él mismo se hacía la reflexión, pues al mismo tiempo que odiaba a su hermano, él tenía una cuenta considerable con el banco, y no tenía con qué pagar, de manera que cada que pasaba por el banco, volvía a sentir la misma impresión en sus intestinos. Hasta que un buen día logró saldar la deuda, y después cuando pasaba por el banco, aunque se acordaba de los días en que estaba apurado por la deuda, ya no sentía ningún movimiento en su vientre. Así también, cuando tenía que encontrarse con el que había sido su enemigo, ya no sentía aquella impresión tan dura en su entraña y podía mostrarse desligado de su antiguo enemigo.

Como mi mensaje en esta ocasión es en exclusiva para los lectores de CHOPPER que se ha adelantado un número, quiero comunicarles lo que me ocurrió en una ocasión en algún lugar del mundo. Una señora vino a mí porque por muchos años había estado enferma, había visitado cuanto consultorio le recomendaron, había hecho todos los estudios que le habían pedido y los resultados siempre, siempre eran los mismos: “No tenía nada físicamente”. Hasta que un médico conciente, le recomendó visitar a un psicoterapeuta o a un sacerdote, o alguna otra persona, pues en los consultorios, en los laboratorios y en las clínicas ya no iba a tener ningún resultado y seguiría gastando todo su dinero hasta quedar en la vil chilla. 

Platiqué con ella, y oré con ella, no se cuanto tiempo, y después de orar mucho y de hacer memoria de su vida, resultó que en su niñez, cuando ella no podía expresarse, con mucha pena de su corazón, vio que un individuo sin misericordia, había violado a su madre delante de sus ojos. Tal fue su impresión y su odio a quien maltrataba a su madre de esa manera que desde entonces vinieron todos sus males. Cuando ella estuvo conciente de esa situación, también ante un crucifijo, pudo perdonar al violador y descargar su odio, su rencor y su profundo y oculto deseo de venganza. Tiempo después me encontré a la señora, y me confesó que desde el día que había logrado perdonar desde lo profundo de su corazón, habían desaparecido milagrosamente sus dolores y ahora era la persona más feliz y más sana de todo el universo.

Nosotros no vivimos un drama como el de la señora, pero vamos cargando resabios, resentimiento y rescolditos que ocupan mucho espacio en nuestro corazón y que no nos dejan respirar a pleno pulmón. ¿Cuándo liberarás tu corazón de tales rescoldos? ¿Cuándo lo dejarás respirar a sus anchas? ¿Cuándo te atreverás a hacer el ejercicio del perdón de faltas pasadas, para que de paso el Señor mismo te perdone?