Juventud sin techo

Autor: Alejo Fernández Pérez   

alejo_fp@terra.es

 

Diez de la mañana de un frío día de diciembre. De un parque céntrico, unos quince jóvenes de menos de veinticinco años, transeuntes, empiezan a salir de sus sacos de dormir. Han pasado una noche fría y húmeda al aire, bajo los bancos del parque y bajo las cubiertas exteriores de un bar . No tienen mal aspecto, van bastante limpios, se lavan en unas fuentes del parque. Pocos tienen dinero para desayunar. Sus rostros cansados y abatidos indican que empieza para ellos un nuevo día sin horizonte y sin  esperanza.

Hasta hace pocos años eran casi siempre ancianos, los que pasaban los  días pidiendo limosnas y las noches al raso, sin sacos de dormir, entre cartones . La Seguridad Social, afortunadamente, ha terminado con esas situaciones; pero ¿Qué ha pasado para que los ancianos hayan sido sustituídos por los jóvenes? ¿Se debe solo al paro o hay algo más?

Bastantes proceden de familias de clase media, los hay que han pasado por la Universidad. Algunos de sus padres se quedaron sin empleo, eran mayores, nadie les daba trabajo. Fueron vendiendo enseres y joyas. Un día, sucedió algo que parecía que solo les ocurria a otros, se habían quedado sin nada, estaban en la calle con una mano delante y otra detrás. Había que comer, había que sobrevivir. No saben más que tocar la guitarra ,la flauta y poco más. La mayoría solo saben extender la mano y pedir. Hasta en este oficio encuentran una dura competencia, son ya muchos.

Gentes de Cáritas, del Ayuntamiento y de la Junta han pretendido, y siguen pretendiendo, crear Centros de Transeúntes para mitigar estas situaciónes. Hay dinero y hay perso­nas decididas a echar una mano gratuitamente. Aunque cueste reconocerlo, en nuestra sociedad burguesa también hay personas dispuestas a que no se disminuya un ápice sus cómodas vidas . No admiten que transeúntes mal vestidos o algo sucios desluzcan su barrio, su calle. Protestan, movilizan a sus convecinos, se plantan y de nuevo resuena ¡ No pasarán !  . Ya pagamos ese 0,7% para ne­gros, indios, americanos y otras gentes que viven a miles de kms de noso­tros. Esos no nos molestan. Mientras tanto, ignoramos a los necesitados que tenemos a nuestro lado. De la pobreza, de la enfermedad, del dolor huimos como de la peste. Para mitigar nuestra conciencia estamos dispuestos a dar unas perrillas de limosnas; eso sí , con la condición de mantenerlos aleja­dos, que no molesten.

Nos cuesta trabajo entender como los interesados en poner el Centro de transeúntes, que tenemos dinero, gente y local prefiramos no contrariar a estos vecinos ni busquemos otras alternativas para  ayudar a esos jovenes, jóvenes entre los cuales hay ya hijos de Extremadura.

 Existen situaciones humanas en nuestra sociedad, que no se pueden arreglar con dinero únicamente. Se ha quebrado una moral, una sensibilidad, un estilo humano que nos va a ser difícil volver a levantar. La contínua relajación moral de nuestra sociedad y de nuestros políticos,  el todo vale, la vida burguesa de muchos han terminado degradando las costumbres de  buena parte de nuestro pueblo. Puede haber mucha nobleza en una clase media baja o pobre, pero  esa nobleza es difícil mantener cuando se entra en la categoría de miserables sin familia y sin  techo. No están en Africa, los tenemos al lado. ¿No podemos hacer más por ellos, o es que no podemos hacer menos?