Puntualidad, otra forma de robar

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

Nos emociona ver caer un rayo y observar como destruye en un instante una gran roca; pero nos pasa desapercibida la destrucción de toda una montaña rocosa por esas pequeñas gotitas de agua que se infiltran entre sus grietas, y que al congelarse, las van desmenuzando poco a poco sin remedio.

La falta de puntualidad es uno de esos “pequeños defectos” a los que nos hemos acostumbrado, al que no le damos importancia, y que, a la larga, terminan arruinando la convivencia entre personas y algún que otro negocio. Este es uno de esos temas hay que estar sacándolos a la luz contínuamente. Observemos algunos casos corrientes: Es normal, que en una comida entre amigos se reúnan más de treinta personas. Es corriente, que una o dos falten a la hora convenida. Vamos a esperar quince minutos por “cortesía”, se dice siempre. ¿No será más bien que esa cortesía nos convierte en cómplices de esos que en algunos países se les llama “ladrones de tiempo”? ¿Por qué más de treinta personas tienen que ser respetuosos con una o dos que no las respeta?

Sucede también que en reuniones multitudinarias: mítines políticos, obras de teatro, actividades religiosas, conferencias culturales , actividades deportivas, etc. el “personaje principal” se retrasa cinco, diez minutos, o incluso media hora o más, haciendo perder el tiempo a docenas o a cientos de personas. Hoy día, cuando cualquier hora de trabajo sale por más de 21 euros (Más de 1,71 euros los cinco minutos) es fácil calcular que cualquiera de estos “personajes” está tirando a montones el dinero de los demás, sin que nadie les exija responsabilidades.

 Algunos, con evidente falta de sensibilidad, llegan incluso a considerar los retrasos como signo de prestigio social. O sea, que la reina de Inglaterra, exquisitamente puntual en todos sus actos, debe estar equivocada.

Te espero de siete a ocho, le dice Juan a Pedro, con lo cual éste tiene que subordinar una hora a Pedro, quien llegará a las siete, a las ocho o a las ocho y media o no llega como es demasiado habitual. Hay quien utiliza su tiempo y el de los demás como un sofá en vez de como una herramienta. 

Por otra parte, están esas esposas o madres que, un día si y otro también, tras preparar la comida con gran cariño y esmero, ven como su esposo o hijos se retrasan hasta echar a perder el fruto de su trabajo. En ocasiones, en estos hogares se pierde algo más valioso que el dinero, se pierde la alegría y la felicidad familiar por estos “pequeños detalles”.

Los periódicos suelen echar cuentas de las pérdidas que, de vez en cuando , provoca la llamada “Gota fría” con sus inundaciones. Sin embargo, nadie echa cuentas de las pérdidas provocadas diariamente por el tiempo perdido en las faltas de puntualidad, las faltas de previsión y organización burocráticas, los retrasos en las entradas y salidas al trabajo de funcionarios y no funcionarios, etc., etc. Los técnicos saben de las sorpresas que se producen cuando se estudian estos hechos en una fábrica o establecimiento cualquiera. Como el agua con las rocas, sin darse cuanta, algunas empresas se encuentran con su ruina. 
Por supuesto, que por unos u otros motivos, todos podemos llegar tarde a una cita, cosa humana e inevitable. Por eso, hemos de recalcar, que las notas anteriores se refieren muy especialmente a los que tienen como costumbre llegar tarde.

Cualquier acto social debería empezar y terminar a su hora, tanto si falta gente como si no. Muchas personas nos molestamos, no porque un acto dure más o menos; sino porque su duración no se corresponde con el tiempo esperado. La gente será puntual, como lo son en las corridas de toros, cuando sepan que el acto no se retrasa por que ellos no estén allí. 

Resultan un poco ridículas esas citaciones que hablan de “En primera convocatoria a las 8.... en segunda a las 8:30...”, con la cual, nadie se presenta a las 8.

La responsabilidad de estas conductas recae no sólo en los que así se comportan, sino también en los que pasivamente las toleramos- dentro de nuestras posibilidades- sin llamarlos al orden. En definitiva, hemos de ser puntuales; pero también exigir que lo sean los demás, si no queremos convertirnos en cómplices, y si realmente queremos poco a poco eliminar conductas que no se entienden ni se toleran en muchas naciones. En Suecia, por ejemplo, cuando invitan a una persona a cenar, si esta no llega a su hora, el resto no la espera.

Ser impuntual, robar el tiempo, tiene que ser para los católicos un pecado, y grave en más de una ocasión. Pero ¿ Quién se confiesa de este pecado? El tiempo no es sólo oro, es también armonía social y familiar, y es sobretodo: ¡vida!. Y nadie tiene derecho a disponer impunemente de la vida de los demás.