Entrevista después del Cónclave
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda
DOMINGO SEXTO DE PASCUA
Aprovechando la estadía del Señor Jesús en el Cónclave que había elegido al nuevo Papa, Benedicto XVI, quise abordarlo, y afortunadamente pude hacerlo poquito después de que cerraran ventana del balcón central de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, después del inolvidable primer encuentro con el pueblo de Dios. Jesús venia flamante, con una sonrisa y una alegría que no podía ocultar de ninguna forma. Yo iba con la idea de preguntarle algunas cosas de las muchas que ocurrieron en la última cena con sus Apóstoles, pero casi casi fue él el que me abordó, pues a boca de jarro me espetó: “¿Te fijaste qué rápidamente eligieron a “Beny” los ciento 115 cardenales? ¿No te parece asombroso que hayan interpretado tan bien mi sentir de elegir a un solo hombre de entre ellos, viniendo de tantos lugares, de países tan distintos y con tantas culturas y tantas maneras de pensar? Pero lo que es más asombroso, ¿te fijaste que dentro del Cónclave no estuvieron por primera vez sólo los cardenales, sino mucha gente, muchos millones, muchísimos millones de creyentes que se colaron hasta dentro con su oración y su súplica?” Yo no hice más que dejarme contagiar por la alegría de Jesús, con esa alegría que le transmite constantemente su Espíritu, que puede ser llamado el Espíritu de la alegría.
Y fue el mismo Jesús el que me interrogó: “Y cómo se veía “Beny” en el primer encuentro con el pueblo de Dios y con los romanos que en unos cuántos minutos, cuando se dieron cuenta del famoso humo blanco, salieron de sus casas y de sus trabajos para llenar completamente la plaza del Vaticano?”. “Ay, Señor, respondí yo, la verdad me pareció un hombre sencillo que tenía miedo, un miedo que pude constatar en los dos o tres homilías que pronunció en la misma semana de su elección. Un miedo que todos hemos sentido alguna vez en nuestra vida...” Y no pude terminar, porque Jesús me dijo: “Si, es verdad, pues el “carguito” que le encomendamos no era para menos, pero también te habrás dado cuenta que en su miedo y en su temor, tiene una gran confianza en la Providencia de Dios y en la oración, y por eso le pidió a los cardenales y a mi pueblo santo que no lo dejaran solo, que lo acompañaran con su oración para que pudiera ser fiel al mensaje que tiene que transmitir y al testimonio que tiene que dar diariamente a los hombres para congregarlos en la unidad? Con esa confianza, si mi pueblo santo logra sostenerlo con su oración, mi nuevo Pastor hará maravillas en el mundo”.
Si, es verdad, tuve que asentir, aunque reconozco que en un primer momento me dejé influenciar por los periodistas, que ya tenían un formulario hecho en caso de que el Cardenal Ratzinger saliera electo, donde lo mostraban como un hombre duro, cerrado, inflexible, casi un ogro que haría que la Iglesia caminase en sentido contrario a la marcha de la humanidad, pero después, o mejor en el mismo momento de su primera entrevista con el pueblo de Dios, sus brazos me parecieron largos, demasiado largos para su pobre cuerpecito, como queriendo abrazar a toda la humanidad, y eso me hizo respirar con tranquilidad, porque esos brazos que saben abrazar de tal manera a la humanidad, no pueden hacerle daño, sino al contrario, sabrán inspirar confianza y abandono en los brazos amorosos de nuestro buen Padre Dios. Y después, debo confesar que los testimonios de muchas personas que han estado cerca de él, que lo conocen en los largos años que ha servido a la Iglesia en los pasillos vaticanos, nos presentan a un hombre afable, sencillo, bondadoso, abierto, que sabe escuchar y que sabe sonreír, además de que lo presentan como un hombre de ideas claras, cualidades que le harán un gran pontífice, con las propias características que ha ido adquiriendo a lo largo de sus 78 años”.
Pero el tiempo corría, y aún con el miedo de turbar la alegría de Jesús en ese momento, me atreví a preguntarle, porque mis lectores semanales querrán saber un poco sobre el texto evangélico de estos domingos de Pascua, sobre la promesa que Jesús les hizo a los apóstoles y al mundo de darles un “Paráclito”, un enviado, un consolador, un abogado, un iluminador, y también para que me aclarara lo del amor que tiene que ser distintivo de los seguidores suyos. Él me aclaró que efectivamente en esa ocasión les prometió a su Espíritu Santo para que estuviera siempre con ellos, para que no los dejara solos, para que los consolara mientras él estuviera ausente, y para que lo pudieran llevar a todos los hombres, para que todos pudieran gozar de la paz, de la alegría y del perdón que él conquistaría para todos los hombres desde lo alto de la cruz, por su entrega y por la donación de su propia vida, pero sobre todo desde el momento de su resurrección, fruto también de su unidad con el Espíritu Santo de Dios. Pero no solo eso, les pidió que ellos a su vez, pudieran convertirse en consoladores de sus propios hermanos, y me recordó lo que su hijo Pablo había escrito en su segunda carta a los Corintios: “Bendito sea el Dios y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, que nos consuela en toda tribulación para poder nosotros consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que nosotros somos consolados por Dios”. Y de paso, me recordó lo que San Francisco, ese hombre según el corazón de Dios había dicho en su tiempo. “ Que no busque tanto el ser consolado, cuanto el consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar...”.
Todo eso me hizo reflexionar, que cierto es que se necesitan manos de “Consolador, de Paráclito”, para tocar el cuerpo de los pobrecitos enfermos, los que más sufren en el mundo, los abandonados, los que han sido contagiados de Sida, los que han sido abandonados por sus familiares en los hospitales o en albergues que se convierten para ellos en prisiones de las que nunca volverán a salir. Se necesitan manos para tocar a tantos niños fruto de una relación furtiva y que se quedaron sin el aliento y el consuelo de un padre sobre la tierra. Manos para consolar a tantos cónyuges que se quedaron sin su compañero o su compañera que salieron por la puerta cuando la enfermedad entró por la ventana. Manos que puedan no retener ávidamente la riqueza que han ido acumulando sino que puedan abrirse para llevar ayuda y consuelo a tantas gentes que aún a pesar de todos sus esfuerzos, no pueden tener una condición digna ya no digamos de hijos de Dios, pero siquiera una condición digna de todo ser humano.
Finalmente Jesús me recordó, puedo citar expresamente sus palabras, que tener el Espíritu Santo en el corazón nos capacita para poder llevar a término ese deseo y ese mandato suyo de amarnos los unos a los otros: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos... El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él”.
Confortado con la sonrisa de Jesús, la contagiosa sonrisa de Jesús, me alejé de los pasillos Vaticanos, donde había tenido lugar mi última entrevista.
Tu amigo el Padre Alberto Ramírez Mozqueda