Miente que algo queda

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

“Pues mi mujer es tan buena, tan buena que habla bien hasta de sus amigas”. En la pequeña reunión de amigos y amigas surge un ¿Quéee…? ¿Cómooo…? Acompañado de una sonrisa de incredulidad primero y de un gesto de admiración después. Pues, sí señor, repite el afortunado marido: todavía no la he oído hablar mal de nadie, y lo que me sorprende aún más: habla bien de todo el mundo, en todos encuentra algo bueno. 

Tras la despedida, tres amigos continuamos la conversación, que deriva sobre las consecuencias sociales de la mentira, la murmuración, la calumnia, la maledicencia, los bulos, los enredos, el me han contado, se de buena tinta,…que emponzoña nuestras relaciones sociales, a veces, con efectos destructores, sobre el honor, la honra, la familia, las amistades o sobre la hacienda. ¿Quién no conoce algún caso en cualquier actividad humana?

En las sociedades económicas no son raras las empresas que se destruyen ante la simple sospecha, cierta o falsa, de que uno de los socios parezca, por ejemplo, que vive por encima de sus posibilidades. Todo empieza por ese: ¡ Oye! ¿Has visto el el chalet que se ha comprado tu socio? Sembrada la cizaña, esta ya no parará de crecer. Las relaciones se enturbian, las amistades se agrian. El final, quizá, la ruina de una familia. 

“Me han dicho que la mujer de Juan está liada con su amigo Paco. Lo se de buena tinta”. El bulo va corriendo hasta que llega a oídos de Juan. Con el corazón herido y la mente nublada Juan termina suicidándose – Nombres ficticios de un caso real- En otras ocasiones, el divorcio con todas sus consecuencias es otro trágico final.

En política, la mentira, el bulo, las medias verdades, las verdades sesgadas o el silencio se han convertido en una profesión de alto nivel. Algunos medios de comunicación son verdaderos especialistas en conducir al rebaño al aprisco fijado. La oposición de cualquier institución no hablará más que de los defectos del gobernante de turno. Nunca resaltará ni comentará más que lo malo, por tanto, miente. El gobernante no hablará mas que de lo bueno que hace, nunca se equivoca, por tanto, miente. ¿Mienten los políticos?.

 Mienten. Pero raramente engañan a las personas medianamente instruidas. Y mienten porque nosotros les obligamos a mentir con peticiones imposibles: “Queremos viviendas dignas ¡Ya! “ Exigimos un hospital ¡Ya! El AVE tiene que pasar por mi pueblo ¡Ya! . Como todo lo promete la oposición, el partido gobernante no puede ser menos, así que …”Puedo prometer y prometo…” , y además ¡ Ya !

En tiempos de guerra la mentira, bien manejada, se convierte en una de las armas más letales. La siembra de información falsa ha ganado más batallas que los cañones. Otro tanto se puede decir del espionaje industrial, capaz de arruinar a naciones enteras. Basta introducir en un puesto clave a una sola persona para hacer volar, mediante engaños, cualquier plan industrial o de guerra. En la guerra mundial y en su subsiguiente guerra fría tenemos multitudes de ejemplos.

¿Por qué esa necesidad imperiosa de mentir, de murmurar, de despellejar al amigo, y sobre todo, a cualquier persona de relieve? Una de las causas podría ser la envidia, consecuencia de un serio complejo de inferioridad. Necesitamos sobresalir, ser alguien, y cuando no podemos hacerlo por nuestros propios méritos, nos dedicamos a rebajar a los que nos sobrepasan por cualquier procedimiento, y la lengua es un procedimiento demoledor. No se trataría, entonces, de dañar o molestar a un tercero sino de llamar la atención sobre lo bueno que somos nosotros en contraposición al que estamos despellejando. 

Otra cuestión que anima a los cotillas, a los murmuradores, a los embusteros es la complicidad por cobardía de quienes los escuchamos. Por aquello de no molestar al maldiciente terminamos riéndole las gracias y sumándonos a su discurso, hasta que alguien interviene harto de simplezas: “ ¡ Oye Pedrito! Yo no sabía que tu te interesabas tanto por Juancho; cuando le vea, ya le contaré yo tus desvelos por él.” En reuniones políticas, religiosas, de trabajo o sociales ¿ Cuántas veces nos hemos apresurado a asentir a propuestas erróneas, falsas o incluso injustas, simplemente porque las pusieron encima de la mesa la mayoría o el jefe? ¿Cuanto daño hicimos? Por lo menos, aleguemos falta de información, pidamos más tiempo, votemos en blanco o no votemos; pero nunca digamos SI donde, en conciencia, tenemos la obligación de decir NO. 

La murmuración, el chismorreo tiene, de rechazo, un par de cosas buenas: a) El miedo a caer en lenguas viperinas que nos hace guardar las formas y evitar más de una faena. b) Ser una de las pocas cosas baratas que nos van quedando, siempre que no nos pasemos de rosca. De todas formas, ya es sorprendente que a lo largo de la historia sea un vicio tan utilizado por los hombres como combatido por todas las religiones e instituciones educativas. Desde hace más de tres mil años el Dios de Moisés escribió en una tabla de piedra: “No levantarás falso testimonio ni mentirás”, palabras que siguen repitiendo los nuevos catecismos. San Mateo machaca: “No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y con la medida con que midiereis se os medirá”. O sea, mentir es como escupir al cielo, antes o después la saliva nos caerá en la cara. 

Observamos que muchas personas parecen mudas o muertas si no están denigrando a alguien o a algo en todas las ocasiones, con estas personas es difícil, muy difícil la convivencia. Las personas mezquinas, calladitas, mejoran mucho. Con frecuencia sus lenguas están afiladas por el despecho de su propia miseria, al juzgar a los demás, ponen en sus críticas el amargor de sus propios fracasos. Pregúntenle: ¿ Has intentado hacer mejor eso que tu amigo hace tan mal? ¡ Qué raras veces hablan mal de nadie las personas de almas nobles! Hablar bien es gratis , y la recompensa suele ser espléndida. 

Norma elemental de prudencia y de higiene mental : “No juzgar hasta oír a todas las partes”. 

Ruinoso negocio es hablar mal de los que nos rodean. Se coge antes a un mentiroso que a un cojo. Al final, el embustero termina cayendo en su propia trampa . Los mentirosos, embaucadores, maldicientes, murmuradores lo son, la mayor parte de las veces, por falta de inteligencia más que por maldad, su incapacidad para cumplir con sus obligaciones les hace errar una y otra vez. Su propia estima se reduce progresivamente ante los demás, y amargado por sentirse inferior intenta por todos los medios rebajar- con la lengua- a los que le rodean para poder estar a su misma altura. Merecen lástima, y sobre todo, necesitan que se les pare los piés con energía para evitar los graves daños que pueden causar en personas inocentes. Tan responsables de esos daños – a veces muy graves daños - son tanto los maldicientes como esas “buenas personas” que escuchan pasivamente y con placer al inútil por falta de valor para hacerle callar. Al final, de la mentira, de la murmuración, especialmente cuando estas revisten cierta gravedad, ¿qué queda? : Una sociedad envenenada.

Por el contrario, que alegría y que paz engendran esas personas – que las hay, y muchas -, con cara sonriente, que siempre encuentran algo bueno en todo el mundo, siempre hablan bien de unos y de otros, o se callan cuando no pueden alabar. Siembran paz y optimismo. ¿ Qué guapa estás María? o ¡ Buen trabajo has hecho Pepe! Y, María y Pepe agradecidos aprovecharán la primera ocasión para pagar con creces a quien reconoció en ellos alguna buena cualidad.